Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 20 Dientes de cobre
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CAPÍTULO 20 Dientes de cobre

La Ciénaga de los Huesos hacía honor a su nombre.

No era solo barro. Era un laberinto de pozas de agua estancada y negra, cubiertas de una neblina amarilla que olía a azufre y podredumbre.

Árboles muertos se alzaban del agua como costillas rotas, y el suelo era una trampa: un paso en falso y te hundías hasta la cintura en una mezcla de turba y lodo que succionaba como una boca hambrienta.

Llevaban horas caminando. O, mejor dicho, arrastrándose.

Sofía se detuvo, apoyándose en un tronco podrido. Su respiración era superficial y rápida. —No puedo... —susurró. Se llevó la mano al vientre. El frío y el esfuerzo estaban pasando factura al embarazo—. Siento... siento calambres.

Aleksei se acercó de inmediato, sosteniéndola para que no cayera al agua. —Descanso —ordenó, mirando a Olek, que iba en vanguardia sondeando el suelo con una rama larga—. Olek, busca terreno firme. Cinco minutos.

Encontraron un islote de tierra seca, apenas lo suficientemente grande para los tres, rodeado de juncos altos que les daban algo de cobertura contra el viento cortante. Se sentaron apiñados para compartir el calor corporal.

—¿Creéis que nos han perdido? —preguntó Olek, limpiando el barro del cañón de su escopeta con un trozo de camisa sucia.

Aleksei negó con la cabeza, mirando hacia atrás, hacia la bruma impenetrable. —Sergei es un rastreador veterano de las guerras del Cáucaso. No pierde presas. Solo espera el momento.

Sofía cerró los ojos. —¿Por qué nos odia tanto? —preguntó—. Entiendo que quiera la tecnología, ¿pero ese odio personal? Lo vi en sus ojos en Agartha. Quería matarme, Aleksei. Disfrutaba con la idea.

Aleksei suspiró, frotándose las manos entumecidas. —Sergei era un hombre normal antes. Un cerrajero, creo. Tenía una esposa. Katia. Murió en la epidemia del 92, la tuberculosis negra. —Recuerdo ese año —dijo Sofía—. Mi padre mandó cerrar las puertas de la mansión. No salimos en tres meses.

—Exacto —dijo Aleksei con amargura—. Los ricos cerraron las puertas.

Los pobres murieron en las calles. Se dice que había cura, pero el Ministerio la racionó para el ejército y la nobleza.

Sergei vio morir a su mujer tosiendo sangre porque un burócrata decidió que ella no era "prioritaria".

Aleksei miró a Sofía a los ojos. —Para él, tú eres ese burócrata, Sofía. Tú eres la puerta cerrada.

Sofía bajó la mirada, avergonzada por pecados que no eran suyos, pero que heredaba. —Si supiera la verdad... —murmuró—. Si supiera que los Custodios intentamos enviar ayuda, pero los 7 bloquearon los camiones...

CLACK.

El sonido fue nítido. No fue una rama rota por el viento. Fue el sonido de metal chocando contra madera. Vino de la izquierda, entre la niebla.

Aleksei sacó el revólver lentamente. Le hizo un gesto a Olek. El chico asintió, levantando la escopeta y quitando el seguro con un clic que sonó como un trueno en el silencio.

—Agua... —susurró Olek, señalando una de las pozas cercanas.

La superficie del agua negra, que debería estar quieta, tenía ondas. Algo se movía bajo la superficie. Algo pesado.

De repente, los juncos a su derecha explotaron.

No era un animal. Era una pesadilla de ingeniería.

Tenía la forma de un lobo, pero del tamaño de un pony.

Su cuerpo no tenía piel; era un esqueleto de pistones hidráulicos, engranajes de bronce y cables que hacían las veces de músculos.

Su cabeza era una calavera de acero cromado.

No tenía ojos, solo sensores térmicos que brillaban con luz roja.

Y sus fauces estaban llenas de dientes de sierra giratorios.

Un Dreadhound . Un Perro de Pavor.

