CAPÍTULO 22 Carne y piedra
El silencio electromagnético que cubría la fortaleza era más aterrador que el ruido de las máquinas. Sin el zumbido de los motores ni el crepitar de las radios, solo se oían las botas pesadas de los mercenarios subiendo por la calzada de piedra. Clac. Clac. Clac.
—Ahorrad munición —se oyó la voz de Sergei, clara y sin distorsión electrónica—. A cuchillo y culata. Quiero sus cabezas intactas.
Aleksei miró a sus compañeros. Olek sostenía su escopeta vacía por el cañón, como si fuera un bate de cricket.
Sofía rebuscaba frenéticamente entre los escombros del patio interior, donde una losa de piedra parecía tener inscripciones diferentes.
—Necesito tiempo —susurró ella—. Hay un mecanismo de contrapeso aquí. Creo que lleva a las catacumbas.
—Tendrás tiempo —dijo Aleksei, guardando su revólver inútil y sacando un cuchillo de caza que había cogido en la granja. Era pequeño, ridículo contra los machetes militares, pero era todo lo que tenía—. Olek, conmigo al arco de entrada. Bloqueamos el paso.
—A la orden, Padrino.
Se parapetaron tras dos columnas derrumbadas justo cuando las primeras siluetas aparecieron en la bruma. Eran tres hombres. Dos mercenarios rasos y Sergei.
—¡Ahora! —gritó Aleksei.
Empujaron un bloque de piedra suelto desde lo alto del arco. La roca cayó y golpeó el hombro de uno de los mercenarios, haciéndole soltar su rifle con un grito de dolor. La emboscada había empezado.
Olek saltó sobre el hombre herido. El mercenario, un gigante con casco balístico, intentó agarrar al chico.
Olek fue más rápido. Se deslizó bajo su guardia y le propinó un puñetazo seco en la garganta .
El hombre se atragantó, llevándose las manos al cuello.
Olek no paró. Giró sobre sus talones y estampó la culata de madera de la escopeta contra la rodilla del soldado. CRACK. El mercenario cayó gritando.
Pero el segundo soldado se abalanzó sobre Olek, placándolo contra el suelo fangoso. El peso de la armadura aplastó al chico. Un puño blindado bajó buscando su cara. Olek giró la cabeza en el último segundo y el guantelete de acero golpeó la piedra, sacando chispas.
—¡Aleksei! —gritó Olek, tratando de morder la mano que le apretaba el cuello.
Aleksei no podía ayudarle. Tenía al Lobo encima.
Sergei avanzó hacia él con una calma terrorífica. No corrió. Caminó. Aleksei lanzó una estocada con su cuchillo. Sergei la desvió con el antebrazo protegido por una placa de cerámica y, con un movimiento fluido, le dio un revés con el dorso de la mano en la cara.
El golpe fue brutal. Aleksei salió despedido, tropezando con sus propios pies. Sintió el sabor metálico de la sangre llenándole la boca al instante. Se tocó el labio; estaba partido e hinchado, pero los dientes seguían en su sitio. Se levantó, mareado.
—¿Eso es todo, profesor? —se burló Sergei, envainando su machete. Quería hacerlo con las manos—. ¿Así proteges a los tuyos?
Aleksei escupió sangre. La rabia, una rabia caliente y desconocida, le subió por el pecho.
Se lanzó contra Sergei, no con técnica, sino con peso.
Lanzó un puñetazo directo a la cara de Sergei.
Sus nudillos impactaron contra el pómulo del mercenario.
Aleksei sintió el dolor agudo en la mano al despellejarse la piel contra el hueso ajeno, pero Sergei retrocedió un paso, sorprendido.
—¡No voy a dejar que la toques! —rugió Aleksei, lanzando otro golpe al estómago, y otro a las costillas.
Sergei gruñó, encajando los golpes como un saco de boxeo de carne dura. Luego, sonrió. —Bien. Tienes agallas.
Sergei contraatacó. Un gancho de izquierda al hígado que le sacó todo el aire a Aleksei.
Sintió cómo sus costillas crujían bajo el impacto, magulladas pero resistiendo.
Y luego, un derechazo directo a la mandíbula.
El mundo de Aleksei se apagó un segundo.
Cayó de rodillas, viendo estrellas blancas en la visión periférica.
Sergei le agarró por el cuello del abrigo y lo levantó como si no pesara nada. —Pero las agallas no paran a los imperios, Aleksei.
Levantó el puño para el golpe final.
—¡ABIERTO! —el grito de Sofía resonó en el patio.
Con un estruendo de engranajes de piedra moliéndose, una sección del suelo del patio se inclinó, revelando una escalera oscura que bajaba a las profundidades. El aire que salió de allí olía a tierra antigua y humedad cerrada.
Aleksei, medio aturdido, vio la oportunidad. No golpeó a Sergei. Le metió los dedos en los ojos. Sergei rugió y soltó el agarre, llevándose las manos a la cara.
Aleksei cayó al suelo, rodó y agarró una piedra del tamaño de un melón. Se levantó tambaleándose. —¡Olek!
El chico, que seguía forcejeando en el suelo, le dio un cabezazo en la nariz a su atacante (un crujido húmedo indicó que el tabique nasal había cedido) y se zafó, corriendo hacia la entrada secreta sujetándose la muñeca dolorida.
Aleksei corrió hacia Sofía, que le esperaba en el borde del agujero. —¡Vamos!
Saltaron a la oscuridad de la escalera justo cuando Sergei, con los ojos llorosos y rojos de furia, recuperaba la visión. El mercenario corrió hacia ellos, sacando su pistola (inútil por el campo de energía) y usándola para golpear el mecanismo de cierre.
Pero la losa de piedra ya estaba volviendo a su sitio. Olek, el último en entrar, miró hacia arriba. Vio la cara de Sergei en el hueco que se cerraba. —¡Hasta la vista, perro! —gritó el chico, y le lanzó un escupitajo que le dio en la bota.
BUM. La losa se cerró, sumiéndolos en una oscuridad total.
Arriba, oyeron los golpes sordos de las culatas contra la piedra. Golpes lejanos. Estaban dentro.
Aleksei se dejó caer contra la pared fría, jadeando. Se tocó la mandíbula. Le dolía horrores al abrir la boca, y respirar hondo era un suplicio por las costillas golpeadas, pero podía moverse. —¿Estáis... estáis todos vivos? —preguntó en la oscuridad.
—Creo que me he fastidiado la muñeca —dijo Olek, masajeándose la mano—. Pero nada roto. Aunque ese tipo necesitará una nariz nueva.
Sofía encendió una pequeña luz química que llevaba en su cinturón.
La luz azulada iluminó el pasillo descendente.
Las paredes no eran de piedra bruta. Eran de ladrillo rojo, perfectamente conservado.
Y las ventanas... Sofía señaló a su derecha.
Había una ventana con cristal intacto. Al otro lado no había cielo. Había tierra compactada.
—Estamos en la Planta Baja Original —dijo Sofía—. La ciudad enterrada.
Aleksei se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano magullada y miró el pasillo infinito que se extendía bajo el barro. —Bienvenidos al verdadero San Petersburgo.