Los Últimos Creyentes Capítulo 20 de la novela de Patricia #4
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Capítulo 20 de la novela de Patricia #4

—¡Quiero bajar a la playa! —dice la mujer mientras se pone el traje de baño.

—¡Hazlo! Yo te alcanzo en un rato. Tengo que resolver unos asuntos de trabajo.

—Estamos de luna de miel.

—Lo sé, Abi. No estoy diciendo que no iré. Dije que lo haré más tarde.

—Entonces te espero aquí.

—No, ve. De hecho, preferiría algo de privacidad. Voy a realizar algunas llamadas y me concentro mejor solo.

Abigail, una vez más, no se opone a la petición de Jacobo.

«Bueno, no es grave. Es un hombre con una profesión exigente. Hay mucho poder y dinero en juego en cualquier campaña política», piensa.

Horas después, Jacobo se encuentra con su esposa, que aprovecha los últimos rayos de sol de la tarde para broncearse.

—¿Estás lista para salir esta noche? —pregunta Jacobo.

—¿Quieres? —duda Abigail al notar el cambio de actitud de su esposo.

—¡Es nuestra luna de miel! ¡Quiero ir de fiesta y, cuando regresemos al hotel, hacerte el amor!

—¡Ja, ja, ja! ¡Me gusta ese plan!

—Ten, tómame unas fotos —dice Jacobo, entregándole su celular—. Amo las fotos en la playa.

La sesión de fotografías es más larga de lo que pensaba su esposa. En la noche, Abigail se arregla para la cita. Tarda en maquillarse. Lleva un vestido corto, negro, con lentejuelas, ceñido, con escote palabra de honor y un corte entallado que sigue la forma de sus caderas.

Jacobo la espera en la recepción. Ha bajado antes para solucionar un problema con la tarjeta de crédito, que se ha bloqueado al detectar transacciones internacionales.

—¿Listo para salir de fiesta? —pregunta Abigail, acercándose por detrás para hablarle al oído.

Él la mira de pies a cabeza. Sonríe. Termina de firmar unos papeles y la toma de la mano.

—No puedes ir así —le dice mientras regresan a la habitación.

—¿Así cómo? ¿No estoy linda?

Durante el resto del recorrido, Jacobo no habla. Al entrar a la suite, se sienta en una de las sillas del comedor y le ordena que se quede quieta frente a él. La observa, deteniendo la mirada en cada parte de su cuerpo.

—Absolutamente hermosa. Pero estaría loco si permitiera que usaras esos botines con ese vestido.

—¿Qué? ¿Qué tienen los botines?

—Ja, ja, ja. No es tu culpa que no lo sepas. Eres profesora de literatura.

Abigail lo mira con indignación. Espera la explicación de su esposo.

—Los botines terminan justo en el punto más ancho de tus tobillos. Eso crea una línea horizontal que corta las piernas, lo que te hace ver más bajita y con las piernas gordas.

—¿Gordas?

—Sí, pesadas.

—Tu vestido de lentejuelas tiene mucha información visual. Brillo, textura, reflejos… Los botines no son discretos. Son llamativos, por lo que creas dos bloques de atención. No puedes quitarle protagonismo al vestido.

—¿Algo más?

—Cámbiatelos. Sería un atentado contra la moda salir así del hotel.

—Jacobo, no tengo más. Solo traje un par de zapatos para la noche.

—Ja, ja, ja. Sospechaba que me darías esa respuesta.

El hombre toma el teléfono para llamar a recepción.

—Sí, hola. ¿Las tiendas están abiertas? Gracias, ya vamos para allá.

Cuelga y se levanta emocionado. Vuelve a tomar a Abigail de la mano.

—¡Vamos de compras!

Después de comprar unos zapatos para reemplazar los botines de Abigail, salen hacia la discoteca. La profesora de literatura no se sienta ni un instante. Su esposo resulta ser un experto e incansable bailarín.

—Si quieres tener sexo cuando lleguemos, no puedo bailar más —dice Abigail, agotada.

—Ja, ja, ja. ¡Eres joven! ¡Disfruta la vida! —le responde Jacobo sin dejar de moverse.

Unas horas más tarde, sobre la enorme cama de la habitación, Jacobo le quita el vestido a su esposa. Desabrocha el brasier en cuanto puede. Lo hace con calma.

Abigail le agarra el pene y nota que está flácido. Se siente culpable. Lo masturba intentando provocar una erección.

—¿Fue por mis botines? —bromea ella.

—Aún tengo esos horribles zapatos en la cabeza —dice Jacobo, sonriendo.

—Ponte en cuatro —le ordena.

Él le besa el trasero y luego introduce hasta la mitad el dedo índice de su mano derecha. Se detiene al escuchar un quejido de Abigail.

—¿Nunca has tenido sexo anal?

—No. Nunca he tenido sexo anal ni vaginal —le confiesa la mujer.

Jacobo se inclina sobre ella para que se acueste boca abajo. Separa las nalgas de su esposa y empieza a introducir la cabeza del pene en su ano.

Por un rato, ella soporta el dolor sin pedirle que pare. Aprieta la almohada con ambas manos.

—No, me duele. Tengamos sexo normal.

—Esto es sexo normal.

Jacobo se pone de rodillas en la cama, con las piernas a lado y lado de la cadera de Abigail, se escupe el pene y continúa penetrándola lentamente.

—Lo tengo tan duro que me palpita —le dice al oído.

Termina dentro de su esposa aunque ella le suplica que se detenga. Se acuesta a su lado, agitado. La mujer se encierra en el baño. Al limpiarse, la sangre empapa el papel. Se queda sentada con la mirada fija en la pared. No entiende bien lo que acaba de pasar. Al salir, Jacobo está dormido.

