Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 10 El Muro de Frecuencia
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CAPÍTULO 10 El Muro de Frecuencia

Corrieron hasta que el aire en sus pulmones quemó como ácido. El túnel de mantenimiento desembocó en una sala circular, mucho más pequeña que la estación de trenes, pero infinitamente más intimidante. No había salida.

El camino terminaba frente a una pared lisa, perfecta, de un material negro y vitrificado que absorbía la luz de sus linternas sin devolver reflejo alguno. No había cerraduras. No había bisagras. No había ni una sola grieta donde meter una palanca.

—Callejón sin salida —jadeó Olek, golpeando el muro con su llave inglesa. El sonido fue sordo, cloc , como golpear un hueso macizo—. Estamos muertos. El Goliath nos alcanzará en diez minutos.

El techo de la pequeña sala tembló, soltando una lluvia fina de polvo sobre sus cabezas. El rugido de la máquina perforadora de Sergei se oía cada vez más cerca, un grrrgrrrgrrr que reverberaba en las costillas.

Sofía se acercó al muro negro. Se quitó el guante, revelando un pesado anillo de plata con un extraño sello que siempre mantenía oculto, y posó la mano desnuda sobre la superficie. No es un muro murmuró, cerrando los ojos. Es una puerta. Pero está dormida.

—Pues despiértala —urgió Olek, mirando hacia el túnel por el que habían venido, esperando ver aparecer a los soldados en cualquier momento—. Usa tu magia. Toca el timbre. Haz algo.

Sofía negó con la cabeza, frustrada. —No funciona así. La puerta de la biblioteca se abría con una llave física. Esto... esto es tecnología de la Era Alta. Requiere una contraseña.

Aleksei se acercó, ajustándose las gafas empañadas por el sudor. Iluminó los bordes del muro negro. —Mirad esto.

En el marco de piedra que rodeaba la superficie negra, había grabados. No eran letras. Eran patrones geométricos complejos: círculos concéntricos, ondas sinusoidales y puntos dispersos que parecían estrellas.

—Parece decoración —dijo Olek, impaciente.

—No —corrigió Aleksei, pasando los dedos por los surcos—. Es un lenguaje. Pero no de palabras. Es... cimática.

—¿Cimaqué? —ladró Olek mientras otro temblor sacudía la sala, más fuerte esta vez.

—Cimática. El estudio de la forma visible del sonido —Aleksei hablaba rápido, su mente de académico acelerándose, conectando los puntos que había estudiado en libros prohibidos—.

Si pones arena sobre una placa de metal y la haces vibrar con un violín, la arena forma dibujos geométricos. Cada nota crea un dibujo único.

Aleksei señaló el grabado central: una flor de ocho pétalos perfectos dentro de un hexágono. —Este dibujo... es la representación visual de una frecuencia específica. La puerta no necesita una llave. Necesita que le cantemos la nota exacta.

—Genial —dijo Olek con sarcasmo, cargando su escopeta y apuntando al túnel—. Pues espero que seas barítono, profesor, porque yo canto fatal en la ducha.

—No es una nota humana —dijo Sofía, comprendiendo—. Es una frecuencia del Éter. 432 Hercios. O quizás 528.

Aleksei sacó su cuaderno de notas y un lápiz, garabateando cálculos frenéticos sobre el papel húmedo.

—El dibujo tiene ocho nodos... la longitud de onda debe ser proporcional al arco...

—murmuró para sí mismo. Levantó la vista, iluminado por una epifanía—.

440 Hercios es la afinación moderna, la impuesta por el estándar internacional para...

"calmar" a las masas. Pero Tartaria usaba la afinación áurea. Miró a Olek. —Dame el colibrí.

—¿Qué? —Olek protegió su bolsillo—. Ni hablar. Es mi única pieza de valor.

—¡Dámelo! —gritó Aleksei—. El colibrí tiene un motor de resonancia variable. Si manipulamos el regulador de velocidad de sus alas, podemos hacer que vibre a la frecuencia que dicta este dibujo.

