Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 9 El vientre de la bestia
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CAPÍTULO 9 El vientre de la bestia

El sonido de la reja al cerrarse fue definitivo, como la tapa de un ataúd de piedra.

La oscuridad al otro lado no era negra; era física. Pesaba sobre los hombros. Aleksei encendió la lámpara de carburo que Olek le había pasado, y el haz de luz blanca cortó la tiniebla, revelando un túnel que no debería existir.

No estaban en una alcantarilla. Al menos, no en una normal.

El suelo bajo sus botas no era de ladrillo húmedo, sino de losas hexagonales de un material cerámico gris, perfecto y sin juntas, que repelía la suciedad.

Las paredes se curvaban suavemente hacia un techo abovedado a diez metros de altura, donde colgaban racimos de cables gruesos como pitones, cubiertos de un musgo bioluminiscente que emitía un resplandor verdoso y enfermo.

Sofía avanzó, la luz de su propia lámpara barriendo las paredes.

Se detuvo ante un panel de control incrustado en el muro.

Estaba corroído, pero aún se podían leer los indicadores analógicos.

Las agujas estaban muertas, congeladas en cero.

—Está inactivo —murmuró ella, pasando el dedo enguantado por el cristal sucio—.

Pero la red sigue intacta. Siento la vibración en las suelas de las botas.

—No toques nada que no sea necesario, princesa —advirtió Olek, caminando delante con la escopeta de bengalas (ahora inútil) colgada a la espalda y una llave inglesa enorme en la mano—. Aquí abajo hay sistemas de defensa automáticos que llevan cien años aburridos y con ganas de matar a alguien.

Avanzaron. El aire dentro de las máscaras sabía a caucho y a miedo rancio, pero Aleksei agradeció llevarla. A través de las grietas del suelo subían vapores amarillentos que, al contacto con la luz de las lámparas, brillaban como polvo de oro suspendido. Éter degradado. Veneno puro.

Caminaron durante lo que parecieron horas, aunque sus relojes apenas marcaron veinte minutos.

El túnel descendía en una espiral suave pero constante.

A medida que bajaban, la arquitectura cambiaba.

Los ladrillos rojos de la era zarista desaparecían, reemplazados por columnas de mármol blanco, ahora manchadas y rotas, que sostenían el peso de la ciudad de arriba.

De repente, el túnel se abrió. Llegaron a una caverna inmensa, un espacio tan grande que las linternas no alcanzaban a iluminar el techo. Aleksei se detuvo en seco, boquiabierto tras el cristal de su máscara.

Estaban en una estación. Frente a ellos, en el borde de un abismo insondable, descansaba un tren. O lo que quedaba de él. No tenía ruedas, sino patines de levitación magnética. Era una bala de plata oxidada, descarrilada hace un siglo, colgando precariamente sobre el vacío.

—La Línea Interurbana —susurró Sofía, consultando el mapa iluminado por su linterna—. Conectaba San Petersburgo con Moscú por el subsuelo en dos horas. Mi abuelo me habló de ella.

—Ahora es chatarra —dijo Olek, sin sentimentalismos, pateando una lata de conservas vacía—. Tenemos que cruzar al otro lado. La entrada al Nivel 2 está en la plataforma de mantenimiento, detrás de ese tren.

—¿Cruzar? —preguntó Aleksei, iluminando el abismo. No había puente. Solo unas vigas de acero retorcido que unían ambos lados de la falla, restos de un derrumbe antiguo—. ¿Por ahí?

—A menos que tengas alas escondidas bajo esa levita, académico, sí. Por ahí.

Olek fue el primero. Se movía sobre la viga de acero con una falta de respeto total por la gravedad, manteniendo el equilibrio con los brazos extendidos.

Sofía lo siguió, más lenta, pero con paso firme.

Aleksei tragó saliva. Miró abajo. La oscuridad del abismo parecía devolverle la mirada. Si caía ahí, no dejaría de caer nunca.

—No mires abajo —le gritó Sofía desde la mitad del recorrido—. Mira mis botas. Solo mis botas.

Aleksei puso un pie en la viga. El metal estaba resbaladizo por la humedad. Dio un paso. El viento que subía del abismo aullaba, tirando de su abrigo. Paso a paso. Sudando frío dentro de la máscara. Cuando estaba a mitad de camino, la viga crujió. Un sonido agudo, de metal fatigado.

—¡Quieto! —gritó Olek desde el otro lado.

Aleksei se congeló. La viga vibró bajo sus pies. Pero no era por su peso. La vibración venía de las paredes de la caverna. Pequeñas piedras empezaron a caer del techo invisible, repiqueteando contra el casco del tren descarrilado como granizo.

BUM... BUM... BUM...

Era un latido rítmico, profundo, que se sentía en el estómago más que en los oídos. —¿Qué es eso? —preguntó Aleksei, con la voz estrangulada por el pánico.

Olek se quitó la máscara un segundo, arriesgándose a respirar el aire viciado para escuchar mejor. Sus ojos se abrieron con terror. —Taladros... —susurró el chico—. Son taladros de percusión. Enormes.

—El Goliath —comprendió Sofía, pálida—. Han activado el asedio. Están perforando justo encima de nosotros.

El techo de la caverna, a cincuenta metros de altura, empezó a agrietarse. Un bloque de piedra del tamaño de un coche se desprendería en cualquier momento. —¡Corre, Aleksei! —gritó Sofía, tendiéndole la mano desde la plataforma segura.

Aleksei olvidó el vértigo. Olvidó la prudencia. Corrió sobre la viga húmeda mientras el mundo a su alrededor empezaba a temblar. Justo cuando saltó hacia la mano de Sofía, una estalactita gigante se desprendió del techo, cayendo como una lanza de Dios.

Impactó contra la viga de acero segundos después de que los pies de Aleksei la abandonaran. El estruendo fue ensordecedor. La viga se dobló y cayó al abismo, llevándose consigo la mitad del tren descarrilado en una cascada de chispas y metal chirriante.

Aleksei aterrizó de bruces sobre la plataforma de hormigón, con Sofía tirando de él hacia la seguridad del túnel de mantenimiento. Se quedaron allí, jadeando, mientras la caverna se llenaba de polvo y ecos de destrucción.

—Están locos... —dijo Aleksei entre toses, limpiándose el polvo de la máscara—. Van a derrumbar la ciudad entera para matarnos.

—No —dijo Olek, mirando hacia el techo donde las grietas se expandían—. No quieren matarnos. Quieren adelantarnos. Están abriendo un atajo directo hacia abajo.

El chico se giró y alumbró un pasillo estrecho lleno de tuberías siseantes. —Se acabó el ir con cuidado. Ahora es una carrera. Si ellos llegan al núcleo antes que nosotros con esa máquina, no habrá nada que salvar. ¡Moveos!

Echaron a correr hacia la oscuridad del Nivel 2, mientras a sus espaldas, el rugido del Goliath se hacía más fuerte, acercándose como una tormenta de acero que devoraba la tierra.