Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 11 El Jardín de los Olvidados
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CAPÍTULO 11 El Jardín de los Olvidados

El pasillo blanco parecía no tener fin.

Era una garganta de cerámica y luz fría que se extendía hacia el corazón de la tierra.

A diferencia de los túneles superiores, aquí no había humedad ni olor a podredumbre.

El aire era aséptico, seco como el interior de una bombilla.

Solo se escuchaba el leve zumbido de los tubos fluorescentes de gas noble que parpadeaban al detectar su movimiento, iluminando el camino paso a paso y apagándose a sus espaldas, como si la oscuridad los persiguiera activamente.

—¿Qué quería decir la nota? —preguntó Olek, rompiendo el silencio. Su voz sonaba pequeña en la inmensidad del corredor—. "Lo que encerramos aquí abajo debe morir de hambre" . ¿Qué come algo que vive encerrado cien años?

—Esperanza —murmuró Sofía. Se había quitado la máscara de gas; el aire aquí era respirable, aunque tenía un regusto metálico, a electricidad estática.

Aleksei la miró de reojo. Sofía caminaba más despacio de lo habitual, rozando la pared con los dedos como si necesitara apoyo constante.

—Es el ruido —dijo ella, deteniéndose y haciendo una mueca de dolor. Instintivamente, se llevó una mano al bajo vientre, protegiéndolo—. No el del taladro. El de las paredes. ¿No lo oís? Es como un grito constante...

Aleksei se detuvo en seco. Al ver esa mano protegiendo su vientre plano bajo el abrigo de cuero, un recuerdo le golpeó con la fuerza de un puñetazo: la noche de tormenta en la finca de verano de los Vasilyev, a mediados de julio.

El calor de su piel bajo las sábanas de lino, el sonido de la lluvia contra el cristal y el juramento de silencio que se hicieron al amanecer.

Su mente científica, traicionera, hizo un cálculo rápido y aterrador. Julio. Agosto. Septiembre. Octubre. Tres meses.

Las fechas encajaban con una precisión matemática cruel.

Las náuseas matutinas que ella intentaba ocultar, la palidez, el agotamiento repentino...

«No» , pensó Aleksei, sintiendo un pánico mucho mayor que el miedo a morir, un frío helado que le recorrió la columna vertebral. «No puede ser. No aquí abajo.»

Necesitaba una explicación lógica. Cualquier otra explicación que no implicara que la mujer que amaba llevaba una vida frágil en medio de aquel cementerio de metal. Se obligó a enterrar la sospecha bajo capas de racionalidad académica.

—Es la hipersensibilidad al Éter —dijo rápidamente, con la voz un poco más aguda de lo normal, intentando convencerse a sí mismo—. Este nivel debe estar saturado de energía residual. Eso... eso provoca náuseas y mareos. Solo es eso, Sofía.

Ella le miró a los ojos. Hubo un segundo de silencio, una mirada cargada de significado donde ambos supieron la verdad, pero decidieron no pronunciarla. —Sí —mintió ella, apartando la mano de su vientre—. Debe ser el Éter. Sigamos.

Llegaron al final del pasillo. Una gran compuerta de cristal blindado estaba entreabierta, bloqueada por el chasis oxidado de un robot de limpieza atrapado en el mecanismo hace un siglo. Aleksei se asomó por la rendija. Lo que vio le hizo olvidar sus propios pensamientos.

—Dios santo... —susurró.

Entraron. No era una sala de máquinas. Era una plaza.

Un espacio inmenso, del tamaño de la Plaza del Palacio de San Petersburgo, pero subterráneo.

El techo abovedado estaba pintado para imitar un cielo de atardecer perpetuo, aunque la pintura se había descascarillado, revelando el hormigón gris debajo.

Pero lo impresionante no era la arquitectura.

Eran los habitantes. La plaza estaba llena de gente.

Cientos de figuras. Hombres, mujeres, niños.

Algunos sentados en bancos de piedra, otros paseando, otros leyendo periódicos que se habían desintegrado hace décadas.

Todos estaban inmóviles. Todos eran grises.

Olek se acercó a la figura más cercana, un hombre con sombrero de copa que parecía estar consultando un reloj de bolsillo. El chico levantó la mano para tocarlo, pero Aleksei le agarró la muñeca con violencia. —¡No lo toques!

—Son estatuas —dijo Olek, asustado por la reacción—. Son estatuas hiperrealistas. Mirad los detalles de la ropa... los pliegues...

—No son estatuas, Olek —dijo Sofía, caminando entre las figuras con lágrimas en los ojos—. Son ellos. Son los ciudadanos de Tartaria.

Aleksei se acercó a la cara del hombre gris.

La piel no era piedra tallada. Tenía poros.

Tenía arrugas de expresión. Pero era dura como el granito, cubierta de una fina capa de polvo de sílice.

—Calcificación instantánea —dedujo Aleksei, sintiendo náuseas—.

Cuando invirtieron la frecuencia de las torres...

cuando provocaron la licuefacción del suelo...

la onda de choque no solo derritió los edificios.

Transmutó el carbono de sus cuerpos en silicio.

Se convirtieron en piedra en una fracción de segundo.

—Ni siquiera lo vieron venir —susurró Olek, iluminando a una pareja de jóvenes que se abrazaban en un banco. Sus rostros de piedra conservaban una expresión de sorpresa eterna.

