Los últimos días de Tartaria INTERLUDIO La Promesa del Lobo
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INTERLUDIO La Promesa del Lobo

Sergei se quedó mirando el pozo oscuro del ascensor por donde sus presas habían escapado. El campo de fuerza azul zumbaba frente a su nariz, un muro infranqueable para el acero, pero no para la memoria.

El silencio volvió al pasillo. Y con el silencio, llegaron los fantasmas.

Sergei se llevó la mano al bolsillo interior de su chaleco táctico y sacó un objeto que no parecía encajar con un asesino: una pequeña cajita de música de madera barata, con la pintura descascarillada.

La abrió. La música sonó, desafinada y melancólica. Y de repente, el olor a ozono y sangre desapareció. Olió a medicina barata y a sábanas sudadas.

San Petersburgo. Invierno de 1792.

—Prométemelo, Sergei...

La voz de Katia era apenas un susurro. La Tisis (tuberculosis) se había comido sus pulmones, los mismos pulmones que solían reírse de sus chistes malos.

Estaba pálida, tan pálida como la nieve sucia de la calle.

A su lado, su hermano pequeño, Müller, lloraba en silencio, agarrando la mano fría de ella.

Müller, el idealista. El que quería ser oficial para cambiar el sistema.

—No hables, Katia. Ahorra fuerzas —suplicó Sergei, arrodillado junto al catre.

—No... escúchame —Katia le apretó la mano con una fuerza sorprendente—. Heinrich... mi hermano... es demasiado bueno para este mundo, Sergei. El ejército se lo comerá vivo. Los nobles lo usarán y lo tirarán.

Sergei miró a Müller, que por aquel entonces no era más que un cadete asustado con uniforme prestado. —Yo lo cuidaré, Katia. Seré su sombra.

—Sé su espada, Sergei. Sé el monstruo que él no puede ser, para que él siga siendo un hombre bueno. Júrame que volverás con él.

Katia murió esa misma noche. Murió porque el hospital del distrito reservaba la medicina nueva para los aristócratas. Murió porque gente como los Vasilyev consideraba que la vida de la hermana de un sastre no valía un frasco de jarabe importado.

Presente.

Sergei cerró la caja de música de golpe. El recuerdo dolió más que el golpe que el chico ladrón le había dado en la cabeza.

Un estruendo hizo temblar el suelo. La pared detrás de él se derrumbó. El Goliath apareció entre el polvo y los escombros. La monstruosa máquina de asedio había llegado, abriéndose paso a través de la arquitectura sagrada de Tartaria como un toro mecánico.

La escotilla del tanque se abrió. Müller asomó la cabeza. Tenía la cara manchada de hollín, pero sus ojos azules brillaban con preocupación. Esos ojos. Eran los mismos ojos de Katia.

—¡Sergei! —gritó Müller, bajando del tanque—. ¿Estás bien? Los sensores detectaron un bloqueo biológico. ¿Dónde están?

Sergei guardó la cajita de música junto a su corazón. Su cara se transformó. La melancolía desapareció, reemplazada por la máscara del Lobo. —Han bajado al Nivel 5, Heinrich —dijo Sergei, usando el nombre de pila de su amigo, algo que solo hacía en privado—. Se han encerrado en el Paraíso.

Müller miró el campo de fuerza impenetrable. —No podemos atravesar esa energía. El taladro del Goliath no servirá.

Sergei caminó hacia el tanque y palmeó el blindaje. —No hace falta taladrar, hermano. Solo hace falta sobrecargar el sistema. Vamos a volcar toda la potencia del núcleo del tanque contra esa puerta.

—Eso podría fundir el motor... podría matarnos... —dudó Müller.

Sergei subió al tanque y le puso una mano en el hombro a Müller, mirándolo a los ojos. —No dejaré que te pase nada. Lo prometí.

Müller asintió, confiando ciegamente en su protector, sin saber que esa protección los estaba llevando a ambos al infierno. —De acuerdo. Quememos la puerta.

Sergei sonrió mientras entraba en la cabina de artillero. —Sí. Quemémoslo todo.

El Goliath rugió, cargando sus condensadores al máximo. El Interludio había terminado. La tragedia estaba servida.