CAPÍTULO 16 La caída del cielo
El sonido fue lo peor. No fue una explosión seca, sino un chillido. El chillido del cristal más duro del mundo siendo torturado hasta romperse.
Arriba, en el cénit de la cúpula geodésica, justo al lado del sol artificial, apareció una grieta negra.
Segundos después, la punta giratoria de diamante del taladro del Goliath atravesó el cielo.
El aire presurizado de Agartha aulló, escapando hacia el túnel superior por la diferencia de presión, creando un huracán repentino que sacudió los árboles violetas.
—¡Corred! —gritó Aleksei, agarrando a Sofía del brazo.
El taladro se retrajo y el tanque Goliath cayó.
Cien toneladas de acero zarista se precipitaron tres kilómetros en caída libre.
Pero antes de impactar, los propulsores de vapor a presión del tanque dispararon hacia abajo, frenando la caída con una columna de humo negro y sucio que manchó el aire puro de la ciudad.
El tanque aterrizó en la Plaza de los Jardineros con un estruendo sísmico, aplastando las losas de nácar y triturando bajo sus orugas a dos de los autómatas que cuidaban las flores.
La escotilla se abrió. No hubo negociaciones.
Las ametralladoras laterales del tanque empezaron a barrer la zona, destrozando fachadas milenarias y estatuas de cristal.
—¡Hacia el sector médico! —ordenó Sofía, señalando un edificio largo y curvo—. ¡El acceso a los tubos Icarus está detrás!
Corrieron. Olek iba el último, cojeando y jadeando, con la sangre de su cabeza goteando sobre el pavimento inmaculado. Entraron en el edificio médico derrapando.
El silencio allí dentro era sepulcral, solo roto por el zumbido grave de la maquinaria. Era una sala inmensa, una catedral dedicada a la biología. Y estaba llena. Filas interminables de cilindros de vidrio verticales, llenos de un líquido azul brillante, se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
Olek se detuvo en seco, olvidando el dolor y el miedo. —Madre de Dios... —susurró, mirando el cilindro más cercano—. Son... son enormes.
Dentro de la cápsula flotaba un ser humanoide.
Pero no era un hombre común. Medía casi tres metros de altura.
Su piel era blanca como el mármol, sin vello, y sus facciones eran de una perfección geométrica inquietante.
Estaba desnudo, conectado a cables finísimos que entraban en su columna vertebral.
—Los Progenitores —dijo Sofía, pasando por su lado sin detenerse—. Los constructores de Tartaria. Están en estasis. Esperando.
—¿Esperando qué? —preguntó Olek, fascinado, acercando la mano al cristal.
—Un mundo mejor —dijo Aleksei, empujando al chico—. Que no es este. ¡Mueve el culo, Olek!
—¡Espera! —Olek se resistió—. ¡Mirad eso! ¡Curan!
Señaló un panel holográfico en la base de la cápsula. Mostraba el estado del gigante: regeneración celular al 100%. Olek, mareado por la pérdida de sangre, intentó manipular la consola. —Puedo meterme. Solo cinco minutos. Mi cabeza... me va a estallar.
—¡No hay cinco minutos! —le gritó Aleksei, tirando de él.
Una explosión sacudió el edificio. El techo del fondo de la sala se derrumbó. A través del humo, vieron siluetas bajando con cables desde los agujeros. Soldados. Mercenarios con máscaras de gas y abrigos grises. Los Lobos de Sergei.
—¡Nos cortan el paso! —gritó Sofía.
Aleksei miró desesperado a su alrededor.
Vio un armario de suministros abierto en la pared, con varios dispositivos plateados.
Arrancó uno de la pared. Parecía una pistola sin cañón, con un cartucho de líquido ámbar brillante.
—¡Toma esto! —le lanzó el dispositivo a Olek—. ¡Es un inyector dérmico! ¡Úsalo luego!
—¡Allí! —gritó una voz ronca desde el humo.
Era Sergei. El ruso avanzaba entre las cápsulas de los gigantes, pareciendo pequeño en comparación, con un rifle de asalto en las manos.
Su máscara de lobo colgaba de su cinturón.
Tenía la cara manchada de hollín y una expresión de furia gélida.
Levantó el rifle. Tenía a Aleksei en la mira.
Estaba a menos de cincuenta metros. No podía fallar.
Aleksei se congeló, poniéndose delante de Sofía. Sergei apretó el dedo en el gatillo.
— ¡Lobo Uno! —tronó una voz por la radio del mercenario, tan alta que Aleksei pudo oírla en el eco de la sala—. ¡Alto el fuego! ¡Prioridad Omega! ¡Asegura los sujetos de prueba! ¡Si dañas una sola de esas cápsulas, te mato!
Sergei vaciló. Miró a los durmientes gigantes.
Miró a Aleksei. Sus ojos se cruzaron un instante.
En la mirada de Sergei había odio, pero también la disciplina férrea del soldado.
Y quizás, solo quizás, una duda al ver que Aleksei protegía a la chica como él hubiera protegido a Katia. Bajó el rifle unos centímetros.
—¡Largo! —rugió Sergei, señalando una puerta lateral—. ¡Antes de que cambie de opinión!
Aleksei no preguntó. Agarró a Sofía y a Olek y los empujó hacia la salida de emergencia. Salieron a un pasillo de servicio que llevaba a los muelles de lanzamiento.
Detrás de ellos, oyeron a Sergei dando órdenes a sus hombres para asegurar la sala de los durmientes. Los mercenarios no venían a matar; venían a recolectar. El Grupo de los 7 acababa de conseguir el ejército biológico más potente de la historia.
Llegaron a la esclusa final. Frente a ellos había una hilera de vehículos con forma de lágrima plateada, asentados sobre raíles magnéticos que subían en vertical por un tubo oscuro. Las Cápsulas Icarus.
—¡Dentro! —Sofía abrió la escotilla de la más cercana con su mano.
Se apiñaron en el interior, diseñado para un solo gigante, pero espacioso para tres humanos. Olek, temblando, se inyectó el dispositivo en el muslo. Soltó un grito ahogado cuando el líquido ámbar quemó sus venas, cerrando la herida de su cabeza desde dentro al instante.
Aleksei golpeó el botón de lanzamiento. —Sujetáos.
El sistema neumático siseó. Con una aceleración que les aplastó contra los asientos, la cápsula salió disparada hacia arriba, hacia la oscuridad del tubo, dejando atrás la luz dorada, los jardines perfectos y el horror de la invasión.
Abajo, en la sala de control, Müller observaba las pantallas. —Túnel de escape activo —informó—. Se han ido.
Sergei apareció a su lado, limpiando su cuchillo. —Déjalos correr —dijo, mirando el mapa de la superficie—. Arriba es de noche y está helando. La lluvia y el barro harán el trabajo por nosotros.
Müller asintió y activó el sistema de megafonía de la ciudad conquistada. —Aquí el Comandante Müller. Agartha es propiedad del Zar. Iniciad la recolección.