Capítulo 20 de la novela de Patricia #8
Era atlética: tenía las piernas largas, el abdomen plano y unos senos no muy grandes que permanecían firmes.
Luego se metió en la tina y se sintió liviana, como si el agua la liberara del peso de sus pecados. Recordó a sus dos madres: la que la vendió y la que la rescató. Ambas le dieron lástima. Lloró por las dos.
Al salir se cubrió con una toalla, encendió la televisión y volvió al baño para cepillarse los dientes. En todos los canales locales transmitían la noticia:
Acaba de fallecer la docente que destapó los secretos de la Iglesia Los Últimos Creyentes, protagonista de uno de los mayores escándalos religiosos y políticos.
La profesora de literatura había permanecido hospitalizada desde los hechos en el campamento de la organización religiosa. El caso provocó una intensa cobertura mediática y dividió a la opinión pública…
La estudiante escuchó al periodista y, con una tranquilidad que no reflejaba lo que realmente sentía, escupió la crema dental y terminó de cepillarse.
Se sentó en la cama y tomó su celular. Vio por completo el video que Abigail alcanzó a compartirle, en el que Elías le practicaba sexo oral a Jacobo. Después, lo publicó en internet y se acostó a dormir.
Al día siguiente madrugó, se vistió para el funeral y, antes de salir, dejó sus gatos al cuidado de Martha, su antigua compañera de trabajo, que era lo más parecido a una amiga que tenía.
Se despidió de Whisky abrazándolo con todas sus fuerzas.
Luego hizo lo mismo con Minnie, sin importar que su ropa se llenara de pelos.
Mientras manejaba se enteró por la radio de que encontraron sin vida a Paulina, la mamá de Jacobo. Una sobredosis de sedantes causó su muerte. Todo indicaba que no pudo soportar la pérdida de su hijo.
Patricia fue la primera en llegar y estacionó su viejo Beetle frente a la iglesia. Revisó varias veces la carta que le había escrito su profesora. No quería equivocarse durante la lectura. El último deseo de Abigail era que Patricia la leyera.
Un automóvil lujoso pero discreto se detuvo detrás de ella. La estudiante acomodó el espejo retrovisor para verlo mejor. Era Simón. Al reconocerlo, salió del vehículo y fue a tocar la ventana del famoso escritor.
—¿Patricia? —dijo el hombre mientras bajaba el vidrio oscuro.
—Sí. Llegaste muy temprano.
—Los últimos en llegar son los que más llaman la atención. Prefiero pasar desapercibido —respondió Simón quitándose las gafas negras. Sus ojos delataban la tristeza que su voz escondía.
—¿Por qué no peleaste por su amor? —preguntó Patricia sin sutileza. Pareció más un reclamo que una duda.
Simón tardó en responder. Dejó las gafas sobre el asiento del pasajero y permaneció un rato sin mirar a la mujer.
—Discúlpame, no quise ser impruden…
—No lo eres. No eres imprudente. Solo que de vez en cuando me hago esa misma pregunta.
—¿Y aún no encuentras la respuesta?
—De hecho, es lo contrario. Son muchas respuestas. Elegí pensar que nadie puede escapar de su destino. No había forma de evitar que hoy tú y yo estuviéramos aquí esperando para despedirla.
Patricia sonrió sin quitarle la vista de encima a Simón.
—¿Crees que soy un cobarde?
La estudiante se sorprendió por la acertada intuición del escritor.
—Sí.
—Esa es otra opción.
—¿Te arrepientes?
—Mis libros son más cinematográficos que literarios porque el cine me ha influido más que la literatura. Hay una escena de Forrest Gump en la que Jenny le lanza piedras a la casa donde vivió de niña y sufrió los abusos de su papá. Luego cae al suelo y llora.
—Vi la película.
—Creo que Jenny llora no por recordar el infierno que pasó, sino por lo que ya nunca pudo ser ni tener. Un papá a quien amar y que la protegiera. Una infancia feliz. La destruye darse cuenta del tiempo perdido, de lo que se arruinó para siempre y de que ya no puede repararse.
—Entiendo lo que tratas de decir.
La primera camioneta de un canal nacional de noticias se acercó e interrumpió la conversación. Un bus de la secta Los Últimos Creyentes también se estacionó muy cerca. De él bajaron varios fieles con pancartas en las manos.
