Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 24 La herrería de los fantasmas
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CAPÍTULO 24 La herrería de los fantasmas

El olor a alcohol medicinal era tan fuerte que hacía llorar los ojos.

Aleksei apretó los dientes y soltó un gruñido sordo cuando Dimitri pasó el algodón empapado por sus nudillos en carne viva.

—Quieto, profesor —dijo el viejo, trabajando con unas pinzas de precisión bajo la luz de la lámpara—.

Tienes grava incrustada hasta el hueso. Si se infecta, perderás la mano. Y una mano muerta no aprieta gatillos.

—No soy un soldado —murmuró Aleksei, sudando por el escozor.

—Ya lo veo —Dimitri soltó una risita seca, vendando la mano con destreza—. Golpeas con los nudillos pequeños. Un profesional golpea con los dos grandes. Pero bueno, le has roto la nariz a un Lobo. Eso cuenta.

Al otro lado de la sala, Olek estaba sentado sobre una caja de munición, devorando una lata de carne de cerdo en conserva como si fuera el manjar más exquisito de Rusia. Sofía, con el abrigo limpio y una manta sobre los hombros, miraba un mapa enorme colgado en la pared de ladrillo.

—Conocías a mi padre —dijo ella de repente, sin girarse.

Dimitri terminó el vendaje de Aleksei y se limpió las manos en un trapo.

Cojeó hasta una estantería y sacó una botella de vodka transparente.

—Ilya y yo estudiamos juntos en la Universidad de Kazán.

Él era el soñador, el que creía que la tecnología de los Antiguos debía ser para todos.

Yo era el pragmático. Yo creía que la humanidad no estaba lista.

Dimitri se sirvió un vaso y se lo bebió de un trago.

—Al final, los dos teníamos razón. Él encontró la llave, y los 7 encontraron la forma de convertirla en un arma.

Cuando intentaron reclutarme para el Proyecto Goliath, me negué.

—Se golpeó la pierna de metal con los nudillos.

Clang, clang . —Me costó esto. Una granada en mi puerta como "aviso de despido".

Olek tiró la lata vacía a una papelera. —Vale, abuelo.

Bonita historia. Pero ellos tienen un tanque, perros robots y ahora una ciudad mágica entera.

Nosotros tenemos... —Olek contó con los dedos—...

una pistola sin balas, una embarazada y un profesor con las manos de momia. ¿Cuál es el plan? ¿Rendirnos?

Dimitri sonrió y se acercó al mapa. —Acercaos.

El mapa no era de San Petersburgo actual. Era un plano de superposición. Mostraba las calles de superficie en tinta negra y, debajo, en tinta roja, una red compleja de túneles, sótanos conectados y antiguas vías fluviales secas.

—Ellos tienen la fuerza bruta —explicó Dimitri, trazando una línea con el dedo—. Pero son forasteros. No conocen la ciudad enterrada. Creen que Agartha es el premio, pero Agartha es solo el motor. El volante... está aquí.

Su dedo se detuvo en un punto concreto del mapa rojo. Justo debajo de lo que en la superficie sería el Palacio de Invierno (El Hermitage) .

—¿El Palacio del Zar? —preguntó Aleksei, frunciendo el ceño—. ¿Estás loco? Es el edificio más vigilado del imperio.

—Arriba, sí —concedió Dimitri—. Pero abajo, en los cimientos que se hundieron hace cien años, está la Cámara de Resonancia Auxiliar . Los Custodios sabían que algún día alguien podría tomar la torre principal, así que construyeron un sistema de anulación manual. Un "freno de emergencia".

Sofía se acercó al mapa, fascinada. —Mi padre nunca me habló de eso.

—Tu padre murió protegiendo ese secreto, niña.

Si activamos la Cámara Auxiliar, podemos cortar el flujo de Éter hacia la Torre Principal.

Dimitri miró a los tres. —Podemos apagar Agartha.

Dejar a los 7 a oscuras. Sus máquinas se pararán.

El Goliath será chatarra inmóvil. Y entonces, solo serán hombres viejos en una cueva oscura.

Aleksei miró sus manos vendadas. La idea era una locura. Infiltrarse en el subsuelo del Palacio de Invierno, sortear la seguridad imperial y activar una máquina que nadie había tocado en un siglo. Pero era la única opción.

—¿Cómo entramos? —preguntó Aleksei.

Dimitri señaló una línea roja que conectaba su escondite con el Palacio.

—El Metro Neumático . Un proyecto experimental de Catalina la Grande para conectar los palacios.

Nunca se abrió al público y quedó sellado por el barro.

El túnel pasa justo por debajo de vuestros pies.

Tengo un vagón de mantenimiento que he estado reparando.

Olek se levantó de un salto, con los ojos brillando. —¿Un tren secreto fantasma? —El chico sonrió, mostrando un diente manchado de carne en conserva—. Me pido conducir.

—Nadie conduce —dijo Dimitri—. Funciona por vacío. Si lo activamos, nos disparará por el tubo hasta el sótano del Hermitage en tres minutos. O nos estampará contra un muro si el túnel ha colapsado. Es una moneda al aire.

—Me gusta —dijo Olek.

Sofía miró a Aleksei. Estaba pálida, pero sus ojos tenían ese fuego violeta que él había aprendido a respetar. —Si apagamos Agartha... ¿qué pasará con los Gigantes que duermen?

—Seguirán durmiendo —dijo Dimitri con suavidad—. Sus cápsulas tienen baterías biológicas independientes. Pero los 7 no podrán despertarlos para usarlos como soldados.

Aleksei asintió. Se puso en pie, ignorando el dolor de sus costillas. —Hagámoslo. ¿Cuándo salimos?

Dimitri abrió un cajón de su escritorio y sacó una caja de madera.

Dentro había un revólver pesado, de cañón largo, y varias cajas de munición fresca.

También sacó un cinturón con herramientas de ladrón y se lo lanzó a Olek.

—Salimos ahora. Sergei no tardará en traer excavadoras para abrir la losa de la fortaleza.

El viejo cargó su arma y se ajustó las gafas. —Bienvenidos a la Resistencia, camaradas. Hoy vamos a robarle la luz al Zar.