CAPÍTULO 4 El relojero de tejados
La lluvia en San Petersburgo no caía; agredía.
Era un aguanieve sucia, mezclada con el hollín de las chimeneas industriales que el Zar Pablo había mandado construir en el distrito sur, tiñendo las fachadas de los palacios de una pátina grisácea, como si la ciudad entera estuviera enferma de tuberculosis.
A veinte metros sobre el suelo, encaramado en la gárgola de una catedral que nadie recordaba haber construido, Olek se ajustó las gafas de soldador.
Le quedaban grandes. Había tenido que atar la correa de cuero con un trozo de alambre de cobre para que no se le resbalaran por la nariz llena de pecas y grasa.
Tenía catorce años, pero sus manos eran las de un anciano: callosas, llenas de cortes cicatrizados y manchadas de aceite negro que ningún jabón podía quitar.
—Vamos... pequeña... háblame —susurró.
Entre sus dedos, manipulaba un objeto que habría hecho que cualquier sacerdote ortodoxo se persignara.
No era una cruz, ni una moneda. Era un colibrí mecánico.
El metal de sus alas estaba oxidado, y le faltaba un ojo de rubí, pero la ingeniería interior era perfecta.
Engranajes tan finos como cabellos humanos dormían en su vientre abierto.
Olek sacó de su bolsillo un destornillador que él mismo había limado a partir de un clavo de riel. Con la precisión de un cirujano, tocó el resorte principal. Nada. El pájaro seguía muerto.
El chico bufó, apartándose un mechón de pelo cobrizo y empapado que se le pegaba a la frente.
El frío le calaba los huesos a través de su chaqueta, una prenda hecha de retales de abrigos militares robados a los muertos.
Tenía hambre. Ese tipo de hambre que no está en el estómago, sino que te marea y te hace ver luces de colores en los bordes de la visión.
Debería estar robando carteras en la Avenida Nevsky. Debería estar buscando carbón. Pero Olek tenía un vicio peor que el vodka: la curiosidad.
—Te falta la chispa —diagnosticó, guardando el pájaro en su zurrón de lona junto a otras piezas de chatarra: una bobina de inducción, dos válvulas de vacío y un engranaje de latón con símbolos que no eran cirílicos ni latinos—. Te falta el Éter.
Un trueno retumbó a lo lejos, pero no venía del cielo. Venía del subsuelo. Olek pegó la oreja a las tejas de pizarra. Lo sintió. Esa vibración grave, constante, que solo él y las ratas parecían notar. Las máquinas de abajo se estaban despertando.
Desde su atalaya, vio un carruaje negro girar bruscamente en la esquina de la calle, salpicando lodo contra las paredes. Los caballos echaban espuma por la boca, agotados.
Olek entrecerró los ojos tras los cristales ahumados de sus gafas. Ese no era un carruaje cualquiera. Las ruedas tenían amortiguación de ballesta reforzada, y en la puerta brillaba, discreto pero inconfundible, el escudo de la familia Vasilyev: un grifo sosteniendo una llave.
—La casa de la Colina —murmuró.
Todo el mundo en los Bajos Fondos sabía que la mansión Vasilyev era impenetrable. Muros altos, guardias privados y perros que no ladraban antes de morder. Pero también se decía que el viejo Conde Vasilyev era un coleccionista de "rarezas". Y donde había rarezas, había piezas.
El carruaje se detuvo frente al portón de hierro forjado.
Olek vio bajar a dos figuras: un hombre joven con aspecto de ratón de biblioteca asustado y una mujer...
Olek se detuvo. Ajustó el zoom manual de sus gafas —una lente extra que él mismo había acoplado al marco derecho—.
La mujer llevaba un tubo de cuero al hombro. Y el tubo... brillaba.
No era un brillo que un ojo normal pudiera ver. Era una distorsión en el aire, una onda de calor violeta que pulsaba rítmicamente. El colibrí mecánico en su bolsillo vibró en respuesta, dando un aletazo espasmódico contra su cadera.
—¡Zarpa! —exclamó Olek, sintiendo la descarga estática erizarle el vello de los brazos.
Eso no era magia. Era energía residual. La misma energía que alimentaba las viejas farolas que nunca se apagaban en los túneles prohibidos.
Sin pensarlo dos veces, Olek guardó sus herramientas, se deslizó por el tejado mojado con la agilidad de un gato callejero y saltó hacia la tubería de desagüe del edificio contiguo.
El hambre podía esperar. Esa mujer llevaba una batería en el hombro, y Olek iba a averiguar cómo funcionaba.
