Los Últimos Creyentes Capítulo 20 de la novela de Patricia #3
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Capítulo 20 de la novela de Patricia #3

—Escogiste el menos costoso. Hubieras podido comprarlo con tu sueldo de maestra.

—Ese chiste fue de mal gusto.

—Fue eso, un chiste.

Él se aleja sin disculparse y busca al ministro para brindar.

La mamá de Jacobo se sienta en la mesa de Abigail con una copa de champaña. Es alta y delgada, muy delgada, y presume su figura luciendo el vestido más ajustado de la fiesta. Aunque su imagen es presuntuosa y encrestada, le habla a su nuera de manera condescendiente, con un tono maternal.

—Estás muy linda. Me recuerdas a mí cuando tenía tu edad.

—Gracias, señora.

—Dime Paulina. Ya somos familia. Te casaste, pero no firmaste una sentencia.

Antes de que Abigail pueda responder, la sofisticada mujer le aclara:

—No conviertas tu hogar ni tu vida en una prisión. Ninguna comodidad o lujo compra la libertad. Este sería el consejo que le daría a la Paulina de hace treinta y siete años.

—Gracias, Paulina.

—Y no tengas hijos, al menos durante los primeros cuatro o seis años de relación. ¿Te molesta si termino con tu copa?

—No me molesta, no la probé. ¿Me estás diciendo que no tenga hijos ni siquiera con Jacobo?

—Especialmente con mi hijo. Solo el tiempo nos quita las máscaras —responde sin apartar la mirada de Jacobo y del pastor.

—Me asustas.

—No te asustes. Te estoy diciendo que no debes cerrar los dos ojos. Mantén siempre uno abierto.

—¿Eres feliz en tu matrimonio?

—¿Me veo feliz?

—Si respondo con sinceridad, quizás pase por irrespetuosa.

—Somos muy pretenciosos. La sofisticación de las emociones nos convirtió en seres infelices. Víctimas, eso somos.

Paulina llama a la mujer que sirve la champaña y le pasa su copa para que la llene.

—Esta también, por favor —dice, extendiendo el brazo con la copa que tomó de Abigail.

—¿De quién somos víctimas? —pregunta la nuera después de que la mesera se aleja.

—De nosotros mismos. Vivimos para los demás. Mi hijo es víctima de todos los que lo han rodeado y él es victimario de los que tiene cerca… igual que tú y que yo.

—¿Ya te está convenciendo de divorciarte? —interrumpe el papá de Jacobo.

—No, me aconseja…

—Espero que no sea demasiado tarde —contesta Paulina con ironía, sin permitir que Abigail termine de responder.

—Discúlpala. Empezó desde muy temprano la celebración con champaña.

—No tiene de qué disculparse, señor Emilio. Solo estábamos hablando de las decoraciones en las bodas.

—No, no, no, Abigail. No tienes por qué mentir. Le decía que no convierta su vida en una prisión y que espere algunos años para tener hijos, porque las máscaras se caen con el tiempo.

—¿No te comportas ni en el matrimonio de tu hijo? ¡Ya no bebas más!

El hombre se inclina para arrebatarle la copa de las manos a su esposa. Ella la sujeta con fuerza y la bebida se derrama sobre su vestido.

—¡¿Crees que aún puedes decirme qué hacer y qué no?! —grita, atrayendo la atención de los invitados—. ¿Cuántas vidas más te faltan por arruinar? ¿No es suficiente con la de tu hijo y la mía?

—¡Cállate! ¡Si no cierras la boca…!

—¿Qué harás? ¿Golpearme? ¿Es tu mejor idea? Sí, siempre fue tu mejor idea.

Jacobo, al darse cuenta de lo que ocurre, abraza a su mamá y se la lleva para detener la discusión. Abigail espera en silencio y esta vez sí bebe de la copa que se salvó del forcejeo.

—¡¿Tuviste algo que ver en esta situación?!

Joaquín se acerca amenazante a su hija.

—No, papá, yo no hice nada.

En la habitación más grande de la casa, Jacobo se encierra con su mamá. La recuesta sobre la cama y se sienta a su lado.

—Abigail es inteligente, no será como yo. Su papá es corriente. Se nota a leguas que está a una o, como máximo, dos generaciones de la pobreza.

