CAPÍTULO 14 El Sol bajo la tierra
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, no entraron en una habitación. Entraron en un amanecer.
—¿Estamos... muertos? —preguntó Olek, bajando la escopeta, con la boca abierta y el diente roto olvidado.
Sofía salió del ascensor la primera. Su paso, antes vacilante, ahora era firme, casi sonámbulo. —No —dijo ella, respirando hondo—. Estamos en casa.
Aleksei y Olek la siguieron a la terraza de mármol blanco suspendida sobre el vacío.
Y entonces lo vieron. Agartha no era una cueva.
Era una biosfera. El techo de la caverna estaba tan alto que se perdía de vista, cubierto por una cúpula geodésica de cristal que emitía esa luz solar artificial.
Abajo, se extendía una ciudad jardín. Edificios de curvas suaves y orgánicas, hechos de un material nacarado, se entrelazaban con árboles gigantescos de hojas violetas.
Ríos de agua cristalina fluían por canales levitantes.
—Esto estaba aquí... —murmuró Aleksei, abrumado, apoyándose en la balaustrada—. Todo este tiempo. Mientras arriba la gente moría de frío en el fango... aquí abajo tenían el paraíso.
—Era el prototipo —explicó Sofía, con la mirada fija en el horizonte—. La ciudad modelo. Aquí vivían los arquitectos, los ingenieros, los filósofos... Mi familia.
Aleksei se giró bruscamente hacia ella, frunciendo el ceño. —Sofía, espera. Cuando nos reunimos en la cafetería hace dos días, no sabías nada de esto. Me contrataste porque necesitabas mis mapas. No sabías ni dónde estaba la entrada. ¿Cómo sabes ahora quién vivía aquí?
Sofía parpadeó, como si saliera de un trance profundo.
Se llevó una mano a la sien, confundida.
—No lo sé, Aleksei... —admitió, y su voz tembló—.
No lo he leído en ningún sitio. Es... es como si el aire me lo susurrara.
Desde que cruzamos la puerta del Nivel 1, nombres, fechas y funciones aparecen en mi cabeza justo cuando los necesito.
Miró sus propias manos, como si fueran las de una extraña. —No son mis recuerdos. Son los de ellos. La ciudad sabe que he vuelto. La ciudad me está llenando los huecos.
—Memoria genética... —dedujo Aleksei, fascinado a pesar del peligro—. O transmisión de datos a través del Éter. Tu cerebro actúa como una antena receptora.
—Olek se acercó a una fuente cercana. El agua brotaba de una esfera flotante. Se lavó la sangre de la cabeza. —Sabe dulce —dijo—. Es potable.
El chico se giró y miró a la pareja. Miró el vientre de Sofía, que ella seguía protegiendo inconscientemente. Recordó la frase de Sergei sobre la "leche". Y recordó cómo Aleksei se había jugado la vida por ella.
—Joder... —soltó Olek, dejando caer la escopeta al suelo—. No sois jefe y empleada.
—Olek, escucha... —intentó intervenir Aleksei.
—¡Estás preñada! —exclamó el chico, señalándola con el dedo mojado—. ¡Y es de él! ¡Por eso me salvó en la pasarela llamándome "padre de familia"! ¡Por eso te pusiste delante del machete!
Olek se pasó las manos por el pelo sucio, caminando en círculos. —Estamos huyendo del ejército del Zar, con un tanque taladrando el techo, ¿y vosotros traéis un bebé a esta ratonera? ¿Estáis locos?
—Fue antes de todo esto —dijo Sofía suavemente—. Antes de saber que el mundo se acababa.
Olek se detuvo frente a ella. Parecía enfadado, pero Aleksei vio que en realidad estaba asustado. —¿Y qué pasa si nace aquí? —preguntó el chico, bajando la voz—. ¿Qué pasa si nace y Sergei nos encuentra?
—No nos encontrará —dijo Aleksei, acercándose a Sofía y rodeándole los hombros con el brazo. Esta vez, no le importó que Olek mirara—. Porque vamos a usar este lugar para detenerlos.
—¿Cómo? —Olek señaló la ciudad vacía—. Aquí no hay nadie. Son todo edificios bonitos y árboles raros. No hay cañones.
Sofía señaló hacia el centro del valle, donde una aguja de cristal se alzaba más alta que el resto. —Esa es la Torre de Resonancia. El corazón de Agartha. Ahora sé para qué sirve. Desde allí se controla la vibración de toda la corteza terrestre de la zona.
—¿Y qué hacemos? ¿Les mandamos un terremoto? —preguntó Olek.
—No —intervino Aleksei, comprendiendo la ciencia detrás de la magia—.
Si controlan la vibración, controlan la densidad molecular.
Podemos hacer que la roca sobre nuestras cabezas se vuelva impenetrable.
Podemos compactar la tierra hasta que sea más dura que el diamante.
El Goliath se romperá los dientes intentando taladrar.
—Bloquearlos fuera para siempre... —Olek asintió—. Me gusta.
De repente, una sombra cruzó el "sol" artificial del techo. La luz parpadeó. El suelo vibró levemente. BUM... BUM...
—El Goliath —dijo Aleksei, mirando hacia arriba—. Sergei está cumpliendo su promesa. Están quemando la puerta del Nivel 4.
—La barrera de energía no aguantará mucho —advirtió Sofía—. Cuando caiga, bajarán. Tenemos que llegar a la Torre antes que ellos.
—Pues vamos —dijo Olek, recogiendo su arma—. Aleksei, si ella se cansa, la cargas tú. Y ni una palabra de esto a nadie cuando salgamos, ¿entendido? Tengo una reputación de criminal despiadado que mantener. No puedo ir por ahí cuidando familias.
Aleksei sonrió por primera vez en muchas horas. —Entendido, señor criminal.
—Y me debéis un diente de oro —añadió el chico, escupiendo al suelo inmaculado—. Y quiero ser el padrino. Si el niño sale feo como tú, necesitará a alguien que le enseñe a robar carteras para sobrevivir.
Aleksei y Sofía intercambiaron una mirada de alivio. A su manera, Olek acababa de aceptar ser parte de su extraña familia.
Empezaron a bajar las escaleras de mármol hacia el valle. Mientras se adentraban en la belleza inquietante de la ciudad perfecta, Aleksei no podía dejar de pensar en la ironía: habían bajado al infierno para encontrar el cielo, pero habían traído al diablo con ellos.
La carrera hacia la Torre había comenzado.