Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 5 La ciudad de cristal y humo
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CAPÍTULO 5 La ciudad de cristal y humo

El silencio en el estudio era absoluto, solo roto por el siseo de la lluvia contra los cristales y la respiración entrecortada de los presentes. Olek seguía sosteniendo el cuarzo brillante, mirándolo como si fuera un insecto venenoso que acabara de picarle.

—Ponlo en la ranura, muchacho —ordenó el Conde Grigori, señalando un hueco hexagonal en el borde de la mesa de la maqueta—. Deja que la piedra recuerde.

Olek dudó un segundo, sus ojos saltando de Aleksei a Sofía. Finalmente, se encogió de hombros con esa temeridad propia de quien no tiene nada que perder, y encajó el cristal en el hueco.

No hubo chispas. No hubo explosión. Hubo un suspiro.

La mesa de caoba emitió un zumbido grave que hizo vibrar los dientes de Aleksei. De repente, unas pequeñas compuertas de latón se abrieron alrededor de la maqueta de la ciudad y un vapor denso, blanco y frío, comenzó a fluir, cubriendo la superficie como una niebla baja.

—Apaga las lámparas —susurró Sofía.

Aleksei obedeció, girando las llaves de gas de la pared. La oscuridad se tragó la habitación, pero solo por un instante.

Desde el cristal que Olek había colocado, un haz de luz violeta se disparó hacia el techo, golpeó un sistema de espejos y lentes que Aleksei no había notado antes en la lámpara de araña, y se refractó hacia abajo, atravesando la niebla. Y entonces, la maqueta cobró vida.

No era una pintura estática. Era luz sólida. En medio del vapor, se alzaron estructuras tridimensionales de un brillo nacarado. Aleksei ahogó un grito. Estaba viendo San Petersburgo, pero no la ciudad gris y sucia que conocía. Veía una utopía.

Las calles eran anchas avenidas de piedra blanca inmaculada, bordeadas por árboles que brillaban con bioluminiscencia dorada.

No había chimeneas escupiendo humo negro.

En su lugar, esbeltas torres de aguja, altas como montañas, coronadas por esferas de cobre giratorias, pulsaban con una energía rítmica, enviando ondas de luz a través del aire como latidos de un corazón gigante.

—La red Tesla original... —murmuró Olek, fascinado, acercando la nariz al vapor brillante—. Transmisión inalámbrica. Todo está conectado.

—Mira el cielo —señaló Sofía, con lágrimas en los ojos.

Sobre la proyección de la ciudad, flotaban aeronaves.

No eran los toscos globos aerostáticos de los franceses.

Eran barcos estilizados, sin velas ni hélices, que se deslizaban por corrientes magnéticas invisibles, silenciosos como nubes.

La gente en las calles no caminaba encorvada por el frío y el miedo; vestían túnicas de colores claros y parecían moverse con una ligereza imposible.

Era un mundo sin hambre. Sin frío. Sin oscuridad. Aleksei sintió un dolor agudo en el pecho. La belleza de aquello era insoportable comparada con la realidad de barro y miseria que había fuera.

—Esto éramos —dijo la Condesa Elena, su voz resonando en la penumbra como un fantasma—. Tartaria en su cénit, año 1500 de la Era Antigua. Antes de la traición. Antes de que decidieran que la humanidad era más fácil de controlar si tenía frío y miedo.

El Conde Grigori extendió la mano y atravesó una de las torres de luz con sus dedos. La imagen parpadeó y se distorsionó como humo. —Esta tecnología no era magia. Era resonancia. Entendíamos la frecuencia de la tierra. Pero esa misma frecuencia fue nuestra tumba.

De repente, la luz violeta cambió a un rojo colérico. En la proyección, las torres empezaron a derrumbarse. El suelo se volvió líquido, tragándose palacios enteros. La gente corría, diminutas figuras de luz siendo devoradas por la tierra misma. Las aeronaves caían del cielo como pájaros muertos.

