CAPÍTULO 6 La Isla de los Ahorcados
La barcaza cortaba el agua negra del canal Griboyedov como un cuchillo oxidado abriendo una herida infectada. No había luna. El cielo de San Petersburgo era una losa de nubes bajas que reflejaba el resplandor anaranjado y enfermo de las fundiciones del distrito industrial.
Aleksei se subió el cuello del abrigo de cuero que Sofía le había dado. Olía a grasa de motor y a sudor antiguo, pero era un escudo necesario. Bajo ese disfraz, su corazón de académico latía con una arritmia provocada por el miedo puro.
—Deja de tocarte el cuello —susurró Olek, que manejaba el timón de la pequeña embarcación con una pericia inquietante para su edad—. Los ricos se tocan el cuello cuando están nerviosos. Los pobres escupen. Si quieres sobrevivir esta noche, académico, empieza a escupir.
Sofía, sentada en la proa, se giró. La transformación en ella era aún más perturbadora.
Se había recogido el pelo rubio bajo una gorra de lana basta y se había tiznado los pómulos con ceniza.
Ya no parecía la hija de un conde; parecía una viuda de la fábrica textil, una de esas mujeres con la mirada dura que hacían cola por pan rancio al amanecer.
—Estamos llegando —anunció ella, señalando una bruma densa que se levantaba frente a ellos.
La Isla de los Ahorcados no aparecía en los mapas oficiales del Zar. Era un islote de tierra muerta en el delta del Neva, un laberinto de almacenes abandonados y muelles podridos donde la ley imperial no se atrevía a entrar sin un regimiento de artillería.
El olor les golpeó primero. Una mezcla nauseabunda de pescado podrido, opio quemado y azufre. Olek apagó el motor de la barcaza y dejó que la inercia los llevara hacia un muelle de madera que gemía bajo el vaivén de la marea.
—Regla número uno —dijo el chico, atando el cabo a un noray cubierto de moho—. Nadie da su nombre real. Tú eres "El Mudo". —Señaló a Aleksei—. Tú eres "La Gata". —Señaló a Sofía—. Y yo soy Olek. Porque aquí, mi nombre ya significa que no deben meterse conmigo si no quieren perder un dedo.
Desembarcaron. El suelo era un fango pegajoso que intentaba robarles las botas a cada paso. El Mercado Negro no estaba al aire libre. Estaba dentro del esqueleto de una antigua fundición de cañones, una catedral de ladrillo rojo y vigas de acero retorcidas.
Al cruzar el umbral, Aleksei sintió que entraba en otro mundo.
El lugar estaba abarrotado. Cientos de figuras se movían entre puestos improvisados con cajas de munición y barriles de petróleo.
La iluminación provenía de lámparas de carburo que siseaban y proyectaban sombras largas y deformes contra las paredes.
Aquí no se vendían verduras. En el primer puesto, un hombre con un brazo mecánico de latón y madera vendía prótesis usadas.
En el siguiente, una anciana sin dientes ofrecía frascos de láudano y "polvo de hada" (cocaína mezclada con pólvora).
Más allá, se subastaban rifles franceses robados y pasaportes falsos.
Pero lo que heló la sangre de Aleksei fue ver la tecnología. Entre la basura, vio cosas que la Academia de Ciencias negaba que existieran. Un giroscopio antigravedad que mantenía una roca flotando a dos palmos de la mesa. Una bobina que encendía una bombilla sin cables.
—No mires —siseó Sofía, agarrándole del brazo con fuerza—. Si te ven fascinado, sabrán que no eres de aquí. Aquí la maravilla es mercancía, no milagro.
Olek se movía entre la multitud como una anguila, esquivando a borrachos y matones. —Vadim está al fondo. En la Caldera.
Llegaron a una zona acordonada con cadenas oxidadas. Dos gorilas con cicatrices de duelo en la cara bloqueaban el paso. —El viejo Vadim no recibe visitas —gruñó uno de ellos, escupiendo un chorro de tabaco negro a los pies de Aleksei.
Olek ni siquiera parpadeó. Metió la mano en su bolsillo y sacó una pieza pequeña.
Un engranaje de reloj. Pero no uno normal.
Brillaba con una luz azul tenue. Se lo lanzó al guardia.
El hombre lo atrapó en el aire, lo miró y sus ojos se abrieron con codicia.
—Dile que el Relojero de Tejados le trae un motor de fase —dijo Olek con una sonrisa afilada.
Las cadenas se abrieron.
La "Caldera" era exactamente eso: el interior del antiguo horno principal de la fundición.
Hacía un calor asfixiante. En el centro, sentado en un trono hecho de tubos de escape y cuero, estaba Vadim.
Era un hombre inmenso, calvo, con la piel brillante de sudor y grasa.
Pero lo más aterrador no era su tamaño, sino sus ojos.
Llevaba unas gafas de aumento quirúrgico incrustadas directamente en la cuenca de los ojos, sujetas con correas de cuero tensas alrededor de su cráneo.
—Pequeño Olek... —su voz sonaba como grava triturada—. Hace mucho que no bajas al fango. ¿Te has cansado de jugar con las palomas?
—Vengo a hacer negocios, Vadim —dijo Olek, plantándose frente al gigante con una valentía que Aleksei envidió.
Vadim se inclinó hacia delante. Las lentes de sus ojos giraron con un clic, enfocando a los dos acompañantes. —Traes invitados. Huelen a dinero. Y a miedo.
