Capítulo 20 de la novela de Patricia #7
—Necesito que me ayudes. No puedo sacarte sola de este lugar. Dime dónde están las llaves del auto en el que viniste.
—Nos rescatará la asesina de zoquetes.
«Está entrando en shock», pensó Patricia.
Encendió la chimenea y cubrió a Abigail para mantenerla caliente.
Subió al segundo piso con el arma en la mano. Abrió el cajón de una de las mesas de noche y encontró unas llaves. Se asomó por la ventana y oprimió el botón del llavero para saber cuál de los vehículos respondía. La camioneta de Jacobo sonó al desbloquearse.
—Perfecto, voy a sacarte de aquí —susurró y corrió escaleras abajo.
Con mucho esfuerzo levantó a la profesora, pero a mitad de camino el peso de Abigail la venció y ambas cayeron al piso. Quedaron sentadas frente a frente. Patricia sostenía la espalda de su maestra con una mano y con la otra le dio unas palmadas en la mejilla.
—¡Necesito que me ayudes! ¡Ponte de pie! ¡Eres una asesina de zoquetes! —gritó Patricia. Algunas lágrimas de frustración rodaron por su rostro. No tenía la fuerza suficiente para cargarla.
—¿Soy una asesina de zoquetes? —preguntó la profesora con los ojos entreabiertos.
—¡Eres la segunda asesina de zoquetes más grande de esta puta vida! —respondió la estudiante mientras la abrazaba y lloraba.
—¿Quién es la primera?
—Mi mamá —contestó Patricia al oído de la mujer.
—Tú eres… Eres Camila.
—No permitiré que te mueras aquí —dijo Patricia.
Se puso de pie y agarró a Abigail por la correa del pantalón para ayudarla a levantarse.
Esta vez la maestra sí respondió y las dos mujeres subieron a la camioneta de Jacobo. Patricia encendió la calefacción y manejó a toda velocidad sin dejar de hablarle.
—¿Cuál es tu tipo de sangre? —le preguntó Patricia.
—O positivo —contestó con esfuerzo la profesora.
Abigail divagaba por momentos y en otros recuperaba la lucidez. Gran parte del camino era oscuro y de tierra. Los resaltos las sacudían en sus asientos. Patricia la sostenía con una mano y mantenía la otra sobre el volante. Puso el teléfono en altavoz y llamó a emergencias.
—Llevo a una mujer con una herida por roce de bala en el hombro derecho. Hay desgarro de piel y músculo. Ha perdido mucha sangre. Es O positivo. Intentaron estrangularla y no sé por qué tiene la ropa mojada. Presenta signos de hipotermia. Estoy aproximadamente a veinticinco minutos de llegar.
—Gracias por sacarme de esa cabaña. Creo que, si hubiera muerto en ese lugar, pasaría la eternidad con ellos —dijo Abigail cerrando los ojos.
—No puedes morirte aún porque no hemos salido del infierno —respondió Patricia, intentando que Abigail recuperara la conciencia.
—Eres tan profesional como tu mamá —susurró la profesora.
En el hospital las esperaba un equipo médico preparado para atender la urgencia. Abigail fue llevada de inmediato al quirófano. Patricia caminó junto a la camilla hasta donde le permitieron.
—Ve por Simón. Ve por Simón. Dile que me perdone… —le pidió la mujer con angustia antes de perderse entre el tumulto de médicos que cerraron la puerta frente a Patricia.
La policía interrogó a la estudiante esa misma noche. Patricia les contó lo que sabía. Los agentes pidieron su teléfono celular. Mintió y dijo que lo había perdido en alguna parte del recorrido. El arma con la que mató a Elías quedó bajo custodia.
Joaquín y Alicia no tardaron en llegar. Los padres de Abigail tenían el rostro preocupado, pero no triste.
—¿Qué pasó? —preguntaron al mismo tiempo a la estudiante y al grupo de policías que estaba con ella.
—Jacobo y Elías eran amantes. Cuando Abigail los descubrió, intentaron matarla —explicó Patricia sin poder ocultar la satisfacción en su voz.
Simón
Joaquín se desmayó al escuchar las palabras de Patricia. La joven escondió disimuladamente los pies para evitar amortiguar la caída del hombre.
—¡No puede ser! —gritó Alicia sin socorrer a su esposo—. ¿Eran amantes? ¿Y dónde están ellos?
—Su hija los asesinó al defenderse —dijo Patricia. No pensaba quitarle la mitad de la victoria.
La mamá de Abigail se dejó caer sobre una de las sillas. Palideció y las manos comenzaron a temblarle.
El sol salió entre las montañas de la ciudad y con él llegó una horda de periodistas que se amontonó a las puertas del hospital. La noticia recorría diferentes medios.
—El polémico estratega político y la esposa del famoso pastor evangélico fueron asesinados por Abigail, después de que ella descubriera la relación clandestina que mantenía su marido con Elías, el líder religioso.
El pastor murió a manos de una estudiante de la licenciada en literatura.
La joven acudió al lugar para rescatarla —informaba una mujer perfectamente peinada frente a una cámara de televisión.
Poco a poco se unieron a la multitud los seguidores de la secta. Fanáticos que se negaban a creer lo que había sucedido. Patricia los observaba en silencio detrás de los cristales. Ocultó parte de su rostro con unas gafas negras.
El médico apareció en la sala de espera y se acercó a los padres de la profesora y a Patricia.
—Soy el cirujano que atendió a la señora Abigail.
