Capítulo 20 de la novela de Patricia #5
Toca la puerta varias veces y huye. No hay un abrazo ni un beso de despedida. La persigo a lo que dan mis pequeños pasos y, en mi afán por alcanzarla, tropiezo y caigo al suelo sin dejar de mirarla. Temo que, si la pierdo de vista, se irá para siempre.
Jacobo lloraba. Llevaba mucho tiempo sin hacerlo.
—Hoy, treinta años más tarde, veo alejarse a una persona que amo con todo lo que tengo y lo que me falta, con lo que soy y lo que sueño ser, con mi vida y con mi muerte.
La muerte es incluyente, no discrimina. La vida, en cambio, aparta a los desamparados, margina a los afligidos, descarta a los que no tuvimos la culpa de ser lo que somos y persigue al hombre que ama a otro hombre.
Espérame, muerte. Allá voy. Acógeme con tus fríos brazos.
Recibe lo que tu rival ha desechado —finalizó el ministro, acostándose a su lado.
—Nunca me habías contado lo del orfanato —dijo Jacobo.
—Hay muchas cosas de mí que no te he contado.
—Quiero saberlas todas. ¿Cuánto tiempo estuviste?
—¿En el orfanato?
—Sí.
—Me escapé a los catorce años. Abrázame fuerte —le pidió Elías a Jacobo, empujando su cuerpo contra el de él.
—Más fuerte no te puedo abrazar. ¿Para dónde te fuiste?
—A vivir en secreto en una casa que alquilaba el abogado que se encargaba de legalizar las adopciones.
—¿Como su hijo?
—Como su amante. Éramos tres. En cada visita elegía con cuál dormir. Yo era su preferido.
—Tenías que ser el más lindo.
—No era por belleza. Le ofrecía mejor sexo que los otros dos.
—¿Cómo?
—Dejaba que me golpeara.
—Lo siento mucho.
—No estuvo mal. Lo disfrutaba. Solo no quiero volver a perder a alguien que amo.
—No me perderás.
—Tú eres un año mayor que yo. ¿Qué hacías a los quince años? —preguntó Elías.
—Me gradué de la secundaria.
—Ja, ja, ja. Yo a esa edad seguía en la primaria. ¿Por qué terminaste tan pronto?
—Me promovieron dos grados por mis buenas calificaciones.
—Ja, ja, ja. ¿Eras un nerd?
—Aún lo soy. Estudiar se convirtió en mi refugio, un espacio donde podía controlar lo que sucedía. ¿Cómo encontraste a Dios?
—El abogado pertenecía a un culto cristiano. Nos enseñó la palabra de Dios. Orábamos todas las noches.
—¿Te enamoraste de él?
—Creí que lo estaba. Lloré su muerte.
—¿De qué murió?
—Un infarto fulminante en su oficina.
—Ya pasó lo peor. Ahora nos tenemos el uno al otro —dijo Jacobo mientras besaba la cabeza de Elías.
«Si estás atravesando el infierno, sigue caminando»
Elías salió con la mira de visión nocturna instalada en el rifle. Le permitía distinguir con nitidez el terreno en blanco y negro. Se esforzaba por respirar con calma, pero la furia era incontrolable. Buscó primero a la izquierda. No vio a Abigail. Giró hacia la derecha.
—Ahí estás, ramera asquerosa.
Apuntó a la mujer, que parecía un fantasma mientras corría esquivando los obstáculos.
Disparó y falló.
El temblor en sus manos le hacía perder precisión. La profesora se detuvo y se escondió detrás de un pino joven. El ministro dejó el arma en el suelo y se dio varias bofetadas.
—¡Cálmate! ¡Le prometí a mi Serafín llevarle la cabeza del demonio! —se recriminó.
La mujer permaneció inmóvil, con el cuerpo pegado al árbol.
Entonces notó una oruga cubierta de miles de pelos que bajaba por su brazo.
Instintivamente se la quitó de un manotazo; las diminutas fibras del insecto se clavaron en su piel como agujas, obligándola a agacharse por el dolor y, al mismo tiempo, salvándole la vida.
La bala atravesó el pino y rozó el hombro derecho de la profesora. En su trayectoria le arrancó una franja de piel y músculo. No logró derribarla, pero le adormeció el brazo.
—No puedo esconderme —pensó.
Reanudó la carrera siguiendo un trayecto errático, no un simple zigzag. Recordó haber leído en un libro sobre la Segunda Guerra Mundial que correr de manera impredecible podía dificultarle la puntería a un francotirador. Alternó piques rápidos con frenadas bruscas.
El siguiente disparo le pasó tan cerca que creyó que también la había herido. El sonido del agua le devolvió la esperanza. Después de comprobar que ni siquiera un pino servía de protección, supo que cualquier impacto directo la mataría.
—Señor, guía esta bala sagrada y haz justicia por mi amado Serafín —oró Elías antes de apretar el gatillo.
El tiro no salió. El rifle se atascó.
Abigail se lanzó al arroyo. Apenas había sentido el frío de la noche, pero el agua estaba casi helada.
Sumergirse le cortó la respiración. Luchó por mantenerse a flote.
Se dejó llevar por la corriente. Su cuerpo empezó a entumecerse.
Nadó hasta la orilla mientras un hormigueo intenso y eléctrico la recorría de la cabeza a los pies.
Se encogió en posición fetal. Si no hacía algo, moriría de hipotermia.
Los temblores la sacudían con tanta violencia que apenas podía controlar sus movimientos.
Se quitó la ropa, escurrió las prendas y volvió a vestirse.
Se puso las botas y dejó las medias húmedas.
Después se enterró bajo una gruesa capa de hojas secas.
