Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 15 Los Jardineros de Silicio
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CAPÍTULO 15 Los Jardineros de Silicio

Caminar por Agartha era caminar por un sueño congelado.

Avanzaban por avenidas de pavimento blanco y suave, un material que absorbía el sonido de sus botas. A ambos lados se alzaban edificios residenciales sin esquinas, fachadas curvas de nácar y cristal que parecían haber crecido del suelo como setas gigantes en lugar de haber sido construidas.

No había puertas cerradas. Todo estaba abierto, esperando a unos habitantes que huyeron hace cien años y nunca volvieron.

—Es espeluznante —murmuró Olek, apretando su escopeta contra el pecho. Miraba a todas partes, buscando una amenaza, pero solo encontraba belleza—. Prefiero las alcantarillas. En las alcantarillas, si algo huele mal, sabes que es mierda. Aquí huele a flores y me da pánico.

Aleksei se detuvo frente a un escaparate.

No había cristal. Una barrera de aire estático protegía el interior.

Dentro, flotando en campos magnéticos, había libros, instrumentos de música que parecían hechos de luz sólida y juguetes.

—No huyeron —dedujo Aleksei, observando una mesa puesta en una terraza cercana.

Había copas con líquido evaporado hace décadas, dejando solo un rastro de polvo de colores—.

Se fueron ordenadamente. Fue una evacuación.

—O una purga —dijo Sofía. Caminaba con una mano en el vientre y la otra rozando las paredes de los edificios, sintiendo el leve zumbido de la ciudad bajo sus dedos—.

Mi familia... los Custodios... no abandonaron este lugar porque quisieran.

Fueron llamados a la superficie para la guerra. Y les cerraron la puerta detrás.

Llegaron a una plaza circular. En el centro, un árbol inmenso de tronco plateado y hojas de color violeta se alzaba hacia la luz artificial del techo. Y allí vieron a los habitantes.

No eran humanos. Una figura alta y esbelta, de casi tres metros, se movía entre las ramas bajas del árbol.

Tenía cuatro brazos largos y delicados, terminados en pinzas de precisión.

Su cuerpo no era de metal oxidado como el de los robots de arriba; era de cerámica blanca y vidrio reforzado, dejando ver un núcleo de luz azulada en su pecho.

—Un autómata —susurró Olek, levantando el arma.

—No dispares —ordenó Sofía.

La máquina se giró. No tenía cara, solo una superficie de cristal negro lisa y pulida donde debería estar el rostro. Se deslizó hacia ellos, no caminando, sino levitando a unos centímetros del suelo mediante algún sistema de repulsión silencioso.

Olek tembló, pero mantuvo el dedo fuera del gatillo. El autómata se detuvo frente a Sofía. Levantó uno de sus cuatro brazos. En la pinza sostenía una flor violeta que acababa de podar. Con un movimiento fluido y elegante, le ofreció la flor.

—Un Jardinero —dijo Aleksei, maravillado—. Un modelo de mantenimiento Serie Alfa. Están programados para cuidar la ciudad eternamente. Para mantenerla perfecta para el regreso de sus amos.

Sofía tomó la flor. Al contacto con su piel, el núcleo azul del pecho del autómata parpadeó y cambió a un color dorado cálido. Una voz sintetizada, suave y melódica, emanó de la máquina. No hablaba ruso, sino un idioma antiguo, lleno de vocales, que sonaba como el canto de una ballena.

—¿Qué dice? —preguntó Olek.

Sofía cerró los ojos un segundo, dejando que la "memoria de sangre" tradujera. —Dice: "Bienvenida a casa, Ciudadana. El jardín ha esperado su ciclo. ¿Desea iniciar el protocolo de la cosecha?"

—Dile que no queremos cosechar nada —dijo Aleksei, mirando hacia el techo de la cúpula, donde el BUM... BUM... del Goliath resonaba cada vez más fuerte—. Dile que necesitamos ir a la Torre.

Sofía miró su propio reflejo en la cara negra del robot. —Llévanos al Nexo de Control —ordenó en ruso.

El autómata pareció procesar la orden. Inclinó la cabeza en una reverencia mecánica y giró, indicándoles el camino hacia la aguja de cristal central. —Por aquí, Ciudadanos.

Mientras seguían al gigante silencioso, otros Jardineros empezaron a salir de entre los edificios. Docenas de ellos. Algunos cuidaban el césped, otros limpiaban el polvo invisible de las estatuas. Todos se detenían y hacían una reverencia cuando Sofía pasaba, cambiando sus luces de azul a dorado.

—Te respetan —dijo Olek, mirando a los robots con desconfianza—. Eres su reina hormiga.

—Soy su llave de administración —corrigió ella, con un tono amargo—. Solo soy un código de acceso con piernas para ellos.

Llegaron a la base de la Torre de Resonancia.

Era un monolito de cristal transparente de cien metros de altura.

A través de las paredes, se veían miles de cables de fibra óptica que brillaban como nervios, subiendo y bajando información.

