Los Últimos Creyentes Capítulo 20 de la novela de Patricia #6
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Capítulo 20 de la novela de Patricia #6

—Contarías lo que sabes. El pastor vive de su credibilidad.

—Manejas muy rápido, Salomé.

—Quiero salir ya de esta pesadilla.

Abigail, usando la mano que aún le respondía, desprendió el llavero de supervivencia que llevaba en uno de los pasadores del pantalón y golpeó con él el rostro de la conductora. La punta rompecristales le arrancó parte del ojo.

Salomé gritó y perdió el control del vehículo. Abigail se aferró al volante, pero no consiguió enderezarlo. El auto salió del camino, dio una vuelta y quedó volcado sobre el techo.

Durante unos segundos, Abigail permaneció desorientada, suspendida por el cinturón. Le dolía todo el cuerpo. Salomé no paraba de lanzar gritos desesperados.

—¿Podrías dejar de gritar? No puedo concentrarme para sacar mi cuchillo. No es fácil con un solo brazo —dijo Abigail.

Con dificultad tomó el mini Jagdkommando y se lo clavó a Salomé en la garganta. Cuando sus lamentos cesaron, Abigail dejó caer la cabeza contra el asiento y descansó.

Cortó el cinturón con el cortacinturones del llavero y salió a rastras del automóvil.

A su derecha, al otro lado de un matorral de zarzamoras, se encontraba la cabaña. Al fondo de la carretera, tan lejos que apenas alcanzaba a distinguirlo, vio la enorme figura del ministro. Los dos iniciaron su carrera al mismo tiempo.

Abigail decidió cruzar el matorral. Las ramas espinosas se enganchaban en el pantalón y dificultaban cada paso. Algunas lograban atravesar la tela y le rasgaban las piernas como diminutas navajas.

La cabaña

Abigail terminó de cruzar el matorral de zarzamoras y entró.

Elías se detuvo junto al automóvil accidentado. Se acercó a Salomé y comprobó su muerte. No le importó.

Caminó despacio hacia la cabaña. La sangre de los cortes provocados por las espinas manchaba sus pantalones. Disfrutaba el dolor. Arrancó algunos frutos de las ramas y se los llevó a la boca. Su furia se había transformado en una extraña calma.

Entró por el ventanal roto. La puerta principal estaba asegurada. Abrió la nevera y se sirvió agua en un vaso de cristal.

Conectó su teléfono al parlante. Buscó en su lista de música «Careless Whisper», de George Michael, y la dejó reproduciéndose a un volumen moderado.

Jacobo seguía desnudo en el sillón, con la cabeza y los brazos descolgados.

Elías tomó dos sorbos y dejó el vaso casi lleno sobre la mesa del comedor.

Comenzó un baile sensual al ritmo de la canción, el himno de su amor prohibido.

Se desabotonó la camisa lentamente mientras se acercaba a Jacobo.

Se bajó el pantalón y la ropa interior y, cuando cayeron al suelo, los pateó como parte de su exagerada y teatral presentación.

—Voy a girar y me vas a tocar las nalgas —dijo.

—Entiendo cómo funciona un striptease, no te preocupes —se respondió a sí mismo, imitando la voz de Jacobo.

Abigail, escondida debajo del sofá más grande, frente a la escena, sintió un miedo distinto. No era el miedo a morir que la había hecho correr, soportar el dolor del disparo y sobrevivir a la hipotermia. Era el terror de presenciar ese espectáculo macabro y perturbador.

Elías tomó las rígidas manos del muerto y las llevó hasta sus propias nalgas. La canción terminó y volvió a empezar.

—¿Y esa ramera puede moverse así? —preguntó el ministro.

El líder de la iglesia se sentó sobre su amante. Intentó sin éxito provocarle una erección y simuló tener sexo con él. Su excitación era real.

—Dime que eres mío y usas a esa ramera como fachada. ¡Dímelo!

—¡Soy tuyo y esa ramera es solo una fachada! —gritó, fingiendo ser Jacobo otra vez.

Se giró rápidamente y eyaculó encima del cadáver.

Abigail se tapó la boca con una mano. Empuñó el cuchillo. Sentía desprecio por el hombre que la engañó durante tanto tiempo.

—Ojalá reviviera para volverlo a matar —pensó.

—¡Rameraaaaaaaaaa! ¡Sé que me estás escuchando! Cuando Jacobo me habló de ti por primera vez, parecía convencido de que tú eras esa esposa que no hacía preguntas. Pero al conocerte me di cuenta de que eras una perra pretenciosa. Disfruté humillarte hoy.

Elías se tumbó en el sofá bajo el que Abigail se escondía. La mujer dudó en clavarle el cuchillo en uno de los talones. Podía hacerlo.

«¿Y luego qué? Aun con un talón apuñalado me vencería fácilmente. Si antes tenía pocas posibilidades de ganarle en un combate cuerpo a cuerpo, con un solo brazo sería imposible. Cuando vaya a buscarme por las habitaciones, salgo corriendo de nuevo», pensó.

—Jacobo siempre me concedía un deseo el día de nuestro aniversario —dijo Elías, poniéndose de pie para beberse el resto del agua—. ¿Sabes cuál fue el regalo que pedí? Adivina.

—«¡Mi Serafín, quiero maltratar a la ramera!», le dije. Por eso esperé el exorcismo de hoy contando los segundos. Golpearte fue mi obsequio de aniversario. ¡Ja, ja, ja! Pero me dejé llevar por la emoción y casi te mato.

El ministro volvió a sentarse. Abigail permanecía inmóvil y en silencio.

