Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 18 Sopa de col y pólvora
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CAPÍTULO 18 Sopa de col y pólvora

La izba olía a humo, a madera vieja y a una sopa de col agria que, para los tres fugitivos, sabía a gloria bendita.

Marfa, la dueña de la granja, no se sentó a la mesa. Se quedó de pie junto a la estufa de ladrillo, con la escopeta recortada apoyada casualmente en su cadera, observándoles comer como lobos hambrientos.

—Comed despacio —gruñó, viendo cómo Olek rebañaba el cuenco de madera con un trozo de pan negro—. Si vomitáis en mi suelo, lo limpiáis con la lengua.

Olek soltó una risita nerviosa, con los ojos aún brillantes por la euforia residual del inyector. —Está delicioso, babushka . Mejor que en el Palacio de Invierno. ¿Tiene vodka? Un poco de vodka para bajar la col...

—Olek, cállate —le advirtió Aleksei por lo bajo, notando cómo la mano de la vieja se tensaba sobre el cañón del arma.

Sofía comía en silencio, con las manos temblorosas aún manchadas de barro seco.

El calor del fuego estaba empezando a descongelar sus huesos, pero también estaba trayendo de vuelta el dolor del cansancio y el miedo.

—Gracias por la comida —dijo ella, con educación aristocrática—. En cuanto amanezca, nos iremos.

—Eso espero —dijo Marfa secamente—. No me gustan los problemas. Y vosotros oléis a problemas desde el camino. Ropas caras, manos suaves... y él. —Señaló a Olek con la barbilla—. Él tiene ojos de haber visto al Diablo.

De repente, Olek dejó caer la cuchara. El sonido de la madera golpeando la mesa fue seco.

Su sonrisa maníaca se borró de golpe. Su piel, que había estado ruborizada y caliente, se volvió gris ceniza en cuestión de segundos.

—Aleksei... —murmuró el chico, llevándose la mano al pecho—. Me... me aprieta.

—Es el bajón —dijo Aleksei, levantándose rápido para sujetarlo—. La adrenalina se ha acabado.

Olek se desplomó sobre la mesa, convulsionando levemente. Un hilo de sangre oscura empezó a salirle por la nariz. Marfa levantó la escopeta al instante. —¡Es la Peste del Aceite! —gritó, retrocediendo—. ¡Lo sabía! ¡Tiene la enfermedad de las fábricas! ¡Sacadlo de aquí ahora mismo!

—¡No es una enfermedad! —gritó Sofía, poniéndose delante de Olek para protegerlo—. ¡Es agotamiento! ¡Y una reacción a un medicamento fuerte! ¡No contagia!

—¡Fuera! —Marfa amartilló los dos percutores. Clicclac .

En ese momento de caos, un sonido estático llenó la cocina. En una estantería, una vieja radio de válvulas cobró vida. La voz del locutor era metálica y autoritaria, la voz de la propaganda imperial.

«...boletín de última hora. Por orden del Ministerio de Seguridad Interior.

Se busca a tres terroristas peligrosos huidos de la zona de cuarentena industrial.

Un hombre de mediana edad, exacadémico. Una mujer joven.

Y un delincuente juvenil. Se les acusa de alta traición, sabotaje y asesinato de héroes de guerra. »

La cocina se quedó en silencio, solo roto por la respiración dificultosa de Olek. «Recompensa por información que lleve a su captura: Diez mil rublos oro. Se advierte a la población: están armados y son extremadamente peligrosos. Si los ven, no intervengan. Avisen a la guarnición más cercana.»

Marfa miró la radio. Luego miró a sus invitados. Sus ojos se clavaron en Aleksei. Luego bajaron a la mano derecha de él, que había desaparecido bajo su abrigo, buscando la empuñadura de su revólver.

—Diez mil rublos... —susurró la vieja. Era más dinero del que ganaría en diez vidas.

—Marfa, escuche —dijo Aleksei, con voz muy suave, sin sacar el arma pero sin soltarla—. No crea lo que dice esa caja. No somos terroristas.

—Eso es lo que diría un terrorista —replicó ella. El cañón de la escopeta oscilaba entre la cabeza de Aleksei y el pecho de Sofía.

—Somos gente que sabe demasiado —dijo Sofía, dando un paso adelante, ignorando el arma—. Esa gente... los que hablan por la radio... son los mismos que se llevaron a los hombres de este pueblo, ¿verdad?

La expresión de Marfa vaciló. Una sombra de dolor cruzó su cara curtida. —Mi marido murió en la guerra del 88. Mis dos hijos se fueron a las fábricas del norte hace cinco años. El mayor volvió en una caja de pino, tosiendo pulmones negros. Al pequeño... al pequeño no lo he vuelto a ver.

Sofía asintió, con lágrimas en los ojos. —Nos persiguen los dueños de esas fábricas, Marfa. Los hombres que decidieron que la vida de su hijo valía menos que el carbón que sacaba. Si nos entrega, ellos ganan. Y con esos diez mil rublos no podrá comprar el perdón de su conciencia.

La vieja sostuvo la mirada de Sofía durante un minuto eterno. El viento aullaba fuera, golpeando las ventanas como si los espíritus de la Rasputitsa quisieran entrar. Lentamente, muy lentamente, Marfa bajó la escopeta. Desarmó los percutores.

—El granero está seco —dijo, con voz ronca—. Hay mantas viejas en el baúl. Si al amanecer seguís aquí, os disparo yo misma.

Aleksei soltó el aire que estaba conteniendo y sacó la mano de debajo del abrigo. —Gracias.

Marfa se acercó a la mesa, donde Olek respiraba con dificultad, pálido como un cadáver.

La mujer mojó un trapo en un cubo de agua fría y le limpió la sangre de la nariz con una delicadeza sorprendente para sus manos callosas.

Se quedó mirando la cara del chico dormido.

—Se parece a mi Ivan —murmuró, casi para sí misma—.

Tenía la misma nariz torcida de meterse en peleas.

Sacó una botella de licor casero de un armario y la dejó en la mesa. —Dadle un trago cuando despierte. Le quitará el frío. Y ahora, largo a vuestro granero.

Aleksei cargó con Olek, pasándole el brazo por los hombros. Sofía se detuvo en la puerta antes de salir a la lluvia. —Lo siento por sus hijos, Marfa.

La vieja no se giró. Se quedó mirando el fuego. —Malditos sean los zares —escupió al fuego—. Y maldita sea la electricidad. Que os trague la noche si volvéis.

Salieron al frío, pero esta vez, llevaban algo más que miedo. Llevaban una botella de licor y la certeza de que, incluso en el infierno del otoño ruso, aún quedaba algo de humanidad.

Caminaron hacia el granero. Olek, medio inconsciente, balbuceó: —¿Me... me ha disparado la vieja? —No, Olek —susurró Aleksei—. Te ha limpiado la cara. —Me recuerda a... no sé... huele a leña... —y el chico se volvió a desmayar.

Habían sobrevivido a la primera noche.