La puerta no tenía cerradura. Simplemente se desmaterializó en una niebla de vóxeles cuando Sofía se acercó.

Entraron. La sala de control era circular.

En el centro, flotando en el aire sin soporte alguno, había un mapa holográfico de San Petersburgo.

Pero no solo de la superficie. Mostraba la tierra hasta el núcleo.

Se veían los túneles, el sistema de alcantarillado, las bolsas de magma...

y un punto rojo parpadeante que descendía taladrando la roca sobre sus cabezas.

—El Goliath —señaló Aleksei—. Ya ha pasado la barrera del Nivel 4. Está perforando el techo de la caverna. En menos de una hora estarán aquí.

Sofía se acercó a la consola central, una superficie de piedra negra lisa. Puso ambas manos sobre ella. La sala se iluminó. El mapa cambió de color.

—Puedo hacerlo —dijo ella, con los ojos brillando con el reflejo de los datos—. Puedo activar los resonadores sísmicos. Puedo compactar la roca del techo. Convertiré el acceso en un tapón de granito de cincuenta metros de espesor. Nada podrá atravesarlo. Ni el Goliath, ni un ejército.

—Hazlo —dijo Olek—. Enciérralos fuera.

Aleksei miró el mapa. Su mente de cartógrafo vio el problema al instante. —Espera, Sofía. Se acercó al holograma y amplió la imagen con un gesto de la mano, sorprendiéndose de lo intuitiva que era la tecnología. —Si sellamos el techo... sellamos la única salida.

El silencio cayó sobre la sala. —Nos quedaremos atrapados aquí —continuó Aleksei—. Con comida y agua, sí. En un paraíso, sí. Pero enterrados vivos para siempre. Nadie entrará, pero nosotros nunca saldremos. Tu hijo nacerá aquí y morirá aquí sin ver el sol real.

Sofía levantó las manos de la consola, asustada. —Pero si no lo hago, entrarán y nos matarán.

Olek miró alrededor, desesperado. —Tiene que haber una puerta trasera. Todos los sitios ricos tienen una puerta trasera para que el servicio saque la basura o para que el amo escape con la querida.

Sofía volvió a conectar con la máquina. Cerró los ojos, buscando en la base de datos de la ciudad. —Salidas... salidas... —murmuró, con el sudor perlando su frente por el esfuerzo mental—. Hay... hay un sistema de transporte de emergencia. Un tubo neumático balístico.

El holograma mostró una línea azul que salía de la base de la torre y subía en vertical, atravesando kilómetros de roca hasta la superficie, lejos de la ciudad, en los páramos helados del exterior.

—Las Cápsulas Icarus —leyó Sofía—. Diseñadas para evacuar el Consejo en caso de colapso tectónico. Son cohetes de presión. Nos pondrán en la superficie en tres minutos.

—Perfecto —dijo Olek—. Sellamos la entrada, corremos a las cápsulas y adiós muy buenas.

—Hay un problema —dijo Sofía, abriendo los ojos. Estaban llenos de lágrimas—. El sistema Icarus está en la base de la torre, pero el control de sellado sísmico está aquí arriba. El proceso de compactación es violento. En cuanto empiece, la vibración derrumbará los puentes de acceso a la torre.

Aleksei entendió la matemática de la tragedia.

—Alguien tiene que quedarse en esta consola manteniendo el sello activo mientras los demás bajan a las cápsulas.

Miró a Sofía. Ella no podía hacerlo; tenía que sobrevivir por el bebé.

Miró a Olek. El chico era un superviviente, tenía toda la vida por delante.

Aleksei se quitó la chaqueta. —Yo lo haré.

—¡Ni hablar! —gritó Sofía—. ¡No te voy a dejar!

—Es lógica, Sofía —dijo Aleksei, con una calma que no sentía—. Tú eres la portadora. Olek es un niño. Yo soy el único prescindible.

—¡Tú eres el padre! —le gritó Olek, empujándole—. ¡Y yo soy el que sabe forzar cerraduras, no consolas mágicas! ¡Ninguno se queda! ¡Usaremos un temporizador o algo!

—Esta tecnología no tiene "temporizador" —dijo Sofía—. Funciona con bioritmo. Necesita un pulso vivo para mantener la frecuencia.

El techo de la caverna tembló. Unas grietas aparecieron en el cielo artificial de cristal, allá arriba. Cayeron esquirlas de vidrio como lluvia mortal sobre la ciudad jardín. El Goliath estaba entrando.

—No tenemos tiempo para discutir —dijo Aleksei—. Preparad la secuencia. Ya pensaremos algo.

Pero los tres sabían que no había "algo". Alguien tenía que sacrificarse. Y mientras discutían, el morro del tanque Goliath, con su taladro giratorio al rojo vivo, rompió el cielo de Agartha y cayó sobre el jardín como un meteorito de hierro y odio.

La guerra había llegado al paraíso.