CAPÍTULO 13 El juramento y el acero
La lluvia golpeaba los cristales de la biblioteca con una furia que ahogaba el mundo exterior. Olía a tormenta de verano, a tierra mojada y, dentro de la sala, al aroma dulce y avainillado del papel antiguo.
Aleksei Vólkov, con las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos, pasaba un pincel de cerdas suaves sobre el lomo de un mapa estelar del siglo XVI. Sus manos eran firmes, cuidadosas. Amaba aquel trabajo. Amaba el silencio.
La puerta se abrió. El silencio se rompió, no por el ruido, sino por su presencia.
Sofía entró. Llevaba el vestido de muselina blanca empapado, pegado a su cuerpo como una segunda piel, transparentando la curva de sus caderas y el temblor de sus hombros.
Había salido a cabalgar bajo la lluvia, desobedeciendo a su padre, desobedeciendo al protocolo, desobedeciendo a la vida que le habían impuesto.
—Deja los libros, Aleksei —dijo ella. Su voz no era la de la Condesa distante que le daba órdenes. Era la voz de una mujer cansada de estar sola.
Aleksei dejó el pincel. El corazón le martilleaba contra las costillas, un sonido sordo que competía con los truenos. —Mi señora, si su padre nos ve...
—Mi padre está en San Petersburgo —le cortó ella, acercándose a la mesa de trabajo. El agua goteaba de su pelo rubio sobre los mapas, borrando fronteras de tinta, pero a Aleksei no le importó—. Y los criados duermen. Solo estamos tú, yo y la tormenta.
Sofía rodeó la mesa. Se detuvo frente a él.
Estaban tan cerca que Aleksei podía sentir el calor febril que emanaba de su piel fría por la lluvia.
Ella levantó una mano y le quitó las gafas, dejándolas sobre el escritorio con una delicadeza infinita.
—Mírame, Aleksei. No como un empleado. Mírame como el hombre que me mira cuando cree que no me doy cuenta.
Aleksei tragó saliva. Sus defensas cayeron. —Sofía... es peligroso. —Lo sé —susurró ella, y sus dedos trazaron la línea de la mandíbula de él—. Mi sangre es peligrosa. Mi herencia es una condena. Pero esta noche... esta noche quiero olvidar quién soy. Quiero ser solo Sofía.
Aleksei la besó. Fue un beso desesperado, con sabor a lluvia y a deseo contenido durante meses.
Ella respondió con un gemido, aferrándose a su camisa, tirando de él.
Los mapas cayeron al suelo. Los libros fueron apartados.
Hicieron el amor sobre la alfombra persa, iluminados solo por los relámpagos que rajaban el cielo.
Fue un acto urgente, casi violento en su pasión, como si ambos supieran que estaban robándole tiempo al destino.
Horas después, cuando la tormenta amainó y solo quedó el repiqueteo suave de la lluvia, Sofía se vistió en la penumbra. Aleksei, aún envuelto en una sábana, la miró. —Huyamos —propuso él, ingenuo, enamorado—. Vámonos a París. O a Viena.
Sofía se giró. Ya no era la amante. La máscara de hielo había vuelto a su rostro, aunque sus ojos estaban rojos.
—No podemos, Aleksei. Llevo la llave de Tartaria en la sangre.
Si te quedas conmigo, te matarán. O te mataré yo con mi mundo.
—No me importa. —A mí sí —dijo ella, abriendo la puerta—.
Olvida esto. A partir de mañana, soy la Condesa Vasilyev y tú eres mi cartógrafo. Nunca ocurrió. Júramelo.
—Sofía... —¡Júramelo! —ordenó, con la voz rota—. Júrame que vivirás.
Subsuelo de San Petersburgo. 15 de Octubre de 1797. Nivel 4.
—¡ALEKSEI!
El grito de Olek rompió el recuerdo como un espejo golpeado por una piedra. Aleksei parpadeó, volviendo a la realidad brutal del pasillo de mármol negro. El olor a lluvia y lavanda desapareció, reemplazado por el hedor a sudor rancio, ozono y muerte inminente.
Frente a él, Sergei se movió. No fue un movimiento humano. Fue un borrón. El asesino se lanzó hacia delante, cruzando la distancia de tres metros en un parpadeo. El machete derecho bajó buscando el cuello de Aleksei, silbando con sed de sangre.
Aleksei no sabía pelear. No tenía entrenamiento militar. Pero tenía el recuerdo. El recuerdo de la piel de Sofía, de su calor, de la vida que habían creado esa noche de lluvia y que ahora latía dentro de ella a sus espaldas.
«Júrame que vivirás».
El instinto paternal, más antiguo y fuerte que cualquier técnica de combate, tomó el control.
Aleksei no retrocedió. Se dejó caer al suelo de rodillas, deslizándose sobre el mármol pulido.
El machete de Sergei pasó silbando justo por donde había estado su cabeza un milisegundo antes, cortando solo un mechón de su cabello.
—¡Corre, Sofía! —rugió Aleksei desde el suelo, lanzando una patada desesperada a la rodilla de Sergei.
