Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 7 El Leviatán de los canales
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CAPÍTULO 7 El Leviatán de los canales

El Canal Griboyedov era una arteria negra que palpitaba bajo la piel de la ciudad. El agua, espesa por el aceite y los vertidos químicos de las fábricas textiles, no chapoteaba contra el casco de la barcaza; se arrastraba, silenciosa y viscosa.

Olek mantenía el motor al mínimo de revoluciones.

El viejo propulsor de gasolina, robado probablemente de un tractor agrícola, tosía con un ritmo asmático: pofpofpof .

—¿Cuánto falta? —preguntó Aleksei, aferrándose a la borda oxidada.

El frío le mordía la cara, pero sus manos sudaban dentro de los guantes de cuero.

—Deja de preguntar —masculló Olek, ajustando una válvula con sus dientes—. Estamos cruzando el Distrito de la Pólvora. Si el motor hace un ruido fuerte aquí, los guardias del arsenal nos meterán un cañonazo antes de preguntar quiénes somos.

Sofía, sentada en la proa como un mascarón vigilante, levantó una mano. —Silencio.

El motor carraspeó y Olek lo dejó en punto muerto. La barcaza se deslizó por inercia bajo el arco de piedra del Puente del Banco. El eco de su paso resonó húmedo y hueco. —¿Guardias? —susurró Aleksei.

—No —dijo Sofía, inclinándose sobre el agua negra—. Algo ha dejado de sonar. Tenía razón. Los grillos, el ladrido lejano de los perros callejeros, el zumbido de la ciudad... todo se había callado de golpe. Solo quedaba el sonido del agua lamiendo los ladrillos cubiertos de musgo.

Clang.

El sonido vino del casco. Fue un golpe metálico, seco, como si alguien hubiera martilleado el fondo del barco desde abajo. Aleksei dio un salto. —¿Hemos tocado fondo?

Olek palideció bajo la capa de hollín de su cara. —Imposible. Aquí hay cinco metros de profundidad. El chico se quitó las gafas de soldador y miró el agua. Unas burbujas grandes, aceitosas y perezosas, subían a la superficie alrededor de la barcaza, reventando con un olor podrido a pantano y óxido.

—Olek, enciende el motor —ordenó Sofía. Su voz era tranquila, pero Aleksei notó cómo desenfundaba una pequeña daga que llevaba oculta en la bota.

—Está ahogado, necesito cebarlo... —¡Enciéndelo ahora! —gritó ella.

¡CRAAAAAACK!

La barcaza se sacudió violentamente hacia estribor, lanzando a Aleksei contra las cajas de suministros. La madera del casco gimió, astillándose bajo una presión brutal. Algo enorme emergió del agua a tres metros de ellos.

No era un animal. Aleksei, desde el suelo de la barca, vio una aleta dorsal, pero no era de carne y hueso.

Era de chapa de cobre remachada, mellada por el tiempo, cortando la niebla.

Tras ella, un lomo largo y segmentado como el de un ciempiés blindado se arqueó sobre la superficie antes de volver a sumergirse con un chapoteo pesado que inundó la cubierta.

—¡Mierda! —gritó Olek, tirando de la cuerda de arranque del motor con desesperación—. ¡Es un Dragador! ¡Un autómata de limpieza!

—¡Esas cosas recogen basura del fondo! —replicó Aleksei, intentando ponerse en pie mientras el barco se balanceaba—. ¡No atacan barcos!

—¡Ese no está limpiando, nos está cazando! —bramó Olek. El motor rugió por fin, escupiendo una nube de humo negro.

Olek viró el timón con violencia. La barcaza derrapó sobre el agua, ganando velocidad. Pero la cosa era más rápida. Aleksei vio una estela de espuma blanca acercándose por la izquierda como un torpedo. —¡Gira! ¡Gira a la derecha!

El impacto fue demoledor. El autómata embistió el costado de babor. Unas mandíbulas de acero hidráulico, diseñadas para triturar escombros y troncos, mordieron la madera podrida de la borda, arrancando un trozo del tamaño de una puerta. El agua helada entró a borbotones.

—¡Nos hundimos! —gritó Sofía, tratando de mantener el equilibrio.

—¡Achica el agua! —le ordenó Olek a Aleksei, señalando un cubo oxidado—. ¡Yo intentaré llevarlo a la orilla!

Aleksei agarró el cubo, pero se detuvo. El "Leviátán" había vuelto a sumergirse, pero esta vez no para coger impulso.

Surgió justo frente a ellos, bloqueando el canal.

Ahora Aleksei pudo verlo bien bajo la luz mortecina de una farola lejana.

Tenía la forma de una anguila grotesca de cinco metros de largo.

Su "cabeza" era una esfera de cristal blindado donde giraban engranajes y brillaba una luz roja, malévola y cíclope.

La máquina emitió un chillido agudo —metal rozando contra metal— y levantó la parte delantera de su cuerpo fuera del agua. Iba a caer sobre ellos para partirlos por la mitad.

—¡La escopeta! gritó Olek, sin soltar el timón. ¡Aleksei, la escopeta de bengalas! Aleksei buscó frenéticamente en el saco de los suministros. Sus dedos tocaron el metal frío del arma de señales. La sacó. Era larga, pesada, tosca y de un solo tiro. ¡Nunca he disparado una!

