Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 2 El eco de los cimientos
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CAPÍTULO 2 El eco de los cimientos

El vestíbulo de la Gran Biblioteca Imperial no estaba diseñado para acoger a los visitantes, sino para aplastarlos bajo el peso de su propia insignificancia.

El techo se perdía en una oscuridad abovedada, tan obscenamente alta que las lámparas de aceite colgadas en los muros apenas lograban lamer con su luz los frescos superiores.

Allí arriba, en la penumbra, querubines de yeso y matemáticos griegos de mirada vacía compartían un cielo de pintura descascarillada, testigos mudos de un conocimiento que se pudría.

El aire estaba estancado, sólido. Era una atmósfera tejida con el olor dulzón de la cera derretida, el aroma acre del pergamino en descomposición y millones de partículas de polvo que flotaban en los haces de luz fría como una nevada suspendida en el tiempo.

Cada respiración sabía a historia muerta.

Aleksei se sintió un intruso nada más cruzar el umbral. Sus botas, aunque intentaba pisar con suavidad, producían un chasquido húmedo sobre el mármol pulido. El silencio del edificio amplificaba el sonido, devolviéndolo convertido en un eco acusador que rebotaba entre las columnas.

Miró de reojo a Sofía. A diferencia de él, que caminaba encogido esperando un golpe, ella se movía con una gracia felina, casi espectral.

No miraba hacia arriba, hacia la grandiosidad falsa de la cúpula, sino hacia las sombras de los rincones, como si conociera el ritmo secreto que latía bajo la piel del edificio.

—Por aquí —susurró ella.

Sus dedos enguantados le rozaron el brazo apenas un segundo.

El contacto fue leve, amortiguado por la gruesa tela de su levita, pero a Aleksei le provocó un vuelco en el estómago que nada tenía que ver con el miedo a la Okhrana.

La siguió, agradecido de tener una brújula humana en aquel laberinto de piedra.

Giraron hacia el ala oeste, la sección de Archivos Imperiales.

Dejaron atrás las mesas de lectura de caoba, vacías a esa hora salvo por un par de eruditos ancianos que dormitaban sobre tomos abiertos como gárgolas de carne.

Se adentraron en un pasillo estrecho donde las estanterías eran más altas, de una madera oscura y barnizada que parecía absorber la luz.

Cuanto más avanzaban, más descendía la temperatura, como si se acercaran al corazón helado de la ciudad.

—Esta sección está cerrada desde la purga de libros del 93 —susurró Aleksei, reconociendo los cordones de terciopelo rojo, ahora grises por el polvo, que bloqueaban el paso.

Sofía se detuvo frente al cordón y lo desenganchó con un movimiento fluido, sin dejar de vigilar el pasillo a sus espaldas.

—Cerrada al público, sí. Pero no a la verdad —respondió, girándose para mirarlo. En la penumbra, sus ojos azules parecían brillar con una luz propia, febril—. ¿Confías en mí, Aleksei? ¿Lo suficiente como para cruzar esta línea y no poder volver?

Él sostuvo su mirada. Había algo en Sofía Vasilyev que anulaba su instinto de conservación. Una gravedad propia que le atraía irremediablemente hacia el abismo.

—Te he seguido hasta la boca del lobo, Sofía —respondió él, con la voz ronca—. Creo que eso responde a tu pregunta.

Ella esbozó una media sonrisa, breve pero genuina, antes de volverse hacia la pared final del pasillo.

Allí colgaba un tapiz raído con el águila bicéfala de los Romanov.

Sofía levantó el borde de la tela pesada, levantando una nube de polvo que les hizo arrugar la nariz.

Detrás no había piedra desnuda, sino una placa metálica oxidada incrustada en el muro.

Tenía una ranura extraña, en forma de estrella asimétrica de ocho puntas.

Sofía sacó la pesada llave de hierro de su manga.

—Prepárate —advirtió, acercándose a él para dejarle espacio en el estrecho corredor—. El mecanismo es anterior a la dinastía actual. A veces... grita al despertar.

Introdujo la llave. No hubo el clic mecánico y limpio de una cerradura moderna.

Al girarla, Aleksei sintió una vibración bajo las suelas de sus botas, un zumbido grave que le subió por las piernas hasta la columna vertebral.

Sonó como si un engranaje titánico, dormido durante décadas en las entrañas de la tierra, se desperezara con un gemido de metal contra piedra.

Un panel de la estantería a su derecha se desplazó hacia dentro con un siseo neumático —una tecnología de aire comprimido que oficialmente no existía en 1797—, revelando una boca de lobo absoluta.

—¿Luz? —pidió Sofía, su voz temblando ligeramente por la adrenalina.

Aleksei sacó su encendedor de mecha y lo prendió con un chasquido.

La pequeña llama naranja bailó, iluminando un espacio que no debía existir.

De paso, iluminó el perfil de Sofía, suavizando sus rasgos tensos.

Por un segundo, Aleksei olvidó la misión y la paranoia; solo pudo fijarse en cómo la luz dorada se reflejaba en la curva de su cuello y en el pulso acelerado que latía, visible y vulnerable, en su garganta.

Entraron. El panel se cerró tras ellos con un golpe seco, dejándolos solos en un aislamiento íntimo y aterrador.

El aire allí dentro estaba viciado, seco como una tumba egipcia. Sofía se movió con familiaridad hacia una mesa central llena de escombros y encendió una vieja lámpara de aceite que parecía haber estado esperándola durante un siglo.

La luz bañó la estancia y Aleksei contuvo el aliento.

No era un almacén. Era un taller de cartografía abandonado a toda prisa. Había mesas de dibujo volcadas, instrumentos de medición de latón esparcidos por el suelo y, en las paredes, mapas clavados con tanta furia que el papel se había rasgado.

