Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 8 La Orden del Silencio
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CAPÍTULO 8 La Orden del Silencio

El muelle del Distrito de la Pólvora parecía una herida abierta bajo la lluvia. Los focos de arco voltaico, montados sobre camiones militares blindados, cortaban la noche con haces de luz blanca y dura, iluminando el agua negra donde flotaban los restos humeantes del autómata dragador.

Sergei escupió al suelo. La mezcla de tabaco y saliva aterrizó cerca de la bota de charol inmaculada de Mijail.

—Bonito desastre, bibliotecario —dijo Sergei. Su voz era grave, sin matices, como el sonido de una piedra arrastrada por la grava—. Le dije que enviara hombres, no juguetes a cuerda.

Mijail no se inmutó. Seguía mirando el agua, con las manos cruzadas a la espalda. La lluvia resbalaba por su abrigo de cuero gris sin parecer mojarlo. —El autómata era un modelo de infiltración silenciosa, Teniente Sergei. Su misión era seguirlos, no iniciar una batalla naval en medio de la ciudad.

—Pues ahora tenemos un montón de chatarra ardiendo y a los objetivos bajo tierra —intervino Müller, acercándose desde la carpa de mando improvisada.

Müller era el contraste perfecto de Sergei.

Donde Sergei era oscuro, mal afeitado y brutal, Müller era rubio, de uniforme impecable y mirada preocupada.

Eran la mano izquierda y la derecha del diablo; amigos desde la academia militar, hermanos de sangre en guerras que el Imperio negaba haber librado.

—Han entrado por la Puerta de los Olvidados —informó Müller, desplegando un plano sobre el capó de un vehículo—. Los sensores sísmicos registraron la apertura de la esclusa hace veinte minutos. Han sellado la entrada desde dentro. Estamos fuera.

Sergei soltó una risa seca y sacó un cigarrillo, protegiéndolo de la lluvia con la mano ahuecada. —No estamos fuera, hermano. Solo estamos esperando a que traigan el abrelatas.

De repente, el aire cambió. No fue un sonido, sino una presión. Los soldados rasos que patrullaban el perímetro se cuadraron instantáneamente, con el terror visible en sus ojos. El ruido de la lluvia pareció amortiguarse.

Un carruaje negro, sin caballos, impulsado por un motor silencioso de vapor, se deslizó entre los camiones militares. No tenía ventanas. En la puerta, grabado en plata, no estaba el águila bicéfala del Zar, sino una pirámide con un ojo abierto en la cúspide.

La puerta se abrió. Bajó una figura envuelta en una túnica púrpura oscura con capucha. No se le veía el rostro. Llevaba una máscara veneciana de porcelana blanca, inexpresiva, con detalles dorados en los labios. Era uno de los Siete. Los verdaderos dueños de San Petersburgo.

Mijail hizo una reverencia profunda. Sergei y Müller se cuadraron, aunque Sergei tardó un segundo más de lo reglamentario, un gesto de rebeldía suicida que solo él se atrevía a mostrar.

—Informe —dijo la Máscara. La voz era extraña, metálica. No salía de una garganta humana, sino de un pequeño amplificador de fonógrafo integrado en la porcelana.

—Objetivos localizados en el Nivel 1 —dijo Mijail, con voz temblorosa—. Han accedido a la red de alcantarillado antigua. Llevan el mapa y... posiblemente un activador de frecuencia.

La Máscara giró su rostro inexpresivo hacia el canal. —Han profanado el Silencio. Si llegan al Nivel 3, si encuentran la Sala de Máquinas antes del solsticio... todo lo que hemos construido en este siglo se derrumbará.

El enviado del Grupo de los 7 se volvió hacia los dos oficiales. —Teniente Müller. Capitán Sergei. El plan de contención queda anulado. Iniciamos el Protocolo Tierra Quemada.

Müller palideció. —¿Tierra Quemada, excelencia? Eso implica... destrucción estructural. Hay cimientos de edificios civiles encima de esos túneles. Podría haber colapsos en la superficie. Morirá gente inocente.

—La inocencia es un lujo que no nos podemos permitir —respondió la voz metálica—. Tienen orden de desplegar al Goliath.

Sergei dejó caer el cigarrillo al barro y lo pisó con fuerza. Sus ojos brillaron con una mezcla de anticipación y crueldad. —Ya era hora.

—Pero señor... —intentó protestar Müller—. El Goliath es inestable. Si perforamos con esa potencia cerca de las vetas de gas del subsuelo...

La Máscara avanzó hasta quedar a un palmo de la cara de Müller.

Los ojos negros tras la porcelana parecían pozos sin fondo.

—Si fallan, Teniente, no se preocupe por el gas.

Preocúpese por lo que le haré a su familia.

Tienen 24 horas. Quiero la cabeza del cartógrafo, la sangre de la chica Vasilyev y el mapa.

La figura volvió al carruaje. La puerta se cerró y el vehículo desapareció en la noche tan silenciosamente como había llegado.

Müller se quedó temblando, con los puños apretados. Sergei le puso una mano en el hombro, un gesto raro de afecto. —Tranquilo, hermano. No dejaremos que pase nada. Haremos el trabajo sucio, como siempre.

—Esto es una locura, Sergei —susurró Müller—. Vamos a derribar media ciudad para cazar a tres ratas.

—No son ratas —corrigió Sergei, mirando hacia el enorme remolque cubierto con lona que un camión pesado estaba maniobrando hacia la orilla—. Son el detonante. Y nosotros somos la bomba.

Sergei hizo una señal a los ingenieros. —¡Quitad la lona! ¡Despertad a la bestia!

Los soldados tiraron de las cuerdas. La lona pesada cayó al suelo, revelando al Goliath.

Era una monstruosidad de la ingeniería bélica.

Un tanque de perforación de tres metros de alto, pero en lugar de cañón, tenía un taladro cónico de diamante negro rodeado de anillos de resonancia sónica.

Parecía un insecto gigante acorazado, diseñado para nadar en la tierra como un pez en el agua.

El motor del Goliath arrancó con un rugido que hizo temblar los cristales de las fábricas cercanas. El taladro comenzó a girar, emitiendo un zumbido agudo que dolía en los oídos.

Sergei sonrió, una sonrisa de lobo hambriento. —Müller, sube a la cabina. Tú conduces. Yo me encargo de las armas. —¿Y si encontramos resistencia? —preguntó Müller, subiendo por la escalerilla de metal.

Sergei cargó su escopeta de repetición, un arma modificada ilegalmente para disparar postas explosivas. —Espero que la encontremos.

El Goliath avanzó hacia la rampa de acceso al subsuelo, sus orugas triturando el pavimento.

La caza había dejado de ser una persecución policial.

Ahora era una guerra. Y bajo sus pies, a cientos de metros de profundidad, Aleksei, Sofía y Olek no tenían ni idea de que el techo estaba a punto de caérseles encima.