Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 3 La mirada de mármol
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CAPÍTULO 3 La mirada de mármol

Salir de la sala secreta fue una tortura más lenta que entrar.

El mecanismo de cierre siseó de nuevo, un sonido neumático agónico que parecía tardar siglos en completarse, mientras el panel de madera volvía a su sitio milímetro a milímetro, ocultando la oscuridad tras la inocencia de las estanterías.

Aleksei se sacudió el polvo de yeso de la solapa de su levita con movimientos bruscos, casi espasmódicos.

Todavía sentía el calor del cuerpo de Sofía contra el suyo, una sensación fantasma que le erizaba la piel bajo la ropa, mezclada con el sudor frío de quien acaba de mirar a la muerte a los ojos.

El aire del pasillo, aunque frío, le pareció dulce comparado con la atmósfera viciada de la tumba que dejaban atrás.

Sofía, por su parte, se movía con una eficiencia aterradora.

Había enrollado el mapa y lo había metido dentro del tubo de cuero rígido que llevaba colgado al hombro.

Parecía tranquila, una dama paseando por un museo tras una tarde de cultura, pero Aleksei notó el detalle que la delataba: sus nudillos estaban blancos, tensos como mármol, al aferrar la correa.

—Camina despacio —susurró ella sin mirarlo, componiendo una expresión de aburrimiento aristocrático—. Si corremos, confesamos. Respira, Aleksei. Eres un cartógrafo aburrido que no ha encontrado nada interesante. Créetelo.

Volvieron sobre sus pasos por el ala oeste.

El silencio de la biblioteca ya no parecía sagrado ni majestuoso; ahora se sentía como la calma eléctrica antes de una tormenta.

Cada sombra alargada proyectada por las columnas parecía tener la forma del gigante que habían escuchado respirar tras el muro.

El eco de sus propias botas sobre la madera crujiente sonaba como disparos en la quietud.

—Ese mapa... —susurró Aleksei, incapaz de contenerse, sintiendo la necesidad de llenar el silencio—. Las fechas de activación en los márgenes... la última no era de 1700. Había una nueva marca. Una fecha próxima.

—Lo sé —le cortó ella en un siseo imperceptible, sin girar la cabeza—. Por eso tenemos que sacarlo de aquí. No hemos robado un registro del pasado, Aleksei. Hemos robado un manual de instrucciones para el fin del mundo.

Al llegar al cruce con el gran vestíbulo principal, la luz dorada de las lámparas de aceite se hizo más intensa, casi cegadora tras la oscuridad del pasadizo.

Y allí, esperándolos.

Apoyado casualmente contra una barandilla de caoba, bloqueando sutilmente el paso hacia la salida como una pieza de ajedrez mal colocada, estaba Mijail.

El bibliotecario jefe era un hombre de una elegancia estudiada y peligrosa.

Llevaba una casaca gris impoluta, sin una sola arruga, y unas gafas de montura dorada que reflejaban la luz de las lámparas, ocultando sus ojos tras dos discos de brillo opaco.

En la corte del Zar Pablo, hombres como Mijail eran los verdaderos monstruos: no llevaban espadas, llevaban plumas y sellos oficiales con licencia para borrar personas de la existencia.

—Sofía, Aleksei —dijo. Su voz era suave, untuosa como aceite caliente—. Qué extraña coincidencia encontraros en el Ala Oeste. Pensé que esa sección estaba clausurada por... inestabilidad estructural.

Aleksei sintió que la garganta se le convertía en papel de lija. El instinto le gritó que huyera, que corriera hacia la puerta, pero la razón lo clavó al suelo. Dio medio paso adelante, un gesto inconsciente para interponerse entre el bibliotecario y Sofía.

Mijail no se movió, pero su postura se tensó imperceptiblemente. Era un depredador evaluando el peso de su presa.

—Buscábamos referencias cruzadas sobre hidrología antigua —mintió Sofía con una naturalidad tan perfecta que asustó a Aleksei—. Mi padre insiste en que los mapas modernos del Neva son inexactos. Pero tienes razón, Mijail. El polvo allí es insoportable. Apenas se puede respirar.

Mijail sonrió. Fue una sonrisa de labios finos, quirúrgica, que no llegó a sus ojos. Se despegó de la barandilla y dio un paso lento hacia ellos. Sus zapatos de suela blanda no hicieron ruido sobre el mármol, acentuando su naturaleza sigilosa.

—El polvo antiguo es traicionero —dijo, extendiendo una mano enguantada en piel de cabritilla.

Con un gesto de falsa camaradería, casi paternal, sacudió una mota de yeso del hombro de Aleksei—.

A veces se te mete en los pulmones y te ahoga antes de que te des cuenta.

Deberíais tener mucho cuidado con dónde metéis las narices... por vuestra salud.

Aleksei se quedó rígido como una estatua.

El contacto fue breve, apenas un roce, pero sintió la amenaza implícita pesada como el plomo.