El interior de la mansión Vasilyev olía a tiempo estancado. Era un olor rico y complejo: cera de abejas, tabaco de pipa traído de los bazares de Constantinopla y el aroma almizclado de las alfombras persas que amortiguaban cualquier paso.
Aleksei se sentía ridículamente fuera de lugar. Su levita estaba húmeda y manchada de polvo de biblioteca, y sus botas dejaban huellas de barro sobre un parqué que probablemente costaba más que su vida entera. Sin embargo, nadie le reprendió.
El mayordomo, un hombre tan anciano que parecía hecho de pergamino y telarañas, les había abierto la puerta con una urgencia que rompió todo protocolo, cerrando los cerrojos y echando las barras de seguridad nada más entrar ellos.
—Están en el estudio, señorita Sofía —dijo el anciano con voz temblorosa—. Llevan horas esperando. El Conde ha sacado... las cajas .
Sofía no dijo nada, pero Aleksei vio cómo su mandíbula se tensaba.
Asintió al mayordomo y cruzó el vestíbulo de mármol a paso rápido.
Aleksei la siguió, mirando de reojo los retratos de las paredes.
Había algo inquietante en ellos. Los antepasados de Sofía no vestían como la nobleza rusa tradicional.
No había uniformes militares ni medallas.
En los cuadros del siglo XVII, los hombres y mujeres sostenían compases, escuadras y extraños globos terráqueos donde los continentes tenían formas diferentes.
—Aquí —dijo Sofía, deteniéndose ante una puerta doble de roble tallado.
Empujó. El estudio era una caverna de conocimiento.
Las paredes estaban forradas de libros desde el suelo hasta el techo, accesible por escaleras de caracol de hierro forjado.
Pero lo que dominaba la estancia no eran los libros, sino una maqueta enorme situada en el centro, ocupando una mesa de billar.
Era San Petersburgo. Pero no la ciudad actual. Era una ciudad de torres de cristal y cúpulas doradas conectadas por puentes aéreos, con canales por los que no navegaban barcos, sino barcazas planas sin velas.
—Llegáis tarde.
La voz vino de un sillón junto a la chimenea.
Un hombre se puso en pie. El Conde Grigori Vasilyev era un gigante, incluso encorvado por la edad.
Tenía el pelo blanco como la nieve y una barba pulcra, pero sus ojos eran los de Sofía: azules, penetrantes y llenos de una inteligencia feroz.
Junto a él, una mujer de porte regio, la Condesa Elena, tejía con agujas de plata, aunque sus ojos no miraban la lana, sino el tubo que Sofía traía al hombro.
—La Biblioteca estaba vigilada, padre —dijo Sofía, depositando el tubo sobre la mesa, junto a la maqueta futurista—. Mijail nos interceptó.
El nombre cayó en la habitación como una piedra en un estanque. El Conde intercambió una mirada oscura con su esposa.
—Entonces ha empezado —dijo la Condesa, dejando las agujas. Su voz era firme, carente del pánico que Aleksei sentía bullir en su interior—. Si la Okhrana ha movilizado a Mijail, es que saben que el ciclo se ha cumplido.
—¿Qué ciclo? —preguntó Aleksei, dando un paso al frente.
Sentía que estaba viendo una obra de teatro de la que nadie le había dado el guion—.
Con todo respeto, señor Conde... he visto mapas que dicen que caminamos sobre edificios enterrados.
He escuchado a un gigante respirar tras una pared.
Necesito entender qué está pasando antes de que me cuelguen por traición.
El Conde Grigori lo miró. Fue una evaluación lenta, pesada. —Tú eres el Vólkov —dijo, no como una pregunta, sino como una confirmación—. Tu abuelo fue el mejor ingeniero hidráulico de Tartaria. Diseñó las esclusas que protegían la ciudad... antes de que nos traicionaran.
El Conde caminó hacia la ventana, descorrió una pesada cortina de terciopelo y señaló la oscuridad lluviosa.
—Miras afuera y ves lluvia, muchacho. Ves barro. Crees que el "Gran Barro" que sepultó la primera planta de todos los edificios de Rusia hace cien años fue una inundación natural. Un desbordamiento del Neva. El Conde se giró, y su rostro estaba iluminado por los relámpagos.
—No fue agua. Fue sonido.
Aleksei parpadeó, confundido. —¿Sonido?
—Licuefacción sónica —intervino Sofía, abriendo el tubo y desplegando el mapa robado sobre la mesa.
El papel crujió—. El suelo no se inundó, Aleksei.
El suelo se volvió líquido. La tierra sólida vibró a una frecuencia tan específica que perdió su cohesión molecular.
Los edificios se hundieron en la tierra como piedras en una sopa espesa.
