Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 17 Barro y ceniza
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CAPÍTULO 17 Barro y ceniza

El aterrizaje no fue un descenso. Fue un accidente controlado.

La Cápsula Icarus salió disparada de la tierra como una bala de cañón, rompiendo la capa de turba y raíces congeladas del pantano.

El vehículo se elevó unos segundos en el aire nocturno antes de que la gravedad reclamara su precio.

Cayó con un chapoteo sordo y violento, arrastrándose veinte metros por el fango antes de detenerse inclinada hacia un lado.

El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el siseo del metal caliente enfriándose en el agua helada.

La escotilla se abrió con un gemido hidráulico. El aire que entró no olía a flores ni a ozono limpio. Olía a cien años de vegetación podrida, a agua estancada y a lluvia gélida.

Aleksei salió el primero, tosiendo. Al poner el pie fuera, se hundió hasta la rodilla en un lodo negro y viscoso. —¡Fuera! —gritó, tirando de Sofía—. ¡El sistema de refrigeración está ardiendo!

Apenas habían logrado arrastrarse hasta un montículo de tierra firme cubierta de juncos muertos cuando la cápsula, pesada y densa, empezó a ser tragada por el pantano.

El barro de la Rasputitsa la estación del fango que había detenido a ejércitos enteros reclamó la tecnología de los dioses.

Sofía soltó un grito ahogado al sentir un tirón violento.

La correa del tubo de cuero se había enganchado en un hierro de la escotilla que se hundía; el lodo negro tiró de él con una fuerza implacable, arrancándoselo del hombro y arrastrando el antiguo mapa hacia el fondo.

Con un último gorgoteo de burbujas aceitosas, el vehículo plateado desapareció bajo la superficie negra.

Se habían quedado sin transporte. Sin mapa. Y sin Agartha.

Sofía se abrazó a sí misma, tiritando violentamente. Su abrigo de cuero, que parecía tan elegante en la ciudad, ahora estaba empapado y sucio. —Hace... hace tanto frío —dijo, castañeteando los dientes. El vapor de su aliento formaba nubes blancas en la oscuridad.

No había nieve. Era peor. Era una lluvia fina, casi sólida, agujas de hielo que calaban hasta los huesos y convertían el suelo en una trampa mortal.

—Estamos vivos —dijo Aleksei, tratando de orientarse. Miró al cielo. No se veían estrellas, solo nubes bajas de plomo cargadas de tormenta—. Pero si no encontramos refugio, moriremos de hipotermia antes del amanecer.

—¡Yo no tengo frío! —exclamó una voz eufórica.

Aleksei y Sofía se giraron. Olek estaba de pie sobre una roca, con los brazos abiertos a la lluvia helada.

Sus pupilas estaban dilatadas, ocupando casi todo el iris, y su piel brillaba con un sudor febril a pesar de estar a dos grados sobre cero.

La herida de su cabeza era ahora una cicatriz rosada y lisa, como si hubiera curado hace meses y no hace minutos.

—Olek, baja de ahí —ordenó Aleksei—. Esa medicina... era para un organismo de tres metros. Te está friendo el sistema nervioso.

—¡Me siento increíble! —Olek saltó de la roca con una agilidad felina, aterrizando en el barro sin perder el equilibrio—. ¡Podría correr hasta Moscú! ¡Podría luchar contra un oso! ¡Siento cómo me crece el pelo, Aleksei!

—Lo que vas a sentir es un colapso cardíaco si no te calmas —le advirtió Aleksei, agarrándole del hombro. El cuerpo del chico estaba ardiendo al tacto—. Guarda esa energía. Vas a tener que abrir camino.

Aleksei miró al horizonte. Todo era oscuridad y siluetas de abedules esqueléticos que parecían manos de muertos saliendo de la tierra. Pero entonces, muy a lo lejos, vio un punto amarillo. Débil. Parpadeante. Una ventana.

—Allí —señaló Aleksei—. Hay una luz. Parece una granja o una estación de paso.

—Está a kilómetros... —murmuró Sofía, agotada. El peso del embarazo y el estrés de la huida le estaban pasando factura ahora que la adrenalina bajaba.

—Te llevaré —dijo Aleksei.

—¡No! —Olek se interpuso, con esa sonrisa maníaca—. ¡Yo la llevo! ¡Soy Hércules! ¡Soy un titán!

Antes de que pudieran protestar, el chico cargó a Sofía en su espalda como si fuera una muñeca de trapo. No jadeaba. No parecía pesarle. La droga de los gigantes le había dado, temporalmente, la fuerza de uno.

Empezaron a caminar. Fue una marcha miserable.

El barro intentaba arrancarles las botas a cada paso.

El viento aullaba entre los cañaverales.

Aleksei iba detrás, vigilando. Sabía que el "subidón" de Olek no duraría para siempre, y que cuando cayera, caería duro.

Y sabía algo peor: Sergei tenía el Goliath. Y el Goliath tenía sensores térmicos.

Tardaron una hora en llegar a la luz. No era una estación. Era una granja solitaria, una izba tradicional de madera oscura, con el techo de paja podrida goteando agua. Un granero medio derrumbado se alzaba al lado, y el olor a estiércol de cerdo y humo de leña les golpeó la cara.

Para ellos, fue el mejor olor del mundo.

Se detuvieron junto a la valla de madera podrida. —¿Y si son hostiles? —preguntó Sofía, bajándose de la espalda de Olek. El chico seguía vibrando de energía, mirando a todos lados como una ardilla.

—Tenemos armas —dijo Aleksei, tocando el revólver bajo su abrigo—. Pero intentaremos usar dinero primero. Olek, compórtate. Nada de robar. Y tápate la cara; tus ojos dan miedo.

Se acercaron a la puerta. Aleksei levantó el puño y golpeó la madera húmeda tres veces. TOC. TOC. TOC.

El sonido resonó en la noche vacía. Dentro, se oyó el raspar de una silla arrastrándose. Luego, pasos pesados. Y el sonido inconfundible de un cerrojo de hierro deslizándose. Y, más preocupante aún, el clicclac de una escopeta de dos cañones al cargarse.

Una mirilla se abrió. Un ojo gris y desconfiado les observó desde la calidez del interior. —Largo —gruñó una voz de mujer vieja y seca—. No tenemos nada para los desertores ni para los fantasmas.

—No somos desertores —dijo Aleksei, con voz firme pero mostrando las palmas vacías—. Somos viajeros. Tuvimos un accidente en el camino real. Mi esposa está embarazada y necesitamos calor. Pagaremos.

Hubo un silencio. El ojo miró a Sofía, que temblaba visiblemente, con el barro secándose en su cara pálida. Luego miró a Olek, que sonreía de forma inquietante a la lluvia.

—¿Oro o papel? —preguntó la vieja.

—Oro —mintió Aleksei. Olek se tocó el bolsillo donde guardaba su diente arrancado, el único oro que tenían, pero Aleksei le dio un pisotón discreto.

El cerrojo se abrió. La puerta chirrió, revelando el interior iluminado por el fuego de una estufa de ladrillo. Olía a sopa de col y a perro mojado. Una anciana pequeña pero robusta, con un pañuelo en la cabeza y una escopeta recortada en las manos, se hizo a un lado.

—Entrad —dijo, escupiendo al suelo—. Pero si intentáis algo raro, le vuelo la cabeza al que sonríe tanto.

Entraron. La puerta se cerró tras ellos, dejando fuera el viento, el barro y la noche. Pero Aleksei no se relajó. Sabía que en Rusia, a veces, el peligro dentro de las casas era peor que el del exterior.