Olek dudó un segundo, pero el sonido de piedras cayendo en el túnel detrás de ellos le convenció. Sacó el pájaro mecánico y se lo lanzó.

Aleksei atrapó el delicado mecanismo. Sus manos, habitualmente torpes, se movieron con una precisión quirúrgica. Usó la punta de su navaja para abrir la carcasa del vientre del pájaro. —Sofía, necesito el cristal. Es la fuente de energía.

Sofía le entregó el cuarzo brillante. Aleksei lo encajó en el corazón del autómata. El pájaro zumbó, cobrando vida. —Olek, tú tienes el oído mecánico —dijo Aleksei, girando un tornillo diminuto en el cuello del pájaro—. Dime cuándo el zumbido se vuelva "limpio". Sin distorsión.

Olek se acercó, pegando la oreja al pájaro. —Ahora suena como un mosquito cabreado... bájale... bájale más... —Olek frunció el ceño, concentrado, ignorando el techo que se resquebrajaba—. Ahí. Espera. Súbele un pelo. ¡Ahí!

El zumbido del colibrí cambió. Dejó de ser un ruido mecánico y se convirtió en un tono puro, cristalino, casi hipnótico. Fiiiiiimmm .

Aleksei sostuvo el pájaro frente al centro del muro negro, justo sobre el grabado de la flor de ocho pétalos. —¡Cubríos los oídos!

El pájaro aleteó. La vibración del sonido golpeó el material negro. Durante tres segundos, no pasó nada. Luego, el muro empezó a ondularse.

La superficie sólida se volvió líquida, como mercurio negro agitado por el viento.

Las ondas se expandieron desde el centro hacia los bordes, replicando perfectamente el dibujo geométrico grabado en la piedra.

La materia sólida perdió su cohesión. El muro simplemente...

se disolvió en una niebla de partículas oscuras que flotaban en el aire, dejando el paso libre.

—Por las barbas del profeta... —susurró Olek.

—¡Dentro! ¡Rápido! —ordenó Aleksei, empujando a Sofía hacia la abertura.

Cruzaron el umbral. Al otro lado, el aire era diferente.

Frío, seco, estéril. Olía a ozono puro, no al aire viciado del alcantarillado.

Aleksei se giró justo a tiempo para ver cómo, al dejar de recibir la frecuencia del colibrí, las partículas negras volvían a unirse.

La niebla se solidificó en un instante, cerrando el muro de nuevo con un chasquido sónico.

¡BUM!

Justo cuando el muro se cerró, una explosión de escombros llenó la sala circular al otro lado. El taladro del Goliath acababa de romper el techo de la sala donde estaban hace diez segundos. Si hubieran tardado un minuto más, estarían aplastados.

Aleksei se dejó caer al suelo, exhausto, guardando el colibrí en su bolsillo. —Lo hemos conseguido... —jadeó.

Sofía se levantó y alzó su linterna para ver dónde estaban.

La luz reveló un pasillo interminable de metal blanco, inmaculado, iluminado por tiras de luz en el suelo que se encendían automáticamente al detectar su presencia.

No había polvo. No había ratas. Estaban en el Nivel 2. El Complejo Industrial.

Pero no estaban solos. Frente a ellos, en el suelo del pasillo impoluto, había algo que rompió la sensación de triunfo. Un esqueleto. Llevaba un uniforme militar antiguo, de hace cien años. Y en su mano huesuda, aferraba un trozo de papel.

Olek se acercó y lo cogió. —¿Qué dice? —preguntó Sofía.

Olek leyó la nota, y su rostro se ensombreció. —Dice: "No abráis la puerta. Lo que encerramos aquí abajo debe morir de hambre."

Aleksei miró el pasillo blanco que se extendía hacia la oscuridad. El silencio era absoluto. —Creo que acabamos de entrar en la jaula —dijo.