Mijail bajó la mano, pero sus ojos, ahora visibles tras los cristales, se desviaron un instante —solo una fracción de segundo— hacia el tubo de cuero que colgaba del hombro de Sofía.

—¿Y bien? ¿Habéis encontrado lo que buscabais? —preguntó Mijail, clavando su mirada en Aleksei esta vez, buscando la grieta en su armadura, el temblor en el labio.

El silencio se estiró, tenso como una cuerda de violín a punto de romperse. Aleksei sabía que si dudaba, estaban perdidos. Recordó el calor de Sofía en la oscuridad, su voz pidiéndole confianza. Inhaló profundamente, tragándose el miedo.

—No —respondió, forzando un tono de frustración y cansancio—. Solo mapas erróneos y humedad. Una pérdida de tiempo absoluta. Nos vamos.

Mijail mantuvo el silencio un segundo más de lo socialmente aceptable.

Parecía estar pesando sus palabras, calculando probabilidades.

Sabía que mentían. Lo olía en su sudor ácido, lo veía en la rigidez antinatural de sus mandíbulas.

Pero detener a una dama de la familia Vasilyev sin pruebas, en medio del vestíbulo y a plena luz del día, causaría un escándalo que ni siquiera él podía permitirse todavía.

Finalmente, se apartó un paso hacia la izquierda, liberando el camino hacia las grandes puertas.

—Una lástima —dijo, volviendo a su tono cordial—. Pero la biblioteca siempre guarda sus mejores secretos para el final... o para quienes tienen el permiso explícito del Emperador. Saludos a tus padres, Sofía.

—Buenas tardes, Mijail.

Caminaron hacia la salida principal sin mirar atrás, manteniendo un paso mesurado que les costaba la vida. Aleksei sentía la mirada del bibliotecario clavada en su nuca como un alfiler caliente, esperando un tropiezo, un error, una excusa.

Cruzaron el vestíbulo, pasaron bajo las estatuas de los titanes que parecían juzgarlos desde las alturas con sus ojos de piedra vacíos, y salieron al aire gélido de octubre.

Solo cuando doblaron la esquina y la mole de granito de la biblioteca quedó fuera de la vista, Sofía se permitió soltar el aire que había estado reteniendo.

Se apoyó contra la pared de ladrillo rojo de un callejón lateral, temblando ligeramente.

La máscara de dama de hierro se agrietó por un momento, revelando a la chica asustada que había debajo.

—Sabe algo —dijo Aleksei, vigilando la esquina con el corazón desbocado—. Ha visto el polvo en mi ropa. Ha mirado el tubo. Sabe que llevamos algo.

—Lo sospecha, pero no está seguro —respondió Sofía, recuperando la compostura y ajustándose los guantes con manos temblorosas—. Mijail es paciente, Aleksei. Es un burócrata. No actuará hasta tenernos acorralados y con los papeles firmados. Pero eso nos da muy poco tiempo. Quizás horas.

La tarde caía rápido sobre San Petersburgo. Las farolas de gas empezaban a parpadear con un zumbido sordo, luchando contra la niebla que subía del río Neva, envolviendo la ciudad en un sudario gris y húmedo.

—No podemos ir a mi apartamento —dijo Aleksei, calculando rutas mentales—. Si sospecha, será el primer lugar donde envíe a la Guardia.

—Iremos a casa de mis padres —decidió Sofía, separándose de la pared con renovada determinación—.

Es una zona residencial antigua en la Isla Vasilievsky.

Los muros son gruesos, mi padre tiene un despacho seguro y...

—dudó un momento, y su voz se volvió sombría, cargada de una premonición oscura— si lo que vimos en el mapa es cierto, si van a intentar terminar lo que empezaron hace cien años...

mis padres tienen que saberlo. Tienen derecho a prepararse.

—¿El Segundo Barro? —preguntó Aleksei, temiendo la respuesta, pronunciando las palabras que habían estado flotando en su mente como una maldición.

Sofía asintió, mirando hacia el cielo encapotado donde las nubes de color plomo parecían pesar toneladas sobre los tejados.

—Los últimos días de Tartaria no fueron en el pasado, Aleksei. Están a punto de empezar esta noche.

Pararon un coche de caballos de alquiler que pasaba renqueando por la avenida.

El cochero, un hombre envuelto en harapos, ni siquiera les miró la cara.

Mientras el vehículo se alejaba entre la bruma y el traqueteo de las ruedas sobre los adoquines, Aleksei miró por la ventanilla trasera, esperando ver soldados corriendo tras ellos.

No vio soldados.

Vio algo peor.

A lo lejos, en la escalinata de la biblioteca, una figura solitaria observaba cómo se marchaban, inmóvil como una gárgola recortada contra la luz mortecina del edificio.

Mijail sacó un reloj de bolsillo de oro.

Miró la hora con una calma aterradora, cerró la tapa con un chasquido metálico y volvió a entrar en el edificio, cerrando las pesadas puertas tras de sí.

La cuenta atrás había comenzado.