—Mira esto —dijo ella, señalando el mapa más grande extendido sobre la mesa central.

Aleksei se acercó. Estaban tan cerca que podía oler su perfume: una mezcla sutil de lavanda seca y el olor metálico, ferroso, de la llave que aún sostenía. Se ajustó las gafas, intentando ignorar la perturbadora cercanía de su cuerpo.

—Las cotas de nivel... —murmuró, recorriendo el papel con el dedo índice, trazando las líneas isobáricas—. Según este mapa, la Plaza del Palacio debería estar cuatro metros más abajo de lo que está hoy. Y el río Neva... su cauce es mucho más ancho aquí, devorando los muelles actuales.

—No están mal dibujados, Aleksei. Son anteriores. —Sofía colocó su mano sobre el mapa, rozando accidentalmente la de él. Su piel estaba fría como el hielo—. Mira los edificios. Las entradas principales... están enterradas.

Aleksei sintió el calor de su mano junto a la suya. Levantó la vista y se encontró con los ojos de ella, fijos en los suyos, buscando comprensión, buscando un aliado en medio de la locura.

—El Barro... —comprendió él, sintiendo el peso de la revelación—. Tienes razón. Vivimos sobre un cementerio. Caminamos sobre los techos de nuestros abuelos.

—Y alguien se tomó muchas molestias para que no lo supiéramos. —Sofía se inclinó más sobre el mapa, y un mechón de cabello rubio se le soltó, cayendo sobre su rostro. Aleksei tuvo el impulso irracional de apartárselo, de tocarla, pero cerró el puño sobre la mesa.

En la esquina del mapa, vio un símbolo grabado en tinta granate: una espiral doble rodeada de puntos y líneas de frecuencia.

—He visto ese símbolo antes —dijo él, con la voz pastosa—. En los libros prohibidos que queman en la universidad. Es el sello de los Ingenieros del Éter.

—Los arquitectos del mundo antiguo...

CRAAAACK.

El sonido vino de arriba. Fue seco, brutal. Como una rama de roble partiéndose, pero amplificada por la acústica de piedra de la catedral.

Ambos se quedaron petrificados. Sofía reaccionó primero, apagando la lámpara de un soplido. La oscuridad volvió a tragárselos, densa y total.

Instintivamente, Aleksei la buscó en la tiniebla. Su mano encontró el brazo de ella y tiró de Sofía hacia sí, protegiéndola con su cuerpo contra la estantería más lejana, ocultándolos en el rincón más profundo. Ella no se resistió; se pegó a él, enterrando el rostro en su pecho.

Escucharon algo.

No eran pasos humanos. Era un arrastrar pesado, lento, tectónico.

Y una respiración profunda, cavernosa, como el resuello de un fuelle inmenso, justo al otro lado del muro falso, en el pasillo que acababan de abandonar.

El aire trajo un olor nuevo a través de las rendijas: aceite quemado y tierra mojada.

Aleksei miró hacia arriba, hacia una pequeña rejilla de ventilación oxidada. A través de las lamas de metal, vio pasar una sombra.

Era descomunal.

Bloqueó la poca luz que entraba del pasillo. Aleksei pudo distinguir el contorno de un hombro que parecía hecho de granito y metal, cubierto por una tela basta de monje.

Sofía tembló contra él. Aleksei la rodeó con sus brazos, apretándola con fuerza, no solo para ocultarla, sino para sentir que seguían vivos.

Podía sentir el latido frenético del corazón de ella contra el suyo, un tamborileo desbocado en medio del silencio mortal.

El olor a miedo se mezclaba ahora con la lavanda.

El gigante se detuvo.

Parecía estar escuchando. Olfateando el aire a través de la piedra, buscando la vibración de los intrusos.

Durante un minuto que pareció un siglo, permanecieron abrazados en la oscuridad, compartiendo el mismo aire viciado.

Aleksei apoyó la barbilla sobre la cabeza de Sofía, prometiéndose en silencio que, si esa cosa derribaba la pared, él sería el primero en caer para darle a ella unos segundos de ventaja.

Finalmente, la sombra se movió. Los pasos se alejaron, lentos y rítmicos, haciendo vibrar el suelo y los cuerpos entrelazados de los dos jóvenes. Bum... bum... bum...

Cuando el sonido se desvaneció en las profundidades de la biblioteca, Sofía no se apartó de inmediato. Se quedó allí un instante más, aferrada a la solapa de su levita, respirando su olor.

—Los Guardianes Silenciosos —susurró contra su pecho—. Pensé que eran leyendas para asustar a los niños.

Aleksei la soltó con una delicadeza infinita, aunque cada fibra de su ser deseaba mantenerla allí. Volvió a encender el mechero. La llama iluminó el rostro pálido de Sofía; tenía los ojos muy abiertos, pero había un fuego nuevo en ellos, una determinación forjada en el pánico.

—Si eso está ahí fuera vigilando —dijo él, con voz ronca—, significa que lo que hay en este mapa vale más que nuestras vidas.

Sofía asintió y, con un movimiento rápido y decisivo, enrolló el mapa, metiéndolo en el tubo de cuero que llevaba al hombro. Luego, miró a Aleksei con una intensidad nueva, una conexión forjada en la oscuridad.

—Gracias —dijo suavemente—. Por... protegerme.

—Siempre —respondió él. Y la palabra quedó flotando en el aire viciado de la sala, cargada de una promesa que iba mucho más allá de esa misión.

—Vámonos —dijo ella, rompiendo el hechizo—. Antes de que esa cosa vuelva.