Olek retrocedió asustado cuando una onda de choque visual barrió la mesa. El cristal se apagó. La oscuridad volvió al estudio, pesada y definitiva. El olor a ozono llenaba el aire.

Aleksei se frotó la cara, tratando de borrar las imágenes de la destrucción, pero se le habían quedado grabadas en la retina. —¿Por qué nos enseñáis esto? —preguntó, con la voz temblorosa—. Ya sabemos lo que está en juego.

—Para que entendáis lo que buscáis —respondió el Conde, volviendo a encender una lámpara de aceite.

La luz amarilla pareció pobre y enferma comparada con el esplendor que acababan de ver—.

Para detener el Segundo Barro, necesitáis bajar a las Profundidades.

A la verdadera ciudad enterrada. Pero las entradas principales están selladas o vigiladas por la Okhrana.

—Hay entradas que ellos no conocen —intervino Olek, recuperando su arrogancia habitual ahora que la "magia" había terminado—. Los contrabandistas usan los viejos desagües pluviales en el Distrito de la Pólvora.

—Exacto —asintió el Conde, mirando al chico con nuevo respeto—. Pero para sobrevivir ahí abajo, necesitáis algo más que un mapa. Necesitáis un Resonador .

El Conde abrió un cajón del escritorio y sacó un diagrama técnico, dibujado en papel azul. —La atmósfera en las profundidades de Tartaria está saturada de Éter estático. Si bajáis sin protección, vuestros pulmones se quemarán en una hora. Necesitáis máscaras de filtrado con núcleo de ámbar.

—Eso es tecnología prohibida —dijo Aleksei, reconociendo el diseño—. Tener eso es pena de muerte inmediata. No se vende en ninguna tienda.

—En ninguna tienda de la superficie —corrigió Olek, con una sonrisa torcida—. Pero en el Mercado Negro de la Isla de los Ahorcados se vende hasta la corona del Zar si tienes el dinero.

Sofía se cruzó de brazos. Ya no parecía la dama aristocrática; la visión de su herencia perdida le había endurecido la mirada. —Tenemos dinero.

—El dinero de los nobles no sirve allí, princesa —se burló Olek—. Si apareces con monedas de oro imperiales, te cortarán el cuello antes de que puedas decir "buenos días". Allí se comercia con trueque. Información, secretos... o tecnología.

Olek metió la mano en su zurrón y sacó el colibrí mecánico roto. —Y creo que tengo algo que les puede interesar a los chatarreros. Pero hay un problema.

Se giró hacia Aleksei y lo señaló de arriba abajo con desdén. —Él. Huele a biblioteca y a jabón caro a un kilómetro de distancia. Si lo llevo a los Bajos Fondos vestido así, nos comerán vivos.

Aleksei se miró su levita y se ajustó las gafas, ofendido. —Puedo cuidarme solo. —No, no puedes —dijo Sofía, tajante. Se acercó a un armario ropero y sacó un abrigo largo de cuero desgastado y una gorra de estibador—. Olek tiene razón. Esta noche, el académico Aleksei Vólkov debe desaparecer.

El Conde se acercó a Aleksei y le puso una mano pesada en el hombro.

—Escuchadme bien. Tenéis hasta el amanecer para conseguir esos Resonadores y encontrar la entrada.

Si la Okhrana os atrapa... —No nos atraparán —interrumpió Olek, poniéndose de nuevo sus gafas de soldador—.

Porque vamos a ir a un lugar donde ni el Diablo se atreve a entrar con placa de policía.

Aleksei tomó el abrigo sucio que le ofrecía Sofía. Al ponérselo, sintió que dejaba atrás su vida segura. La imagen de la ciudad brillante y su destrucción seguía quemándole la mente. —Está bien —dijo Aleksei, mirándolos a todos—. Vamos al infierno.