—¿Viste el video del pastor y su amante? —le preguntó Patricia a Simón.
—Sí. Igual que ellos —respondió, girando la cabeza para observar mejor a los fanáticos de Elías.
—Insisten en creer a pesar de las evidencias.
—No los juzgues. La fe es lo único que tienen y la defenderán con su vida. Todos creemos en algo. ¿Tú en qué crees? —le preguntó Simón.
—En la justicia. ¿Y tú?
—En el destino —contestó el hombre mientras volvía a ponerse las gafas.
Luego ambos entraron para no seguir escuchando a los creyentes que cantaban y juraban que su líder fue poseído por un demonio.
Poco a poco fueron llegando los familiares y amigos de Abigail. Ningún integrante de la familia de Jacobo estuvo presente. En medio de la misa, Patricia salió por un momento. Al regresar, la esperaban para que leyera la carta que su profesora le había escrito.
La estudiante subió los escalones hasta el frente del templo y dejó la hoja sobre un atril de madera tallada. Saludó a los asistentes y ubicó con rapidez a los padres de Abigail. La orquesta de la iglesia acompañó su lectura con una adaptación de Adagio para cuerdas, de Samuel Barber.
Acabo de leer el borrador de tu novela. Y no quiero hablar de él. ¿Para qué? Un buen libro no te hace analizar su historia, sino la tuya, la del lector. Un buen libro es un espejo que refleja eso que guardas dentro y te niegas a ver.
Y lo que me mostró tu historia es que he sido una cobarde.
No veo a mi papá con los ojos de una adulta, sino con los mismos ojos de esa niña que le temía a su ira.
Y es esa niña la que ha tomado decisiones a lo largo de mi vida, la que me trajo hasta acá.
Porque cuando te alejas de tus miedos sin vencerlos, solo cambian de rostro y tarde o temprano te encuentran.
Hace un rato, un hombre intentó estrangularme frente a otro que juró protegerme, que prometió en un altar sagrado ser mi guardián. Casarme con él fue una de esas decisiones que tomó la niña que temía la ira de su papá. Y no estoy culpándolo; era yo quien tenía que haber sanado a esa niña.
No cometas mi error. Sé libre. Me dijiste en el bar que solo la muerte nos da la libertad que la vida nos niega, pero esperar a morir para ser libres también es una forma de rendirse.
La libertad verdadera está en la lucha: sin confiar en la victoria, sin temerle a la derrota.
Somos libres al resistir. Y esta noche voy a ser libre por primera vez en mi vida.
Con el mismo silencio con el que subió para leer la carta, Patricia bajó los escalones y regresó a su asiento.
La misa continuó y, al terminar, los asistentes acompañaron el féretro hasta un pequeño cementerio privado detrás de la iglesia, donde le dieron el último adiós a la profesora de literatura.
Simón se mantuvo alejado. Vio cómo el cuerpo de la mujer que tanto amó descansaba en un cajón de madera que cubrieron de tierra. Antes que todos los demás, se marchó sin despedirse.
Algunas personas consolaron a los papás de Abigail.
Patricia esperó con paciencia. Al acercarse Joaquín y Alicia a su auto para iniciar el viaje de regreso, vieron que una de las llantas estaba desinflada.
—¡Yo puedo llevarlos! —dijo Patricia, que los había seguido sin que la notaran.
Aunque al principio se rehusaron, terminaron aceptando cuando les aseguró que quedaba pendiente un mensaje de su hija para ellos.
Al subir, la joven se abrochó muy bien el cinturón. Joaquín y Alicia se sentaron sin protestar. Poco les importó que sus cinturones no sirvieran: el trayecto no era muy largo y solo querían llegar a su casa.
—Heredé este Beetle y otras cosas que me hacen ser lo que soy hoy —dijo Patricia mientras empujaba con un dedo el viejo casete que sobresalía de la ranura del radio.
Con algo de interferencia por el desgaste de la cinta, empezó a sonar Girls Just Want to Have Fun, de Cyndi Lauper. Patricia pisó el acelerador hasta el fondo y giró el volante para dirigirse a toda velocidad hacia un pesado camión que se veía a lo lejos.
—¡Mi mamá amaba esta canción! —gritó la asesina de zoquetes.
FIN.