—Son socios —mintió Olek—. Buscamos respiradores. Modelo 7. Núcleo de ámbar.
El silencio que siguió fue absoluto. Los otros mercenarios de la sala dejaron de hablar. Vadim soltó una carcajada seca. —¿Respiradores de Éter? ¿Para qué quieren un par de turistas bajar a la Zona Muerta? Eso es suicidio, Olek. O traición.
—Lo que hagamos con ellos es problema nuestro —intervino Sofía. Su voz salió grave, rasposa. Había adoptado el acento de los barrios bajos a la perfección—. Tú vendes. Nosotros compramos. ¿Tienes el material o estamos perdiendo el tiempo con un aficionado?
Vadim dejó de reír. Se levantó despacio. Medía más de dos metros. Caminó hacia Sofía hasta que su sombra la cubrió por completo. Aleksei dio un paso adelante, la mano buscando instintivamente un arma que no tenía, pero Olek le frenó con un gesto.
—Tienes agallas, "Gata" —dijo Vadim, admirando la insolencia de Sofía—. Tengo los respiradores. Los recuperé del cadáver de un minero la semana pasada. Pero no quiero dinero.
—¿Qué quieres? —preguntó ella, sin retroceder un milímetro.
Vadim señaló el tubo de cuero que Sofía llevaba cruzado a la espalda. El mapa. —Quiero saber dónde está la entrada que vais a usar.
Aleksei sintió un sudor frío. Si le daban esa información, Vadim la vendería a la Okhrana en menos de una hora.
—No —dijo Aleksei. Fue la primera vez que habló.
Su voz tembló, pero se obligó a sostener la mirada amplificada del gigante—.
El trato es por tecnología. Olek tiene algo mejor que un mapa.
Olek dio un paso al frente y sacó el colibrí mecánico de su zurrón. —Está roto —dijo Vadim con desdén.
—No está roto —corrigió Olek—. Está dormido.
El chico sacó el pequeño cristal de cuarzo que habían usado en la mansión.
Lo acercó al pecho del pájaro de metal. Zzzzzzt.
El colibrí cobró vida con un zumbido eléctrico.
Sus alas de metal batieron tan rápido que se volvieron invisibles.
El pájaro se soltó de la mano de Olek y quedó suspendido en el aire, flotando frente a la cara de Vadim, brillando con luz violeta.
— Un motor de movimiento perpetuo... — susurró Vadim, hipnotizado. Sus manos grandes temblaron al intentar tocarlo—. Creí que se habían perdido todos en el 97.
— Ni lo sueñes — dijo Olek, atrapando el pájaro al vuelo antes de que Vadim pudiera tocarlo y guardándolo rápidamente en el zurrón junto al cristal—. Esto solo era para demostrarte que no somos turistas.
El chico metió la mano en su bolsa y sacó dos piezas cilíndricas de cristal y cobre intactas.
— Pero te cambio estas dos válvulas de vacío originales de la red Tesla. A cambio de tres máscaras, tres tanques de oxígeno comprimido y... Olek miró a Aleksei— una pesada escopeta de bengalas.
Vadim miró el pájaro, luego a Olek. La codicia luchaba con la sospecha en su rostro deforme. Finalmente, la codicia ganó. —Trato hecho.
Hizo una señal a sus hombres. Uno de ellos trajo una caja de madera podrida. Dentro, envueltas en trapos aceitosos, estaban las máscaras. Parecían calaveras de insectos gigantes, con lentes de vidrio grueso y un filtro naranja en la boca.
—Comprobadlas —ordenó Aleksei, intentando sonar profesional.
Olek inspeccionó las válvulas. Asintió. —Están limpias.
El intercambio se hizo rápido. Olek entregó el milagro mecánico. Vadim entregó las llaves para sobrevivir al infierno.
—Largo de aquí —gruñó el chatarrero, sentándose de nuevo para examinar su nuevo juguete—. Y un consejo, Olek... Si bajáis a las Profundidades, no os preocupéis por el aire. Preocupaos por lo que vive en la oscuridad. He oído cosas. Los túneles ya no están vacíos.
Salieron de la Caldera con el corazón en la boca. Cruzaron de nuevo el mercado, sintiendo cientos de ojos clavados en sus espaldas. Al llegar al muelle, la tensión estalló.
—¡Maldita sea! —exclamó Olek mientras desataba la barcaza—. ¿Habéis visto eso? Ese pájaro valía más que toda su miserable vida.
—Nos ha salvado la vida, Olek —dijo Sofía, guardando las máscaras en su bolsa—. Y nos ha dado esto.
—Vámonos —urgió Aleksei, mirando hacia las sombras del mercado. Tenía la sensación de que alguien les observaba. No los ladrones. Alguien más peligroso.
Apenas el motor de la barcaza rugió y se alejaron del muelle, una figura emergió de entre las cajas del puerto. Llevaba un abrigo largo gris y gafas doradas. Mijail.
El bibliotecario del Zar observó cómo la pequeña embarcación desaparecía en la niebla. No hizo ningún movimiento para detenerlos; no hacía falta. Simplemente sacó una libreta, anotó una hora y miró hacia el agua negra del canal.
—Llevadnos hacia ellos —susurró a la oscuridad.
El agua se agitó. Una estela de burbujas aceitosas rompió la superficie. Algo grande, metálico y vivo, se deslizó bajo el agua negra, siguiendo el rastro de la barcaza en silencio.