La bota de Aleksei impactó contra la articulación del asesino. Sergei gruñó, perdiendo el equilibrio momentáneamente, pero se recuperó con una gracia felina, girando sobre sí mismo para lanzar el segundo machete en un arco bajo, buscando destripar al académico.
—¡Eh, tú! ¡Saco de mierda!
Olek disparó la escopeta. Clic. Maldición. Se había encasquillado o estaba vacía. Olek, sin dudarlo, agarró el arma por el cañón y la usó como un bate de béisbol, golpeando a Sergei en el hombro.
El golpe habría derribado a un hombre normal.
Sergei apenas se tambaleó. Se giró hacia el niño, sonriendo.
—Valiente —dijo, y le propinó un revés con el mango del machete.
El golpe sonó seco y brutal. Olek salió despedido, chocando contra la pared de lapislázuli y cayendo al suelo, aturdido, con un hilo de sangre bajando por la sien.
—¡No! —gritó Sofía.
Levantó la pistola que Aleksei le había dado. Sus manos temblaban violentamente. No por miedo a morir, sino porque el estrés estaba disparando su conexión con el Éter. Las luces del pasillo parpadearon al ritmo de su corazón.
Sergei se volvió hacia ella, ignorando a Aleksei que intentaba levantarse. Caminó despacio, saboreando el momento. —No dispararás, princesa —ronroneó Sergei, manchado de grasa y polvo—. Tienes demasiada vida dentro de ti para quitar la mía. Lo huelo. Huelo la leche y la sangre nueva.
Aleksei sintió una oleada de furia roja, ciega.
Miró a su alrededor. No tenía armas. Sus gafas se habían perdido.
Veía borroso. Pero vio algo en la pared.
Un panel de control de la Era Alta. Cristal negro.
Igual que la puerta del Nivel 1. No tenía el colibrí.
No tenía tiempo para calcular frecuencias. Pero tenía rabia.
Se levantó y corrió. No hacia Sergei. Hacia el panel. —¡Sofía! —gritó—. ¡Cántale!
—¿Qué? —Sofía retrocedía, con la pistola apuntando al pecho de Sergei.
—¡Cántale a la puerta! ¡Usa tu voz! ¡Usa el miedo!
Sergei levantó el machete para el golpe final sobre Sofía. Sofía entendió. No podía disparar, pero podía gritar. Soltó un alarido. No fue un grito humano. Fue una descarga de energía pura, modulada por sus cuerdas vocales de Custodia. Un tono agudo, disonante, cargado de pánico y poder.
El panel de la pared estalló. El mecanismo de seguridad del pasillo interpretó el grito como una orden de emergencia de "Cierre por Contención Biológica".
Una barrera de energía sólida, translúcida y azulada, cayó desde el techo entre Sofía y Sergei, justo cuando el machete descendía. La hoja de acero chocó contra el campo de fuerza con un chispazo cegador. El machete rebotó, vibrando con tanta fuerza que salió volando de la mano de Sergei.
El asesino retrocedió, cegado momentáneamente. Aleksei aprovechó el segundo. Agarró a Olek, que estaba medio inconsciente, y lo arrastró al otro lado de la barrera antes de que se cerrara por completo. —¡Dentro! —le gritó a Sofía, empujándola hacia el ascensor que se había abierto detrás de ellos.
Los tres cayeron dentro de la cabina del ascensor. Aleksei golpeó el panel táctil con el puño ensangrentado. Las puertas se cerraron.
A través del cristal, vieron a Sergei al otro lado del campo de fuerza azul.
El asesino no gritaba. No golpeaba el cristal.
Simplemente recogió su machete del suelo.
Se acercó a la barrera, pegó la cara al campo de energía y sonrió.
Una sonrisa que prometía un sufrimiento eterno.
Levantó dos dedos y señaló su propio reloj de muñeca. Tictac.
El ascensor comenzó a descender a una velocidad vertiginosa, dejando al lobo atrás.
Aleksei se deslizó por la pared de la cabina hasta el suelo, abrazando sus rodillas para que dejaran de temblar.
Sofía se dejó caer a su lado. Se miraron.
Ya no había secretos. Ya no había "empleado y condesa".
Solo había un hombre y una mujer que acababan de sobrevivir para proteger lo que habían creado aquella noche de lluvia.
—Lo sabe... —susurró Sofía, tocándose el vientre—. Sabe lo del bebé. —No importa —dijo Aleksei, tomándole la mano y besando sus nudillos sucios de hollín con una devoción feroz—. Porque mientras yo respire, él no volverá a acercarse a vosotros. Te lo juro, Sofía. Te juro que viviremos.
Olek, desde el rincón, gimió y se tocó la cabeza sangrante. —Qué bonito... —masculló el chico, escupiendo un diente roto—. Pero si volvéis a poneros románticos mientras me están partiendo la cara, dimito.
El ascensor frenó suavemente. Una voz melódica y artificial sonó en la cabina: "Bienvenidos a Agartha. Nivel 5: Núcleo Residencial. Por favor, mantengan la calma y disfruten del Paraíso."
Las puertas se abrieron. Y la luz que entró los dejó ciegos.