Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 23 La calle de los relojes parados
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CAPÍTULO 23 La calle de los relojes parados

La losa de piedra se selló sobre sus cabezas con un golpe sordo, cortando los gritos de los mercenarios y dejando el mundo exterior atrás. El silencio que siguió fue total. Un silencio denso, pesado, de aire que lleva un siglo sin moverse.

Sofía levantó su luz química azulada. El resplandor iluminó un pasillo de ladrillo rojo con el techo abovedado. El aire olía a moho seco y a polvo antiguo.

—¿Estáis bien? —preguntó Aleksei, pasándose la lengua por el labio partido. Le sabía a hierro, pero al menos notaba todos sus dientes en su sitio. Se miró las manos; los nudillos estaban rojos y despellejados, pero podía cerrar el puño.

—Me duele la muñeca —se quejó Olek, sacudiendo la mano derecha—. Pero estoy entero. Ese tipo tenía la cabeza muy dura.

—Estamos vivos —cortó Sofía, avanzando con la luz—. Y estamos dentro.

Empezaron a bajar. La escalera de caracol descendía unos diez metros. Al llegar al final, el pasillo se abría. Aleksei se detuvo en seco, fascinado a pesar del dolor de sus costillas. No estaban en un túnel ni en una cueva natural. Estaban en una calle.

La luz azul reveló adoquines bajo sus pies.

Adoquines antiguos, redondos, diferentes a los de la superficie.

A ambos lados del "túnel" (que en realidad era el espacio hueco que había quedado entre los edificios y la tierra compactada que formaba el techo) había fachadas.

Ventanas con marcos de madera podrida. Puertas de roble con aldabas de bronce.

Un letrero de metal oxidado colgaba sobre sus cabezas, chirriando levemente por la corriente de aire: «Sastrería Ivanov  Est. 1790» .

—Madre mía... —susurró Olek, acercándose a un escaparate.

El cristal estaba sucio por dentro, pero intacto.

Al otro lado, en la oscuridad de la tienda abandonada, se veían maniquíes vestidos con levitas y vestidos de miriñaque de hace cien años, cubiertos de una capa gris de polvo eterno. Parecían fantasmas observándoles.

—La Inundación de Barro —dijo Aleksei, tocando la pared de ladrillo—. Cuando la tierra se licuó, el nivel del suelo subió cuatro metros en cuestión de horas. La gente de arriba simplemente construyó nuevas calles sobre los tejados de estas casas y olvidó lo que había debajo.

—¿Hay alguien viviendo aquí? —preguntó Sofía, iluminando el largo pasillo urbano.

—Contrabandistas, a veces —dijo Olek, mirando con interés una joyería cerrada—. He oído historias en el mercado negro. Los llaman "Los Topos". Dicen que hay rutas enteras bajo la ciudad para mover mercancía sin que la policía del Zar se entere.

Caminaron por la calle fantasma. Era una sensación opresiva. El "techo" de tierra y raíces estaba a solo un metro por encima de los tejados de las casas. Era como si el mundo de arriba estuviera aplastándolos.

De repente, Sofía se detuvo frente a un edificio más grande que los demás.

Una antigua oficina de correos, a juzgar por el escudo imperial de dos cabezas (oxidado y verde) sobre la puerta.

Pero lo que llamó su atención no fue el edificio, sino una marca en la puerta.

Había un símbolo dibujado con tiza blanca reciente.

Un círculo con una línea vertical atravesándolo.

—Ese símbolo... —Sofía frunció el ceño—. Lo he visto en los libros de mi padre. Es el símbolo de la "Resistencia del Éter".

—¿Y es reciente? —preguntó Aleksei, pasando el dedo por la tiza. Se manchó de polvo blanco. Sí, no tenía años. Tenía días.

Olek empujó la puerta. Para su sorpresa, no estaba cerrada con llave ni bloqueada por el óxido. Las bisagras estaban engrasadas. La puerta se abrió sin ruido.

Entraron. No era una oficina de correos abandonada.

El interior estaba limpio. Había alfombras en el suelo para amortiguar los pasos.

Cajas de suministros apiladas en las esquinas con etiquetas modernas: "Conservas", "Munición", "Baterías".

Y al fondo, sobre un mostrador antiguo, una lámpara de aceite estaba encendida, arrojando una luz cálida y acogedora.

—Hola —dijo una voz desde las sombras.

Aleksei y Olek se giraron al instante, poniéndose en guardia.

Un hombre estaba sentado en un sillón orejero, en la penumbra.

Tenía una pierna de metal (una prótesis mecánica tosca, no de Agartha) apoyada en un taburete.

Sostenía un libro en una mano y una pistola Mauser en la otra, apuntando al suelo, relajado.

Era un hombre mayor, de barba gris recortada y gafas redondas. Parecía un bibliotecario, no un soldado.

—Sabía que los túneles de la Fortaleza Estrella se abrirían algún día —dijo el hombre, cerrando su libro—. La vibración de hace unas horas... fue inconfundible. Agartha ha caído, ¿verdad?

Aleksei dio un paso adelante, protegiendo a Sofía. —¿Quién es usted?

El hombre sonrió, una sonrisa triste y cansada. —Me llamo Dimitri. Y soy el último miembro vivo de la Sociedad Geográfica Imperial que no trabaja para los 7. Llevo diez años esperando a que alguien bajara por esa escalera.

Miró a Sofía. Sus ojos se abrieron con reconocimiento. —Y tú debes de ser la hija del Custodio. Tienes sus ojos.

Olek bajó un poco la guardia, mirando las cajas de comida. —¿Tiene comida de verdad, señor Dimitri? Porque si me da otra sopa de col, me vuelvo a subir a pegarme con el Lobo.

Dimitri soltó una carcajada seca y guardó la pistola. —Tengo carne en lata, chico. Y vendajes limpios para esa cara, profesor. Sentaos. Estáis en la "Estación Cero". El lugar más seguro de San Petersburgo... o lo que queda de ella.