Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 21 La geometría del miedo
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CAPÍTULO 21 La geometría del miedo

La subida fue un calvario de rocas resbaladizas y musgo helado. Cuando por fin alcanzaron la cima, jadeando y cubiertos de barro hasta las cejas, la niebla se abrió un poco para revelar lo que había estado oculto en el punto más alto del pantano.

No era un monasterio, como había pensado Aleksei desde abajo. Era una estructura de granito gris, masiva y silenciosa. Sus muros no eran rectos, sino que formaban ángulos agudos y precisos, puntas de lanza de piedra que desafiaban la erosión.

—Una Fortaleza Estrella —murmuró Aleksei, pasando la mano por un bloque de piedra que parecía cortado con láser—. Oficialmente, las construyeron en el siglo XVII para desviar las balas de cañón.

—¿Y extraoficialmente? —preguntó Olek, ayudando a Sofía a sentarse sobre una losa seca.

—Extraoficialmente... esto es una placa de circuitos gigante —dijo Aleksei, mirando la disposición de los muros—. La forma de estrella concentra el campo electromagnético de la tierra. Esto no es un fuerte, es una batería.

Entraron en el recinto a través de un arco derrumbado. El interior estaba en ruinas, pero se notaba algo extraño: el suelo del patio interior estaba demasiado cerca de las ventanas de los edificios. —Mirad esto —señaló Sofía, recuperando el aliento—. Las ventanas empiezan a ras de suelo.

—El Diluvio de Barro —confirmó Aleksei sombríamente—. Esta fortaleza fue parcialmente enterrada hace cien años. Estamos caminando sobre el tejado de lo que había antes.

Un aullido mecánico rompió la lección de historia. Venía de abajo. De la niebla.

Olek corrió hacia el borde de la muralla y miró hacia la ciénaga. —¡Vienen! —gritó—. Veo luces rojas. Tres... no, cuatro de esas cosas. Y hay un vehículo oruga abriéndose paso entre los árboles muertos.

Aleksei se unió a él. A través de la bruma, vio los ojos rojos de los Dreadhounds avanzando rápido, sin hundirse tanto como ellos, gracias a sus patas anchas diseñadas para el terreno difícil.

Y detrás, el vehículo de Sergei. Estaban atrapados.

La colina era una ratonera. Solo había una subida y ninguna bajada segura por la parte de atrás, que daba a un acantilado de roca cortada.

—No tenemos munición para parar eso —dijo Olek, buscando piedras sueltas para lanzarlas—. Estamos muertos, Padrino.

Aleksei miró la estructura de la fortaleza. Miró las puntas de la estrella. Su mente de cartógrafo y las teorías que había estudiado empezaron a encajar. —Quizás no —dijo Aleksei—. Sofía, ven aquí.

Ella se acercó, sujetándose el vientre. —¿Qué pasa?

—Dijiste que los Custodios usaban diapasones para abrir puertas.

Que todo en tu cultura funcionaba por resonancia.

Aleksei señaló el centro del patio, donde había un obelisco de metal oxidado, probablemente cobre antiguo, clavado en la tierra.

—Si esto es una batería... quizás aún tenga carga residual. La geometría sigue intacta.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó ella.

—Tócalo —dijo Aleksei—. Concéntrate. No intentes abrir una puerta. Intenta... intenta hacer ruido. Intenta despertar al fuerte.

—¡Están subiendo la cuesta! —gritó Olek. Se oyó el rasguño de garras de metal contra la piedra. El primer perro asomó la cabeza por el camino de subida, con las sierras de su boca girando.

Sofía corrió hacia el obelisco. Puso ambas manos sobre el metal frío y húmedo. Cerró los ojos. Buscó esa sensación que tenía en Agartha, el zumbido en la sangre. Pero aquí arriba estaba débil, lejos de la fuente. —No... no siento nada —sollozó—. Está muerto, Aleksei. Es solo una ruina.

El perro mecánico saltó el muro. Detrás de él, aparecieron dos más. Olek levantó la escopeta vacía y la usó como un bate de béisbol, golpeando al primero en el hocico. El impacto vibró en sus brazos, pero la máquina ni se inmutó. Le lanzó un mordisco que rasgó la manga de su abrigo.

—¡SOFÍA! —gritó Aleksei, disparando sus últimas dos balas. Bang. Bang. Las balas chispearon contra el blindaje del segundo perro, sin detenerlo.

Sofía gritó de frustración y miedo. No un grito mágico, sino humano. Un grito de madre acorralada. Golpeó el obelisco con el puño, manchándolo con la sangre de sus manos raspadas por la escalada.

Y entonces, la tierra respondió.

No fue un sonido. Fue una presión. El aire dentro de la Fortaleza Estrella se volvió denso, estático. El pelo de Olek se puso de punta. Un zumbido grave, casi imperceptible al oído pero doloroso para los dientes, emanó de las paredes de granito.

Los perros mecánicos se detuvieron en seco. Sus ojos rojos parpadearon. El zumbido subió de tono. HUMMMMMMM...

De repente, las máquinas empezaron a convulsionar.

Las interferencias electromagnéticas generadas por la forma de la fortaleza, activadas por la presencia de Sofía, estaban friendo sus cerebros lógicos.

Uno de los perros empezó a correr en círculos, mordiéndose su propia pata trasera hasta destrozarla.

Otro simplemente se apagó y cayó como un saco de tuercas.

El tercero, el que atacaba a Olek, explotó en una lluvia de chispas y aceite ardiendo cuando su batería interna se sobrecargó.

Abajo, en la ladera, el vehículo oruga de Sergei se detuvo bruscamente. Aleksei, asomado al muro, vio cómo las luces del vehículo se apagaban. El motor murió. La "zona muerta" de la fortaleza había anulado la tecnología eléctrica moderna.

El silencio volvió a la colina. Solo quedaba el olor a ozono y a aceite quemado.

Sofía cayó de rodillas junto al obelisco, agotada. El zumbido cesó.

Olek miró el cadáver humeante del perro mecánico a sus pies y luego miró a Sofía con los ojos como platos. —Recuérdame que nunca te haga enfadar, princesa.

Aleksei se dejó caer contra el muro, con el corazón martilleándole en el pecho. —Estamos a salvo —dijo, mirando el vehículo inerte de Sergei allá abajo—. Mientras estemos dentro de los muros, su tecnología no funciona. Es un escudo EMP natural.

Pero la seguridad era una ilusión. Abajo, la puerta del vehículo se abrió mecánicamente (manual). Sergei salió. Se quitó el visor táctico, que ya no servía. Se quitó la radio inútil. Sacó un machete largo de su espalda y un rifle de cerrojo antiguo, puramente mecánico, sin miras electrónicas.

Miró hacia arriba, hacia la fortaleza. Hizo un gesto a sus hombres, que salían de la parte trasera. —Tecnología analógica —dijo Aleksei, entendiendo el problema—. Vienen a pie. Y vienen a la antigua usanza. Con pólvora y acero.

Tenían una ventaja: la altura y los muros. Pero el asedio acababa de empezar.