De repente, Sofía se detuvo. —El grito ha parado —dijo, tensa. —¿El de tu cabeza? —preguntó Aleksei, acercándose a ella, protector. —No. El ambiente. Todo se ha callado.

Olek levantó su escopeta. —Mirad eso —señaló hacia el centro de la plaza, donde una fuente seca presidía el lugar.

Había estatuas rotas. No rotas por el tiempo. Estaban desmembradas. Había brazos de piedra y cabezas esparcidas por el suelo con violencia. Y marcas de dientes. Marcas de dientes en la piedra.

—¿Qué clase de animal come piedra? —preguntó Aleksei, retrocediendo.

Un sonido sibilante surgió de las sombras de los soportales. Scrape... scrape... scrape... Era el sonido de metal arrastrándose sobre baldosa.

—La nota... —recordó Olek, pálido—. "Lo que encerramos aquí debe morir de hambre" . No hablaban de comida. Hablaban de materia. De minerales.

De la oscuridad surgió una forma. Parecía un cangrejo, pero del tamaño de un carruaje.

Estaba hecho de piezas recicladas: engranajes oxidados, trozos de tubería y placas de blindaje abolladas.

No tenía ojos, solo sensores de calor que brillaban con una luz tenue y moribunda.

Pero lo peor era su boca. Un triturador industrial de mandíbulas giratorias diseñado para moler roca.

—Un Litófago —susurró Sofía—. Un autómata de minería autónomo. —Está modificado... —observó Olek—. Mirad sus patas. Se ha reparado a sí mismo. Con trozos de las estatuas.

La máquina giró su cuerpo torpe hacia ellos. Los sensores detectaron el calor de sus cuerpos vivos. El triturador aceleró su giro. VRRRRRR . Para una máquina que llevaba cien años comiendo piedra fría, la carne caliente debía oler a banquete.

—¡Atrás! —gritó Olek.

El cangrejo mecánico cargó. A pesar de su tamaño, se movía rápido, sus patas de metal repiqueteando como ametralladoras. —¡Dispara! —gritó Aleksei, poniéndose delante de Sofía.

Olek apretó el gatillo. La escopeta rugió. El plomo rebotó en el caparazón de la criatura como granizo. —¡Es blindaje de tungsteno! —maldijo Olek—. ¡Necesitamos algo más fuerte!

La criatura embistió un banco de piedra, pulverizando a la "pareja" petrificada. Aleksei vio una apertura. —¡A la fuente! —ordenó—. ¡El borde es alto! ¡No podrá trepar!

Corrieron hacia el centro de la plaza. Saltaron dentro de la fuente seca. El autómata chocó contra el borde de mármol. Sus patas delanteras intentaron escalar, pero resbaló. El triturador rugió a centímetros de la cara de Sofía. —¡Se está comiendo la cobertura! —gritó Olek.

Aleksei miró alrededor. Vio algo en el centro de la fuente. Una estatua de un Guardia de Tartaria, petrificado de rodillas, sosteniendo un rifle de cañón grueso con bobinas de cobre. —Olek... —llamó Aleksei—. ¿Puedes hacer funcionar eso?

Olek corrió hacia la estatua. —Lo siento, compañero —murmuró, rompiendo los dedos de piedra de la estatua para liberar el arma. Revisó el mecanismo—. ¡Es un rifle de arco voltaico! ¡Pero está seco! ¡No tiene carga!

Sofía se adelantó. Se quitó el guante. —¡Dámelo!

Aleksei intentó detenerla. —¡No, Sofía! —gritó, aterrorizado no solo por ella, sino por el secreto que llevaban—. ¡Te matará! ¡Estás demasiado débil!

Ella le miró con una determinación feroz.

—Si no lo hago, moriremos los tres. Le arrebató el rifle a Olek y agarró el cañón con ambas manos.

Cerró los ojos y gritó. Aleksei vio cómo las venas de sus brazos se iluminaban con un brillo violeta bajo la piel.

Estaba canalizando su propia energía vital —y quizás la de alguien más— hacia el arma.

Las bobinas zumbaron. Una luz azul crepitó en la punta.

—¡Ahora! —gritó ella, cayendo de rodillas.

Olek apuntó el arma cargada. El Litófago rompió el muro y abrió sus mandíbulas. Olek apretó el gatillo.

Un rayo de electricidad azul, grueso como un brazo, salió del rifle. Impactó en la boca de la máquina, atravesándola y friendo sus circuitos internos. La bestia se desplomó, humeante y muerta.

El silencio volvió. Aleksei corrió hacia Sofía, que estaba en el suelo, respirando con dificultad. La abrazó, quizás con demasiada fuerza, sintiendo su corazón desbocado. —¿Estás bien? —le susurró al oído, con un tono íntimo, desesperado.

Ella asintió contra su pecho, exhausta. —Estoy bien... los dos estamos bien. Aleksei se tensó al oír el plural, pero no dijo nada. Olek estaba demasiado ocupado examinando el rifle humeante para darse cuenta.

—Vámonos —dijo Aleksei, ayudándola a levantarse—. Antes de que vengan más.

Cruzaron la plaza dejando atrás a los muertos de piedra. Pero mientras salían hacia el Nivel 3, Aleksei no pudo evitar mirar atrás. Por un segundo, le pareció ver una sombra humana tras las columnas, observándolos. Se estremeció.

Entraron en la Sala de Turbinas. Y allí, el ruido del Goliath perforando arriba se escuchaba mucho más fuerte. La carrera final había empezado.