Los últimos días de Tartaria CAPÍTULO 42 El sepulcro de los gigantes
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CAPÍTULO 42 El sepulcro de los gigantes

La cerilla parpadeó, luchando contra la oscuridad densa y milenaria, hasta que el fuego lamió los dedos vendados de Aleksei. Con un siseo, se apagó. La negrura volvió a tragárselos.

El estruendo del colapso del Salón del Trono, allá arriba en la superficie, se había reducido a un temblor lejano, como el latido de un corazón enfermo a través de kilómetros de piedra. Aquí abajo, el aire estaba estancado, frío y olía a ozono antiguo.

—Padrino... —la voz de Olek temblaba en la oscuridad—. No veo mis propias manos.

—Tranquilo —susurró Aleksei, aunque su propio corazón latía desbocado. Se arrastró por el suelo liso de piedra hasta chocar con el cuerpo inerte de Sofía—. Sofía. Mírame.

La joven respiraba, pero su piel estaba helada. La descarga de purgar la energía corrupta de Müller la había vaciado por completo. Aleksei le frotó las manos, desesperado por encontrar algo de calor. Al hacerlo, sus dedos rozaron el anillo de los Custodios que ella llevaba en la mano derecha.

El metal del anillo estaba caliente. No un calor que quemara, sino una calidez viva. De repente, el sello de Tartaria tallado en la joya emitió un destello. Un pulso de luz índigo, puro y sereno, muy distinto al rojo furioso del Palacio de Invierno.

El pulso viajó desde el anillo de Sofía hasta el suelo de piedra. Aleksei contuvo la respiración cuando una línea de luz azulada cobró vida bajo el polvo milenario, extendiéndose como una vena brillante por el suelo hasta tocar la base de la inmensa puerta de obsidiana negra que tenían delante.

La puerta entera reaccionó. Los símbolos extraños y angulosos que cubrían la superficie de piedra negra comenzaron a brillar con una luminiscencia suave.

Con un crujido sordo, un sonido de roca deslizándose sobre roca que hizo temblar el suelo, la inmensa hoja de obsidiana se partió por la mitad y se abrió lentamente hacia el interior.

Una ráfaga de aire purificado, con aroma a petricor —el olor de la lluvia sobre la tierra seca—, los envolvió.

Olek tragó saliva, aferrando su escopeta inútil. —Si ahí dentro hay un dragón, te juro que me rindo.

Aleksei levantó a Sofía en brazos, ignorando el grito de agonía de sus costillas rotas, y cruzó el umbral. Olek lo siguió de cerca.

La luz índigo de la puerta se extendió por el interior de la cámara a medida que avanzaban, encendiendo cristales incrustados en las paredes altas. Aleksei se detuvo en seco. Olek dejó caer la escopeta al suelo.

Estaban en un salón de proporciones imposibles.

La arquitectura de Agartha, la ciudad subterránea que habían visto días atrás, era elegante, victoriana y diseñada para humanos.

Pero esto... esto era otra cosa. Las columnas que sostenían la bóveda no estaban hechas de ladrillo ni de acero remachado, sino que parecían árboles gigantescos petrificados, de al menos treinta metros de diámetro.

El techo se perdía en una bruma azulada allá en lo alto.

Todo en aquel lugar estaba construido a una escala aterradora. Los escalones que subían hacia un estrado central le llegaban a Aleksei por el pecho.

—Los Jardineros... —susurró Aleksei, sintiendo que su mente de historiador y cartógrafo se fracturaba definitivamente—. Las leyendas de los gigantes... no eran metáforas.

En el centro de la sala, dispuestos en un círculo perfecto alrededor de un pozo insondable de luz violeta, había siete tronos de granito blanco. Y en los tronos, había figuras.

Olek retrocedió un paso, aterrado. —Padrino... ¿están vivos?

Aleksei se acercó lentamente, dejando a Sofía recostada suavemente sobre el primer escalón gigante.

Subió trepando por la piedra blanca hasta llegar al borde del estrado.

Las figuras no estaban vivas, pero tampoco parecían muertas.

Eran esqueletos humanoides, sí, pero medían casi cuatro metros de altura.

Sus huesos parecían estar hechos de cristal opaco, fosilizados y fusionados con el granito de sus sillas.

Llevaban armaduras marchitas que parecían tejidas con raíces de bronce y cobre.

Aleksei se acercó al trono más cercano. La figura gigante sostenía en su regazo una esfera de cristal inerte. Detrás del trono, la pared curva de la caverna estaba cubierta por un inmenso mural en relieve, iluminado por la luz de los cristales.

Aleksei, el hombre que había dedicado diez años de su vida a dibujar las mentiras del Imperio Ruso, leyó por primera vez la verdadera historia del mundo. El mural no usaba palabras, sino geometría y luz.

La primera escena mostraba a los Gigantes y a los humanos conviviendo en la superficie.

Ciudades de cristal y piedra blanca que extraían energía limpia del aire y la tierra: el Éter.

Era la edad dorada. La verdadera Tartaria.