Se frotaba el cuerpo con un brazo; el otro seguía sin responder.
No sentía dolor. La luz de la luna se colaba entre las ramas de los pinos. Al igual que Patricia, el personaje del libro, no contuvo el impulso de exponerlos, de demostrarle al mundo que tenía razón y no estaba loca.
Patricia pudo asesinar a Cacahuate antes de que la violara. Abigail tuvo la oportunidad de continuar con su actuación hasta salir del peligro, sin intentar desenmascarar a los amantes. Ninguna de las dos ignoró lo que le pedían sus instintos. Ser libres era obedecerlos.
En la cabaña, Elías regresó junto al cadáver de Jacobo.
—Mi Serafín, la ramera se cree con suerte. Te prometo que dejará su vida en este lugar. Te amo. Yo siempre te he amado. Desde el primer día que te vi llegar a la iglesia, mi corazón fue tuyo.
El ministro fue a su habitación y no encontró a Salomé. No le importó. Salió con una potente linterna y corrió con la agilidad que le habían dado años de entrenamiento como triatleta.
—Señor, creador del universo, otórgame la justicia que merezco. Permíteme matar a la ramera —rezaba Elías sin detenerse.
Alumbró el suelo y siguió el rastro de sangre hasta el arroyo. Las manchas terminaban en la orilla. Continuó rezando. No sabía cuánto podía haberla arrastrado la corriente ni si se había ahogado.
Después de caminar por un buen rato, se arrodilló y alzó las manos al cielo.
—Padre amado, soy una víctima de tus siervos.
Fueron tus fieles los que me robaron la oportunidad de amar sin esconderme; fue tu iglesia la que nos persiguió.
Te exijo que me concedas mi venganza. Si existes y me la niegas, eres un Dios mezquino y miserable.
¡Estás en deuda conmigo! —gritó con desesperación el ministro.
Alumbró de nuevo a su alrededor y encontró, entre la hojarasca, un par de medias húmedas. Dedujo que eran de Abigail. Se acercó y distinguió a lo lejos la carretera.
—¡Me confirmaste tu existencia! ¡Ja, ja, ja! ¡Eres un Dios piadoso y justo! ¡Te amo!
Unos minutos antes de que Elías tuviera su epifanía, Abigail se había puesto de pie.
Intentó encontrar la carretera. Patricia vendría por ella.
La oscuridad, los árboles que lucían iguales y la angustia del momento hacían casi imposible saber hacia dónde ir.
Caminó sin alejarse del arroyo. El dolor de su hombro empezaba a despertar.
Extrañamente, no sangraba demasiado. La falta de movilidad del brazo, sin embargo, le hizo entender que la herida sí era grave.
Las botas le pesaban como si fueran de plomo.
La ropa húmeda le helaba el cuerpo y los sonidos de los animales parecían lamentos de espectros.
Cada paso le costaba más que el anterior.
No supo cuánta distancia había recorrido, pero cuando el cansancio y el miedo empezaban a vencerla, vio la meta. Allá, a lo lejos, la carretera. Llegó y se sentó. La mano que tocó a la oruga estaba inflamada y roja. Su escritora favorita no tardaría en recogerla.
Las luces de un automóvil iluminaron el camino. Con esfuerzo se levantó y fue a su encuentro. Era Salomé, que la ayudó a subir.
—¡Dios! ¡Tu hombro! —dijo al verla de cerca.
—Tu esposo era amante del mío. Maté a Jacobo.
—¡Lo sé! Yo también salí corriendo. Escuché el disparo del rifle de Elías, fui a ver qué ocurría y me encontré con el cadáver de Jacobo. Luego vi a Elías confesarle su amor. ¡Necesitas ir a un hospital!
—No, aún no.
—¿Por qué?
—Porque mi estudiante me rescatará.
—¿Tu estudiante?
—Patricia viene por mí. No puedo dejarla sola con este psicópata.
La esposa del ministro apartó con cuidado el pelo del rostro de Abigail, encendió el auto y condujo a toda prisa por el camino de tierra.
—¿Por qué te devolvías? —preguntó la profesora.
—Manejé por un rato, pero decidí regresar a la cabaña.
—Eso no responde mi pregunta.
—Abigail, ¿sabes algo de mi pasado? Empecé a prostituirme en las calles a los trece años.
Mi adolescencia se fue pronto y con ella mis mejores clientes.
Un día, cuando chupaba un pene por el mismo dinero que hoy dejo de propina en un restaurante, un hombre detuvo su lujoso auto frente a mí, bajó la ventana y me hizo una seña. Me acerqué.
—Te haré la mejor propuesta de tu vida —me dijo.
Entré. Con él podía hacerlo por placer.
—¿Qué me vas a ofrecer? ¿Drogas? —le pregunté.
—¿Quieres jugar a ser mi esposa?
Al principio pensé que se trataba de uno de esos juegos de roles perversos. Me explicó que no lo era.
—Tu trabajo será fingir que estamos casados. Te llevaré a vivir a mi palacio. Podrás tener drogas, amantes, cirugías estéticas, tu propia tarjeta de crédito…
Cumplió cada una de sus promesas. A cambio, yo solo tengo que actuar como una esposa sumisa, obediente, perfecta. Somos la pareja modelo para mostrarles a sus fieles que una mujer sí se puede domar con la fe.
—Y te arrepentiste de huir. ¿Por qué renunciar a un cuento de hadas por alguien a quien casi no conoces? —dijo Abigail.
—¡Exacto! Sabía que ibas a entenderme.
—Si me llevas a esa cabaña, tu esposo me matará.
—Él cargará con la culpa.
—Tú eres cómplice. Pudiste devolverte y decir que nunca me viste.