La cirugía terminó hace unos minutos. Pudimos controlar el sangrado del hombro.
Si sigue con vida, es gracias a usted —dijo, dirigiéndose a Patricia—.
Sin embargo, lo que más nos preocupa en este momento son las lesiones causadas por la estrangulación.
Hay edema en la laringe y podría comprometer sus vías respiratorias en las próximas horas.
La mantendremos monitoreada en cuidados intensivos.
—¿Podemos hablar con ella? —preguntó Alicia.
—Todavía no. En un par de horas podrán entrar de uno en uno y por poco tiempo.
—Doctor, fue mi culpa. Si hubiera llegado antes, él no la habría estrangulado —dijo Patricia con la voz entrecortada.
—No fue su culpa. Le repito que, si continúa con vida, es por usted —respondió el cirujano mientras se retiraba.
—¿Quién es Simón? —preguntó la estudiante a los padres de Abigail.
—¿Por qué lo pregunta? —respondió Joaquín.
—Ella me pidió que fuera por él. Que le dijera que la perdonara.
El hombre se quedó en silencio por un rato.
—No es nadie —respondió bajando la mirada.
—Joaquín, por favor —le reprochó su esposa—. Simón fue su novio, su primer novio.
—¿Dónde puedo encontrarlo? ¿Qué hace él?
—Es escritor.
—¿Escritor? ¿Cuál es su apellido? Si es escritor, debo conocerlo.
—No necesita ir por él. Vendrá apenas se entere de lo que ocurrió —dijo el padre de Abigail.
Esa misma noche se cumplieron las palabras de Joaquín. Simón llegó al hospital y enseguida fue rodeado por un enjambre de periodistas que no se movían del lugar.
—¡Simón! ¡Simón! —gritó la primera reportera que lo reconoció. Las gafas negras y la gorra oscura que llevaba sirvieron de poco para esconder su identidad.
—Simón, usted fue el primer novio de Abigail, ¿verdad? ¿Qué puede decirnos de todo esto? —dijo otra.
—¿Sabía usted que Jacobo era gay? —preguntó el más osado, que casi le estrelló el micrófono en la cara.
Simón intentaba abrirse camino, pero el grupo se cerró aún más. Los micrófonos lo rodeaban.
—Por favor, necesito entrar —pidió con la cabeza agachada para evitar las cámaras.
—¿Abigail lo contactó? ¿Todavía la ama? —seguían preguntándole mientras lo acorralaban, esperando obtener alguna respuesta.
Un policía que permanecía en la entrada del hospital abrió paso para que finalmente pudiera ingresar.
—¿Simón Valencia… es el exnovio de mi profesora? —susurró Patricia, sorprendida al reconocer al famoso escritor, y se acercó a él.
—Hola. Soy Patricia, la estudiante de Abigail…
—Gracias por salvar su vida. ¿Cómo está ella?
—Estable, pero continúa muy grave. No se sabe cómo va a evolucionar en las próximas horas.
—Espérame un momento, por favor —le pidió Simón al darse cuenta de que al fondo de la sala estaban los padres de su exnovia.
Caminó hacia ellos y se quitó la gorra. Patricia lo acompañó sin decir una palabra.
—Señor Joaquín, señora Alicia, siento mucho esto. Ojalá todo hubiera sido diferente.
—Gracias —respondió la mujer. Su esposo se mantuvo en silencio, sin mirar a Simón a los ojos.
—Ella quiere verlo —dijo Patricia.
Después de escuchar las recomendaciones del médico para la breve visita, Simón entró a la habitación de Abigail. Estaba despierta.
—Me advirtieron que no debía hacerte hablar —dijo mientras le entregaba una pequeña pizarra acrílica y un marcador. Luego sacó del bolsillo varios caramelos y los dejó sobre la cama.
—¿Sigues robando los dulces de la fiesta de tu prima? —escribió Abigail con esfuerzo.
—No. Ahora los robo de la fiesta de mi hija.
La profesora tardó en hacer la siguiente pregunta. Saber que Simón tenía una hija la sorprendió.
—¿Te saludó mi papá?
—Sí. Me agradeció por venir.
La mujer borró la tinta.
—Mentiroso —escribió.
—Algunas cosas jamás cambian —respondió Simón.
—¿Qué pediste para mí aquel día en ese papel? —preguntó Abigail con voz débil. No usó el tablero.
—Abigail será libre.
La profesora sonrió y apretó la mano de Simón.
—Ya lo soy.
El hombre se despidió de ella con un beso en la mejilla. Recorrió en silencio el pasillo hasta la sala, donde volvió a encontrarse con Patricia y los papás de Abigail.
—¿Cómo está? —preguntó la estudiante.
—Libre, como nunca la había visto —contestó Simón antes de salir sin despedirse de los padres de Abigail.
Patricia lo vio alejarse a través del cristal. Le llamaron la atención los mensajes de las pancartas que sostenían los seguidores de la secta de Elías: «¡Abigail y Patricia, mujeres del demonio!», «¡Justicia para nuestro pastor!», «¡Brujas!».
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Hasta ese momento, la estudiante había permanecido atrincherada en el hospital, evitando a la prensa. Su versión de los hechos se filtró a los medios y el escándalo ya era nacional.
Después salió sonriendo. Caminó con esfuerzo, pero sin detenerse, entre el río de personas que la rodeaban.
Al llegar a su apartamento saludó a sus gatos y se desnudó frente al espejo.
Se detuvo un rato a contemplar su cuerpo.