—¿Ramera, crees que puedes engañarme? —preguntó Elías.

Metió una mano bajo el sofá y agarró a Abigail del pelo. Tiró de ella con violencia hasta sacarla por completo.

Desde el suelo, Abigail lo veía aún más grande de lo que era. Sostenía un cuchillo. Elías se lo arrebató con facilidad, se arrodilló sobre ella y le rodeó el cuello con las manos.

Una vez más, intentaba estrangularla. Abigail, con la mano que aún le respondía, sacó del bolsillo el mini Jagdkommando y lo hundió por debajo de las costillas del gigante.

—Te dije que ibas a morir… en esta maldita cabaña… —dijo la mujer con esfuerzo.

Al entrar, Abigail había tomado un cuchillo de la cocina para despistarlo. Recordó las palabras del vendedor de la tienda: «Siempre sorprende a tu rival».

La puñalada apenas le arrancó un suspiro al corpulento hombre. Sus manos perdieron algo de fuerza, pero continuó estrangulándola. Abigail no lograba liberarse.

Elías le quitó el Jagdkommando y lo lanzó lejos.

—Prefiero estrangularte poco a poco a apuñalarte —dijo mientras le apretaba el cuello.

Abigail hizo todo lo que pudo. No le quedaban más recursos para enfrentarlo.

Patricia

«Mantente viva mientras llego» fue el último mensaje que Patricia le escribió a su profesora. No podía dejar de pensar que debía ir cuanto antes por ella. Un mal presentimiento alteró su tranquilidad. Aún le faltaba más de medio turno para terminar su jornada. Abigail no había respondido.

—Martha, te pago el doble si me cubres el resto del turno. Debo irme —le propuso Patricia a su compañera.

—Te ayudaría si no estuviera mi hijo enfermo. Debo llegar rápido a la casa para hacerme cargo de él.

Sin otra opción, Patricia decidió hablar con su jefe.

—Señor Ricardo, tengo una urgencia y necesito irme.

El hombre estaba sentado en una de las sillas del restaurante viendo una pelea de boxeo en el único televisor del lugar. Levantó una mano para indicarle que se alejara. Patricia se quedó esperando una respuesta.

—Es algo de vida o muerte… —insistió.

—¿Cree que porque está en la universidad es mejor que todos los que trabajamos aquí? —le preguntó su jefe.

—No, no creo eso.

—¡Sí, sí lo cree! ¿Pretende que la deje salir temprano un fin de semana?

—Es urgente. Muchas veces he doblado mi turno y no he cobrado de más…

—¿Ahora estoy en deuda con usted? Recoja sus cosas y lárguese. Nunca me agradó. Es muy linda. Parada en una esquina se gana en una sola noche lo de un mes de salario aquí.

Patricia fue a su casillero y, sin quitarse el uniforme, sacó su mochila. Se despidió de Martha y del resto de sus compañeros. No tenía tiempo que perder. Ricardo le pagó lo trabajado hasta ese momento. Arrojó los billetes al piso. Patricia los recogió y salió sin decir una palabra.

Se subió a su viejo auto, un Beetle del 68 de color beige arena.

Las puertas habían perdido las manijas interiores, excepto la del conductor.

El único cinturón de seguridad que funcionaba era el de su asiento, y Patricia lo sustituyó por uno de cinco puntos, tipo rally.

También cambió el volante original por uno más pequeño y acolchado.

Pasó por su apartamento para recoger el arma y siguió hacia el Valle del Zorro.

En el camino vio una notificación de Abigail que no había revisado.

La abrió. Sonrió y aceleró. Poco menos de hora y media después se acercaba a su destino.

Se detuvo un kilómetro antes de llegar para evitar que pudieran verlo desde la cabaña.

Continuó a pie con prisa mientras la brisa levantaba su vestido de mesera.

A unos cuatrocientos metros encontró el automóvil volcado con el cadáver de Salomé adentro.

La piel de la mujer tenía un tono blanco grisáceo. Sus brazos colgaban hacia el techo del vehículo.

Patricia sacó una linterna y examinó la herida en la garganta de Salomé. Por su forma, le pareció reconocer la marca del Jagdkommando.

—Fue Abigail —pensó.

Observó el camino hasta la cabaña. Atravesar el matorral de zarzamoras era la ruta más rápida.

Comenzó a cruzarlo, pero el primer corte le hizo entender que no podría hacerlo con el vestido que llevaba.

Volvió al automóvil y luchó para quitarle los pantalones vaqueros a Salomé.

Se los puso y regresó al matorral. Las espinas aún alcanzaban a rasguñarle las piernas, pero era soportable.

Se acercó con cuidado. La puerta principal estaba cerrada. Se escuchaba música y alguien hablaba en el interior. Rodeó la cabaña y, al descubrir el ventanal destruido, vio a un hombre enorme y desnudo sobre su profesora.

—¡Solo quedamos tú y yo, ramera! ¡Somos los últimos creyentes! —gritó Elías antes de soltar una carcajada.

Patricia sacó su revólver y disparó a la cabeza del ministro sin titubear. Él no supo que lo habían matado y Patricia tampoco se molestó en avisarle.

Abigail, aunque perdía la conciencia, reconoció a su estudiante.

—Lo hice bien. Me mantuve viva —dijo con dificultad.

Patricia miró a su alrededor con el arma levantada. Se arrodilló junto a Abigail y observó la grave lesión en el hombro de su maestra. El cuello y el resto de su cuerpo tenían las marcas de la lucha. Buscó unas vendas en la mochila y presionó la herida para contener el sangrado.