¡A cazar rameras!

Abigail continuaba intentando liberarse en medio de la sangre de su esposo mientras Elías permanecía en la puerta. Dancing Queen, de ABBA, se escuchaba con más fuerza en la habitación. El pastor la ignoró.

Se arrodilló junto a su amante, lo miró durante unos segundos y sonrió con ternura. Después, levantó con cuidado la cabeza de Jacobo. La profesora seguía cortando la soga con el cuchillo.

—Mi Serafín. Mira cómo dejaste la camisa que te regalé.

Limpió con la mano la sangre del rostro de Jacobo. Se inclinó para besarlo y le desabrochó los botones con paciencia.

Abigail por fin terminó su tarea. Pensó en atacar al ministro con su Jagdkommando. Observó su figura imponente, calculó sus posibilidades de victoria y desistió.

—Perdóname por la discusión de anoche. No era fácil vivir sin tenerte a mi lado. Te hice llorar. Sufriste por la impaciencia que me provocaba amarte tanto —le rogó el pastor, apartando con los dedos el pelo de la frente del muerto.

La mujer salió sin hacer ruido. Bajó corriendo las escaleras mientras guardaba de nuevo el cuchillo en el bolsillo del pantalón.

La canción sonaba. No sabía dónde estaban las llaves de la puerta ni las de los automóviles y no tenía tiempo para buscarlas.

Agarró una de las sillas del comedor y la arrojó contra el enorme ventanal, que estalló en diminutos trozos de cristal.

—Perdóname por arruinar la camisa que me regalaste —dijo Elías, fingiendo la voz de Jacobo.

—Cuando salgamos de aquí, iremos a comprar otra —se respondió.

El pastor abrazó el cadáver y lo cargó sobre un hombro. Lo llevó a la sala y lo acomodó en uno de los sillones, con la cabeza y los brazos descolgados.

Lo desnudó por completo.

—¿No piensas asesinar a la ramera? ¿Vas a cometer mi mismo error? ¡Quiero que me traigas el cadáver de esa perra! —volvió a imitarlo.

—Sí, Asmodeo sigue en el cuerpo de esa ramera. Sí, mi amor, yo la voy a matar y nadie nos impedirá estar juntos para siempre.

Elías se puso de pie y suspiró con fuerza. Caminó hasta su habitación y volvió a tomar del vestier el rifle Sig Sauer Cross .308 Win. Luego sacó de uno de los cajones la mira de visión nocturna.

¿Cómo se supone que voy a vivir sin ti?

—¡¿Compraste un arma?! ¿Por qué? Sabes que me asustan —dijo Jacobo al abrir el vestier y encontrar un imponente rifle.

—Sí. Lo compré ayer.

—¿Para qué?

—Quiero cazar ciervos.

—¿Cazar ciervos? ¿Te volviste loco? Nunca has cazado en tu vida.

Dos semanas después de la discusión, Jacobo llegó a la cabaña y encontró a Elías desnudo, con un dedo del pie en el gatillo del rifle y el cañón dentro de su boca. La canción Save a Prayer, de Duran Duran, retumbaba en las paredes del lugar.

—¿Qué intentas hacer? —preguntó con pánico su amante, que corrió para arrebatarle el arma—. ¡No puedes suicidarte!

—Me suicidé el día que acepté amarte en silencio.

Jacobo logró apartar el rifle y abrazó a Elías. Le besó la frente y secó las lágrimas que le mojaban las mejillas.

—¡Vámonos, Serafín! ¡Renunciemos a todo menos a nosotros!

—Mi príncipe, a nuestro amor también lo sostiene lo que hemos construido.

—¡Es material! ¡Son lujos innecesarios!

—Prométeme que no volverás a hacer una locura como esta. ¿Acaso no pensaste en mí?

—¿Y tú piensas en mí? No te importa mi dolor.

—Sí me importa. Me importas mucho. Por eso estoy acá.

—No fui capaz de matar ningún ciervo —dijo Elías, cambiando de tema.

—Me parece muy bien. Ellos no te han hecho nada.

—Además, son lindos.

—No tanto como tú —respondió Jacobo, acariciándole el cabello.

—Escribí una carta de suicidio. Te la leeré.

—No, no quiero escucharte hablar como si te hubieras muerto.

—¡Te la voy a leer! Ven, quítate la ropa y acostémonos en el sofá.

—Léela. Pero no me asustes así nunca más —contestó Jacobo, todavía abrazándolo.

Elías detuvo Save a Prayer y puso, a un volumen discreto, How Am I Supposed to Live Without You, de Michael Bolton.

—Ja, ja, ja. ¿Es necesaria la canción de fondo para que sea más dramático?

—¿Más dramático? Vivir sin ti es muy dramático —respondió Elías y empezó a leer la carta.

Hoy parto de este mundo en el que nunca me sentí cómodo. He sido un forastero de la existencia.

—¿Forastero de la existencia? Eso es muy poético —lo interrumpió Jacobo.

—Me interrumpes de nuevo y vuelvo a tomar el rifle, no para suicidarme sino para dispararte a ti.

Jacobo juntó el índice y el pulgar y los pasó de izquierda a derecha por sus labios, como si cerrara una cremallera.

—El primer recuerdo que guardo en mi corazón es tan vago que en ocasiones lo confundo con una fantasía o uno de esos sueños que apenas logramos retener.

Una mujer cuyo rostro olvidé, pero por quien aún vive en mí el amor que sentía entonces, me lleva de la mano y me abandona en la entrada de una casa que después comprendí que era un orfanato.