La máquina saltó sobre Olek. El chico reaccionó por instinto callejero, no por entrenamiento militar.

Se tiró al suelo hacia atrás y disparó la escopeta desde la cadera.

¡BUM! La bengala de magnesio golpeó al autómata en el pecho en pleno salto.

El impacto desvió a la bestia, que cayó al agua chapoteando violentamente, con chispas azules saliendo de su blindaje abollado.

Pero no estaba muerta. Se levantó al instante, emitiendo un chirrido agudo, metálico, que imitaba un gruñido.

—¡Corred! —gritó Aleksei, disparando su revólver contra la cabeza de la cosa. Las balas rebotaron en el cráneo de acero ( ¡Pang! ¡Pang! ).

Sofía se levantó, pero el barro la atrapó. —¡Aleksei!

Otro perro salió del agua detrás de ella. Este era más silencioso, un modelo de sigilo. Abrió las mandíbulas, activando la sierra mecánica de sus dientes. El zumbido BZZZZZZT era aterrador. Iba directo a su pierna.

—¡NO! —Aleksei se lanzó contra Sofía, empujándola a un lado.

La máquina mordió el aire donde había estado ella, cerrando las mandíbulas con un chasquido hidráulico capaz de partir hueso. Aleksei cayó al barro. El perro se giró hacia él, preparando el salto.

—¡Eh, chatarra! —gritó Olek.

El chico estaba de pie sobre un tronco podrido. No disparó. Sacó algo de su bolsillo. La botella de licor de Marfa. Tenía un trapo metido en la boca. Lo encendió con un mechero de mecha. —¡Busca!

Lanzó el cóctel molotov improvisado. La botella se rompió contra el lomo del perro mecánico. El alcohol casero, de altísima graduación, estalló en una bola de fuego azul y naranja.

El fuego no dolía a la máquina, pero el calor repentino confundió sus sensores térmicos. El perro empezó a girar sobre sí mismo, ciego, atacando a los arbustos y mordiendo el aire, tratando de apagar las llamas que lamían sus circuitos delicados.

—¡Vámonos! ¡El humo cegará al otro! —gritó Olek, ayudando a Aleksei a levantarse.

Corrieron. Esta vez no hubo cuidado con las huellas. Era una carrera pura por la vida. Chapoteaban, caían, se levantaban y seguían corriendo, mientras detrás de ellos se oían los chillidos mecánicos de las bestias y el sonido de metal desgarrándose.

No pararon hasta que el suelo empezó a elevarse. La ciénaga quedaba atrás. Delante, el terreno se volvía rocoso y empinado.

—Hemos... hemos salido... —jadeó Sofía, apoyándose en una roca gris.

Aleksei miró atrás. La niebla cubría la ciénaga. Se veían resplandores del incendio provocado por Olek. —Esos eran exploradores —dijo, recargando el revólver con manos temblorosas—. Unidades de rastreo. Si están aquí, Sergei está cerca.

—Me queda un cartucho —dijo Olek, abriendo la escopeta y mirando el cañón humeante—. Y se acabó el vodka.

Aleksei miró hacia arriba, hacia la colina rocosa que tenían delante.

En la cima, entre la bruma, se distinguían unas formas geométricas extrañas.

Bloques de piedra cubiertos de musgo. —Ruinas —dijo Aleksei—.

Parece un antiguo fuerte o un monasterio.

Terreno elevado. Podremos defenderlo mejor que este agujero de barro.

—O quedarnos atrapados arriba —apuntó Sofía.

—Es eso o volver con los perros —dijo Aleksei.

Empezaron a subir la pendiente rocosa, dejando atrás el pantano. Pero mientras subían, Aleksei no podía quitarse de la cabeza la imagen de los dientes de sierra. Esas máquinas no eran del ejército regular. Eran prototipos. Sergei estaba usando juguetes personales para cazarlos. Era una vendetta.

Y Aleksei sabía que, tarde o temprano, las balas se acabarían. Y entonces, tendrían que usar la única arma que les quedaba: la verdad sobre Katia. Pero, ¿escucharía el Lobo antes de morder?