—¡No hay que ser un genio! —gritó Sofía, cubriéndose la cara ante el inminente impacto—. ¡Apunta a la luz roja!

El autómata se dejó caer. La masa de metal descendió sobre ellos como un martillo. Aleksei levantó el brazo. El miedo desapareció, reemplazado por un instinto primario de supervivencia. No pensó. Solo apretó el gatillo.

¡FUUUUUUM!

El retroceso casi le disloca la muñeca. Una esfera de magnesio ardiente salió disparada con un silbido ensordecedor. El tiro fue malo. No dio en el ojo. Pero dio en las mandíbulas abiertas.

La bengala se coló dentro de la maquinaria del autómata, alojándose entre los pistones de la garganta.

El magnesio arde incluso bajo el agua, pero allí, encajado en la grasa vieja y los engranajes, provocó el caos.

La criatura mecánica se convulsionó. Un humo blanco y denso empezó a salir de sus juntas.

El chillido se convirtió en un chirrido agónico.

El autómata cayó al agua, fallando la barcaza por centímetros, pero la ola que provocó casi los vuelca.

Se retorció en la superficie, golpeando los muros del canal con su cola blindada, ciego y furioso, mientras la luz de la bengala iluminaba sus entrañas desde dentro como una linterna de Halloween.

—¡Ahora, Olek! ¡Sácanos de aquí! —rugió Aleksei, sorprendido por la fuerza de su propia voz.

Olek no necesitó que se lo dijeran dos veces. Aceleró a fondo. El motor gimió, al límite de su resistencia. La barcaza pasó junto al monstruo que se debatía, rozando sus escamas de metal caliente, y se lanzó hacia la oscuridad del túnel siguiente.

Durante cinco minutos, nadie habló. Solo se oía el motor y la respiración agitada de los tres.

Aleksei se miró las manos. Temblaban violentamente, pero seguía vivo.

Sofía se acercó a él, apartando el agua del banco con la mano antes de sentarse.

Le quitó la pistola humeante de las manos con suavidad.

—Buen tiro, académico —dijo. Había una nota nueva en su voz. Respeto.

—Ha sido suerte —murmuró él, ajustándose las gafas torcidas.

—La suerte es una habilidad como cualquier otra —dijo Olek desde el timón, aunque su voz sonaba menos arrogante de lo habitual—. Pero no cantéis victoria. Esa cosa tiene un transmisor. Si Mijail lo envió, ya sabe dónde estamos.

La barcaza giró en un recodo y el canal se estrechó. Las paredes de ladrillo rojo se alzaron a ambos lados, altísimas, llenas de tuberías que goteaban líquidos de colores extraños. El olor a pólvora y azufre se hizo insoportable.

—Bienvenidos al Distrito de la Pólvora —anunció Olek, apagando el motor y dejando que la barca se deslizara hacia un hueco negro en la pared del canal, apenas visible tras una cortina de algas podridas—. Fin del trayecto turístico.

La proa chocó suavemente contra un saliente de piedra resbaladiza. Estaban frente a una reja de hierro macizo, medio sumergida, cubierta de óxido y lodo. Parecía imposible de abrir. Parecía que nadie había estado allí en cien años.

—¿Es aquí? —preguntó Aleksei, mirando la oscuridad tras los barrotes con aprensión.

Sofía se puso de pie, sacó el mapa del tubo y miró la estructura de la reja. Luego, señaló un pequeño grabado en la piedra clave del arco, casi borrado por el musgo. Una espiral doble.

—Sí —dijo ella, y el cansancio pareció abandonar su cuerpo—. Es la Puerta de los Olvidados.

Olek saltó a la orilla con las máscaras de gas en la mano y les lanzó una a cada uno. —Poneos esto. Si creíais que el canal olía mal, esperad a oler el aire de ahí dentro. Dicen que es aire viciado de hace un siglo.

Aleksei se colocó la máscara. El caucho se pegó a su piel húmeda. A través de los cristales tintados, el mundo se volvió de color ámbar. Escuchó su propia respiración, ruidosa y claustrofóbica. Vio a Sofía hacer lo mismo. Parecían insectos, monstruos de una nueva era.

Olek sacó sus herramientas y se acercó a la cerradura de la reja. —Espero que os gusten las ratas —dijo el chico, su voz distorsionada por la máscara—. Porque vamos a entrar en su reino.

Detrás de ellos, a lo lejos, en la boca del túnel por donde habían venido, se oyó un eco lejano. Voces. Luces de linternas barriendo las paredes. La Guardia Imperial. O quizás algo peor: los "Lobos" de Sergei.

—Date prisa, Olek —instó Aleksei, empuñando la pistola de bengalas vacía como si fuera un garrote.

—Ya está... —Olek giró un mecanismo oculto.

La reja se abrió con un gemido tectónico. Entraron en la oscuridad, y la reja se cerró tras ellos justo cuando el primer haz de luz de los perseguidores tocaba el agua del embarcadero. Habían desaparecido de la superficie de la tierra. El descenso había comenzado.