Y cuando la vibración paró... la tierra se solidificó instantáneamente, atrapando todo lo que había abajo.
—Gente... —susurró Aleksei, horrorizado.
—Millones —confirmó la Condesa—. Una civilización entera borrada en una tarde. La Gran Tartaria. Éramos una sociedad libre. Teníamos energía gratuita, extraída del éter atmosférico a través de las cúpulas y los obeliscos. No había hambre. No había Zares.
—Y eso era inaceptable para el nuevo orden —gruñó el Conde—.
Los Romanov, apoyados por las casas reales de Europa, usaron nuestra propia tecnología en nuestra contra.
Invirtieron la polaridad de las torres resonantes.
Convirtieron nuestras fuentes de energía en martillos sísmicos.
Nos enterraron vivos y reescribieron la historia.
Dijeron que éramos bárbaros, que construyeron San Petersburgo sobre un pantano vacío.
Mentira. Desenterraron nuestras ruinas, las pintaron y se llamaron a sí mismos emperadores.
Aleksei se tuvo que apoyar en la mesa. La maqueta de la ciudad resplandeciente parecía burlarse de él. Todo lo que había estudiado en la universidad, toda la historia oficial... era una farsa construida sobre un cementerio.
—¿Por qué ahora? —preguntó, con la voz rota—. Si ya ganaron... ¿por qué nos persiguen?
Sofía puso el dedo sobre el símbolo de la espiral doble en el mapa.
—Porque el proceso no fue perfecto. La energía sigue acumulándose bajo tierra.
Las máquinas antiguas, las que no pudieron destruir, se están reactivando solas.
Si no se liberan controladamente, la presión hará estallar la ciudad. Pero el Zar no quiere liberarla.
—Quiere usarla de nuevo —dijo el Conde, con una gravedad mortal—. Quieren provocar un Segundo Barro. Pero esta vez, global. Quieren borrar el siglo XIX para empezar el XX con un control absoluto. Y lo harán dentro de cuatro días, cuando la presión atmosférica del Éter alcance su punto crítico.
Un silencio sepulcral llenó la sala. Solo se oía el crepitar del fuego y el repiqueteo de la lluvia. Hasta que un sonido nuevo rompió la atmósfera. Un clic . Metálico. Pequeño. Venía de la chimenea.
Todos se giraron. Una figura pequeña, negra por el hollín, cayó rodando desde el tiro de la chimenea, aterrizando sobre la alfombra persa en una nube de ceniza y polvo. El intruso tosió, se puso de pie de un salto y sacó una navaja oxidada, apuntando al grupo con mano temblorosa pero decidida.
Era un niño. Un pilluelo de la calle con unas gafas extrañas y ropa demasiado grande.
Pero lo que heló la sangre de Aleksei no fue la navaja.
Fue lo que el niño tenía en la otra mano.
Había cogido un pequeño cristal de cuarzo de la mesa del Conde.
Y al tocarlo, el cristal se había encendido con una luz blanca, pura y cegadora.
El Conde Grigori dio un paso atrás, con los ojos desorbitados. —Imposible... —susurró el anciano—. Solo un Custodio de sangre pura puede activar los cristales de memoria.
Olek, con la cara manchada de negro y los ojos muy abiertos tras sus gafas, miró la piedra brillante en su mano, luego miró a los nobles que lo rodeaban, y finalmente su mirada se cruzó con la de Sofía.
—No sé qué es esta piedra, señorita —dijo el chico, con voz ronca y desafiante—.
Pero canta. Canta igual que el tubo que llevas en la espalda.
Sofía avanzó lentamente, ignorando la navaja. —¿Quién eres? —preguntó, con una mezcla de miedo y fascinación.
Olek escupió un poco de hollín al suelo, manchando la alfombra impoluta.
Sonrió, mostrando unos dientes blancos en medio de la suciedad.
—Soy el que sabe cómo entrar y salir de los sitios sin que nadie lo vea.
Y si lo que ha dicho el viejo es verdad, y queréis bajar al sótano de esta ciudad...
vais a necesitar a alguien que sepa caminar sobre las tuberías sin quemarse los pies.
Aleksei miró al chico, luego al Conde, y comprendió. El equipo estaba completo. El cerebro, la heredera y las manos.
—Baja el cuchillo, chico —dijo Aleksei, sorprendiéndose de su propia autoridad—. Creo que acabas de encontrar un trabajo mejor que limpiar chimeneas.
Afuera, un relámpago iluminó el cielo, y por un instante, la sombra de la mansión pareció proyectarse sobre la ciudad como la aguja de un reloj marcando el fin de una era. Quedaban tres días.