Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 19 El rastro en el agua
34%

CAPÍTULO 19 El rastro en el agua

El amanecer no trajo el sol. Solo trajo una luz gris y sucia que reveló la desolación del paisaje.

La lluvia había cesado, dejando paso a una niebla baja y espesa que se pegaba al suelo como algodón mojado. Los campos alrededor de la granja de Marfa eran un mar de barro negro, salpicado de charcos que reflejaban el cielo plomizo.

En el interior del granero, Aleksei abrió los ojos. No había dormido realmente, solo había descansado los párpados con el revólver en el regazo. Hacía frío. Un frío húmedo que se metía en las articulaciones.

—Arriba —susurró, sacudiendo suavemente a Sofía. Ella se despertó con un sobresalto, llevándose la mano al vientre instintivamente.

—¿Ya es de día? —preguntó, con la voz ronca.

—Sí. Y tenemos que irnos antes de que la vieja cambie de opinión o de que alguien vea el humo de la chimenea.

Olek dormía hecho un ovillo entre la paja vieja.

Su color había vuelto a la normalidad, aunque seguía pálido.

La cicatriz de su cabeza era ahora una línea blanca fina, increíblemente curada para haber pasado solo unas horas.

Aleksei le dio una patada suave en la bota.

—Vamos, Hércules . Se acabó el descanso.

El chico gruñó y se incorporó, frotándose los ojos. —Me duele todo el cuerpo —se quejó—. Siento como si me hubiera atropellado un carruaje. Y tengo un hambre que me comería una rata cruda.

—Bienvenido a la resaca de los dioses —dijo Aleksei, ayudándole a levantarse—. Bebe un trago de esto. Le pasó la botella de licor casero que les dio Marfa. Olek bebió un trago largo, tosió y se estremeció. —Desayuno de campeones —murmuró, limpiándose la boca con la manga sucia.

Salieron del granero con cautela. La casa de Marfa estaba en silencio. No había humo en la chimenea. La ventana estaba cerrada, pero Aleksei sintió el peso de la mirada de la anciana tras las cortinas. No saldría a despedirse. Mejor así.

Caminaron hacia el bosque de abedules que se extendía al norte. El terreno era traicionero. El barro rasputitsa chupaba sus botas con cada paso, haciendo un sonido obsceno ( chlop, chlop ) que les parecía atronador en el silencio de la mañana.

—Intentad pisar en las raíces o en la hierba muerta —instruyó Aleksei—. Dejamos demasiadas huellas. Si alguien viene detrás...

—Vendrán —dijo Sofía, mirando atrás hacia el horizonte sur, donde se intuía la silueta lejana de San Petersburgo bajo la bruma—. No van a parar. Tienen mi sangre en sus registros. Saben que soy la llave.

Caminaron durante dos horas. El bosque se hizo más denso, los abedules blancos dieron paso a pinos oscuros que goteaban agua helada sobre sus cabezas. El frío era constante, un enemigo silencioso que iba minando sus fuerzas. Sofía tropezó dos veces. A la tercera, Aleksei la sujetó.

—Necesitamos un plan mejor que "caminar al norte" —dijo ella, apoyándose en un árbol, jadeando—. No puedo seguir este ritmo mucho tiempo, Aleksei.

Aleksei sacó su brújula. La aguja giraba perezosamente. —Hay un pueblo de postas a unos veinte kilómetros. Ga tchina. Si llegamos a los caminos principales, quizás podamos colarnos en un convoy de carretas de suministros.

—¿Trenes? —Olek se animó un poco—. Los trenes me gustan. La gente se duerme y las carteras se caen solas.

De repente, un sonido rompió la calma del bosque. Lejano. Zumbante. No era un pájaro. Aleksei levantó la mano, ordenando silencio absoluto.

Bzzzzzzzz...

El sonido venía del cielo, acercándose rápido. —¡Abajo! —siseó Aleksei, empujándolos hacia la base de un pino caído cubierto de musgo.

Se aplastaron contra el suelo húmedo y podrido, cubriéndose con ramas secas.

Segundos después, una sombra pasó sobre las copas de los árboles.

Era un drone. Pero no uno pequeño. Era un artilugio de latón y madera, con cuatro rotores que giraban impulsados por pequeños cristales de Éter inestable, dejando una estela de luz violácea.

Una cámara de lente enorme colgaba de su panza como el ojo de un insecto.

Tecnología de vigilancia. Tecnología de los 7.

El aparato se detuvo sobre un claro a unos cien metros de ellos. Giró sobre su eje, escaneando el suelo. El "ojo" brilló con una luz roja, buscando firmas de calor.

Sofía contuvo la respiración, apretando la cara contra el barro frío para ocultar su temperatura corporal. El zumbido era ensordecedor. El aparato pareció dudar. Luego, como si hubiera captado el rastro de un zorro o un ciervo en otra dirección, zumbó con fuerza y se alejó hacia el este.

Olek soltó el aire. —Mierda... —susurró—. Eso no era de la policía.

—Es un Buscador —dijo Sofía, temblando—. Los usaban para vigilar los muros del jardín en la mansión de mi padre. Si nos ve, envía la señal. Y si envía la señal...

—... el Lobo viene —terminó Aleksei.

Aleksei se levantó, limpiándose el barro de la cara. Su expresión se había endurecido. —Saben que estamos en este sector. La cápsula o la vieja... da igual. Han acotado la zona de búsqueda. Ya no podemos ir a Gatchina. Las estaciones estarán vigiladas.

—¿Entonces a dónde? —preguntó Olek, desesperado.

Aleksei miró al bosque profundo, donde no había caminos ni vías. —A donde los drones no puedan volar. A la Ciénaga de los Huesos. Es peligroso, dicen que hay gases y arenas movedizas, pero es nuestra única cobertura térmica.

Olek gimió. —Genial. Más barro.

MIENTRAS TANTO, EN LA GRANJA DE MARFA...

Un vehículo oruga, pequeño y rápido, rompió la cerca de madera podrida de la granja. Sergei saltó del vehículo antes de que se detuviera. Llevaba una armadura ligera nueva, reforzada con placas de cerámica de Agartha, y un visor táctico sobre un ojo.

Caminó hacia la puerta de la izba . No llamó. Le dio una patada que arrancó el cerrojo de cuajo.

Entró en la cocina con el rifle en alto. Marfa estaba sentada junto al fuego, pelando patatas. No se inmutó. Ni siquiera levantó la vista.

—Llegas tarde, soldado —dijo la vieja con voz tranquila—. Se fueron al amanecer.

Sergei bajó el arma ligeramente, escaneando la habitación con su visor. Detectó el calor residual en tres sillas. Y restos de sangre seca en la mesa. —¿Hacia dónde? —preguntó Sergei, su voz distorsionada por el respirador de su máscara.

Marfa soltó el cuchillo y le miró. Vio al monstruo de metal y cuero. —Hacia el infierno —dijo ella—. Donde os esperan a gente como tú.

Sergei se acercó a ella. Por un momento, pareció que iba a golpearla. Pero vio algo en la mesa. Un pequeño trozo de gasa con sangre, la que había usado para limpiar a Olek. Sergei lo cogió. Lo olió. Olía a medicina química. Agartha. Sonrió bajo la máscara.

—Norte —dedujo Sergei—. Hacia el bosque denso.

Se giró y salió de la casa sin tocar a la vieja. No por piedad, sino por prisa. Subió al vehículo oruga y activó la radio. —Müller. Tengo rastro biológico fresco. Prepara los perros mecánicos. Vamos a cazar.