Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 12 El latido de la montaña
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CAPÍTULO 12 El latido de la montaña

Dejaron atrás el silencio del Jardín de los Olvidados y entraron en un infierno de ruido y movimiento.

La Sala de Turbinas era un pozo sin fondo atravesado por pasarelas de rejilla metálica suspendidas en el vacío.

A su alrededor, pistones del tamaño de edificios subían y bajaban: TUM... SHHH... TUM... SHHH .

El aire aquí estaba caliente, vibrando con una energía estática que erizaba el vello de los brazos.

—¡Cuidado donde pisáis! —gritó Olek para hacerse oír sobre el estruendo—. ¡Estas pasarelas no tienen mantenimiento!

Aleksei miró hacia abajo a través de la rejilla.

Cientos de metros más abajo, un resplandor rojo anaranjado iluminaba la oscuridad.

Sofía caminaba entre ellos, pálida. Se agarraba a la barandilla con fuerza, protegiendo su vientre con la otra mano cada vez que un pistón golpeaba y hacía vibrar el suelo.

—Tenemos que... bajar... —jadeó ella, señalando una escalera de caracol—. El mapa dice... Nivel 4...

De repente, Sofía tropezó. Sus piernas fallaron. Aleksei la sostuvo antes de que sus rodillas tocaran el metal caliente. La sintió temblar contra él. —Sofía... —le susurró al oído, aprovechando el ruido de las máquinas para que Olek no oyera—. No puedes seguir así. Le harás daño.

Ella le miró, con los ojos brillantes de fiebre y miedo. —Si paramos, moriremos los tres —respondió ella en un susurro feroz—. Él es fuerte, Aleksei. Tiene tu sangre. Aguantará.

Aleksei sintió que el corazón se le paraba. Era la confirmación. Ya no había dudas, ni cálculos de fechas. "Tiene tu sangre". Quiso gritar, quiso sacarla de allí, pero Olek se giró desde la vanguardia.

—¡Eh! ¿Qué hacéis parados? —gritó el chico—. ¡Moveos!

Aleksei compuso su máscara de frialdad académica en un segundo. —Es la hipersensibilidad al Éter —le gritó a Olek, repitiendo la mentira acordada—. Le está afectando el calor geotérmico. Sigamos.

Empezaron el descenso. La escalera vibraba violentamente. CRAAAAAACK.

Un trozo de roca del tamaño de un piano de cola se desprendió de la bóveda, desestabilizado por el Goliath arriba. Cayó en silencio visual, pero impactó con estruendo contra una de las turbinas gigantes. La turbina se atascó. —¡Va a estallar! —gritó Olek—. ¡Al suelo!

¡BOOM!

Una válvula reventó, lanzando un chorro de vapor a alta presión. La pasarela se inclinó bruscamente cuarenta y cinco grados. Aleksei resbaló. Sus botas no encontraron agarre. Se deslizó hacia el vacío. —¡Aleksei! —El grito de Sofía fue desgarrador.

Fue Olek quien reaccionó. Se enganchó con las piernas a la barandilla y agarró la mano de Aleksei en el último segundo. Aleksei quedó colgando sobre el abismo rojo. Sus gafas se le cayeron, desapareciendo en la oscuridad ardiente. —¡Te tengo! —gruñó Olek—. ¡No te sueltes, maldito padre de familia!

Aleksei abrió los ojos desorbitados. ¿Olek lo sabía? Pero luego vio la cara del chico: era solo una expresión hecha, un insulto cariñoso. Olek no tenía ni idea.

Sofía se arrastró por la pasarela inclinada, ignorando su propio dolor, y agarró la otra mano de Aleksei. Sus dedos eran fuertes, mucho más de lo que aparentaban. Entre los dos, tiraron. Aleksei logró subir de nuevo a la rejilla. Se quedaron los tres tirados, jadeando.

—Estamos cerca... —dijo Olek, mirando hacia arriba—. El Goliath está casi encima.

Aleksei entrecerró los ojos, viendo el mundo borroso sin sus gafas. —Olek, ¿cuánto falta para el Nivel 4? —La escalera termina ahí abajo. Pero hay un problema.

A través del vapor, vieron que la plataforma de control estaba bloqueada. Tres hombres. Soldados con máscaras de gas modernas y uniformes grises con el símbolo del lobo. Estaban montando una ametralladora pesada Maxim.

—Nos están esperando —dijo Aleksei—. Es una emboscada. —Han bajado haciendo rápel por la grieta del techo —dedujo Olek—. Se han adelantado.

Estaban atrapados. Arriba, la turbina a punto de explotar. Abajo, una ametralladora. Olek miró la tubería de vapor rota que corría paralela a ellos. —¿Aleksei, te fías de mis matemáticas? —preguntó el chico, sacando su llave inglesa con una sonrisa suicida.

—Tus matemáticas consisten en contar monedas robadas —replicó Aleksei, aunque se colocó delante de Sofía instintivamente.

—Suficiente. Si aflojo esta brida... la presión hará el resto. —Olek se arrastró hacia la tubería ardiente—. ¡Cuando yo grite, tapaos los oídos!

Abajo, los soldados los vieron. —¡Contacto! La ametralladora giró. RATATATATA. Las balas rebotaron en la rejilla, haciendo saltar chispas.

—¡AHORA! —Olek dio una patada a la llave inglesa. ¡CLANG!

La brida saltó. La tubería de cobre, liberada, latigó el aire como una serpiente gigante escupiendo vapor a 300 grados.

El chorro golpeó la plataforma de los soldados.

Gritos. El sonido de metal cayendo al vacío.

La ametralladora y dos hombres fueron barridos por la fuerza blanca. El tercero huyó hacia el túnel.

—¡Bajamos! —gritó Olek.

Corrieron por la escalera de caracol. Llegaron a la plataforma caliente y húmeda.

Aleksei recogió las armas de los soldados caídos: un pesado revólver y una pistola.

Comprobó la munición y se guardó el revólver en el abrigo.

Ya no somos turistas dijo, tendiéndole la pistola a Sofía.

Sus manos se tocaron un instante sobre el metal frío del arma. Una promesa muda: llegaremos al final .

Cruzaron la puerta hacia el Nivel 4. El ruido industrial quedó atrás. Frente a ellos, el pasillo cambiaba. Suelo de mármol negro. Paredes de oro y lapislázuli. La Zona Residencial de la Élite.

Y al final del pasillo, bloqueando el paso con una calma aterradora, una figura solitaria.

Sergei. Llevaba la camisa desabrochada y sostenía dos machetes de combate curvos.

—Habéis tardado mucho —dijo, haciendo chocar las hojas.

Ching .—. Mi amigo Müller está aparcando el tanque. Yo he venido a cobrarme las deudas.

Miró a Sofía, y luego a Aleksei. Su sonrisa se ensanchó. —Veo que traéis secretos con vosotros. Huelen a miedo... y a leche.

Aleksei se heló. Sergei, con su instinto de depredador, había notado algo que Olek no. El académico levantó los puños, poniéndose entre el asesino y la madre de su hijo. —Tendrás que pasar por encima de mí.