Pero la siguiente escena cambiaba. Mostraba la llegada de ejércitos humanos con banderas oscuras.

Mostraba cañones de pólvora negra disparando contra las torres de cristal.

Los humanos normales querían el poder del Éter para la guerra. Querían gobernar, no convivir.

Aleksei caminó hacia la tercera escena, con los ojos muy abiertos.

Mostraba a los Siete Primeros Jardineros —los gigantes de los tronos— tomando una decisión terrible.

Para evitar que la humanidad se destruyera a sí misma con el Éter, decidieron sellar la matriz.

Pero no podían simplemente apagarla. Tenían que esconderla.

El mural mostraba la superficie de la tierra agitándose.

Los Jardineros utilizaron la red de Éter para licuar los estratos superiores del suelo en todo el mundo.

—El Diluvio de Barro... —murmuró Aleksei, tocando la piedra fría—.

El "Año sin Verano". No fue un castigo de Dios.

No fue un accidente. Fue una maniobra defensiva.

Hicieron que el barro subiera y sepultara la primera planta de todas las ciudades del mundo, enterrando la tecnología de Tartaria, enterrando Agartha y enterrándose a sí mismos para sellar el núcleo con su propia fuerza vital.

Se sacrificaron para que la humanidad empezara de cero, en la ignorancia, pero a salvo de su propia avaricia.

—Se enterraron vivos —dijo una voz débil a sus espaldas.

Aleksei se giró. Sofía se había incorporado a duras penas, apoyada en Olek.

Miraba a los gigantes cristalizados con una mezcla de reverencia y profunda tristeza.

—Mi padre me contaba cuentos sobre reyes que dormían bajo la tierra para sostener el mundo —dijo ella, acercándose al pozo de luz del centro del estrado—. No eran cuentos. Eran instrucciones.

—Los gigantes sellaron el poder —dijo Aleksei, atando cabos con furia—.

Pero cien años después, un grupo de humanos avariciosos, el Grupo de los 7, excavó los cimientos de San Petersburgo.

Encontraron la ciudad vacía de Agartha y violaron el sello.

Empezaron a chupar la energía de los gigantes muertos para crear su propio imperio en las sombras.

Sofía asintió, mirando sus propias manos.

—Y los Custodios... mi familia... éramos la llave de emergencia.

Humanos con una conexión biológica al Éter.

Si el sello alguna vez era profanado y la energía amenazaba con destruir el mundo, el Custodio debía bajar aquí y... y apagar el núcleo para siempre.

Olek miró el pozo de luz violeta del centro.

Era el corazón de la tierra, palpitando débilmente.

—¿Apagarlo? —preguntó el chico—. ¿Quieres decir romperlo?

Si rompes eso, San Petersburgo se quedará a oscuras para siempre.

Ya no habrá calderas infinitas, ni magia de los zares, ni armas de luz. Volveremos a la Edad de Piedra.

—Volveremos a la historia que Aleksei siempre ha enseñado —dijo Sofía, con una sonrisa triste—. Una historia de carbón, frío y esfuerzo humano. Sin atajos. Sin tiranos en las sombras.

De repente, un ruido espantoso destrozó la paz milenaria de la cámara. El conducto de obsidiana por el que habían caído escupió una nube de polvo negro y humo rojo. Un chorro de energía escarlata y vapor hirviente empezó a filtrarse por el techo de la bóveda milenaria.

La purga estaba fallando. Müller, allá arriba, había alimentado las calderas con tanto frenesí que el conducto de emergencia de Tartaria no podía absorber toda la presión. El Éter corrupto estaba taladrando la roca hacia abajo.

Las grietas empezaron a extenderse por las majestuosas columnas petrificadas. El pozo de luz violeta parpadeó, amenazado por la invasión del rojo escarlata.

—Müller va a hacer estallar el núcleo de todas formas —gritó Aleksei sobre el ruido de la piedra resquebrajándose—. ¡Si esa energía corrupta toca el pozo, no habrá un Diluvio de Barro! ¡Habrá una fisura que partirá Rusia en dos!

Sofía se soltó de Olek y caminó decidida hacia el borde del pozo de luz.

La energía violeta iluminó su rostro cansado, pero sus ojos estaban llenos de una resolución inquebrantable.

—Entonces es hora de cerrar la puerta —dijo ella, levantando la mano donde brillaba el anillo de los Custodios—. Para siempre.

Aleksei vio la expresión de Sofía. Vio el mural de los gigantes sacrificándose.

Y supo, con la certeza gélida de un matemático frente a una ecuación perfecta y terrible, lo que ella iba a hacer.

Romper el núcleo de Tartaria no era apretar un botón.

Requeria que el Custodio entregara su propia fuerza vital a la matriz para forzar el apagado definitivo.

—¡No! —Aleksei corrió hacia ella, su cuerpo roto protestando, el sable olvidado en el suelo—. ¡Sofía, te matará!

La bóveda entera crujió con un aullido de piedra y vapor, mientras el rojo de la destrucción amenazaba con devorar el último rastro de la Edad Dorada.