—¿Te acuerdas de cuando fuiste al colegio y me defendiste del acoso de mis compañeros? —le pregunta su hijo, cambiando de tema.

—Los amenacé de muerte.

—Te vi igual en esa mesa.

—Me arrepiento de no haberte defendido de tu papá.

—No tenías que hacerlo.

—¿Crees que no lo sé todo? Una mamá conoce muy bien a sus hijos.

—No hay nada de qué lamentarse. Hoy me casé con una mujer y tendré hijos. Siempre he querido ser papá. Serás abuela…

Nunca se sabe cuándo estaremos en peligro

En la habitación, la sangre de su esposo formó un gran charco alrededor del cuerpo y empapó la ropa de Abigail.

Afuera, Elías sirvió una cerveza en un vaso de cristal y retiró con un dedo la espuma que sobresalía del borde.

Se sentó a beberla para calmar su ansiedad.

Conectó su teléfono al parlante y dejó sonar Take on Me, de a-ha.

Subió el volumen hasta que la música se coló por todos los rincones de la cabaña.

—¡Serafín! ¡Tienes tres canciones para asesinar a la ramera! ¡Cuando se acabe la tercera, si no lo has hecho, lo haré yo! —gritó Elías.

—¿Tres canciones? Unos doce minutos —calculó Abigail.

Sujetaba el cuchillo para intentar liberarse, pero la forma retorcida de la hoja del Jagdkommando dificultaba la labor.

—¡Tenías razón, Patricia! ¡Nada es como en las películas! —pensó.

Forzaba las manos para hacer pequeños cortes en la soga hasta donde podía soportarlo. La canción le servía para medir el tiempo. Estaba terminando y ella no iba ni por la mitad de su tarea.

—¡Ya creo saber dónde la vamos a enterrar! —gritó Elías, bajando por un instante el volumen de la música.

Se paró frente al ventanal con el vaso en la mano y observó el exterior, buscando el mejor lugar para desaparecer el cadáver de la profesora. Antes de continuar cerró las puertas de cristal con llave.

Abigail aprovechó para fingir que seguía enfrentándose a Jacobo.

—¡Mátame ya! ¡Me aburren tus explicaciones!

El ministro imaginó la escena y sonrió con condescendencia al creer que Jacobo aún tardaría en asesinar a su víctima.

La siguiente canción comenzó.

—Ahhh. Ahhh. Ahhh… By the rivers of Babylon… —cantó Elías a todo pulmón.

El pastor fue a la cocina por otra cerveza.

—Era verdad: no solo fuiste a tener sexo con el líder de los exploradores, también aprendiste a atar muy bien —susurró Abigail.

Ella continuaba luchando por soltarse mientras Rivers of Babylon llegaba a su final.

—Me queda una canción. Vamos, Abigail. Patricia ya se habría soltado.

El dolor era insoportable, pero esta vez no se detuvo hasta cortar la soga. Con las manos libres, se concentró en liberar sus pies.

—No, no puedo enterrarla. Olvidé que haremos pasar su muerte por un suicidio. ¡Serafín! ¡No podemos enterrarla! ¡¿Por qué no me lo recordaste?! —le reprochó Elías.

Abigail lo escuchó aterrada, temiendo que subiera antes de que terminara la tercera canción.

El pastor dejó el vaso en la mesa del comedor y caminó hacia la habitación para recriminarle a Jacobo que lo hubiera ignorado.

—¡¿Estás tan concentrado con esa ramera que no puedes contestarme?!

Empezó a sonar It’s a Sin, de Pet Shop Boys. Elías se detuvo.

—¿Cómo terminaste sonando aquí? ¿Sabes cuánto te odio? —le reclamó al parlante.

A Abigail le faltaba poco para soltarse, pero saber que Elías estaba tan cerca le hacía temblar las manos.

—Respira. Ya mataste a uno. Lo vas a lograr —se repetía.

El ministro pasaba canciones sin decidir cuál sería la tercera mientras la profesora seguía batallando con la soga.

—¡Perfecta! —dijo Elías emocionado al encontrar Dancing Queen, de ABBA.

Subió las escaleras bailando para confrontar a su amante.

Al escuchar los pasos de su verdugo, la mujer siguió cortando desesperadamente la cuerda que sujetaba sus pies.

En el último escalón, Elías se tomó el tiempo para mover los brazos al ritmo de la canción.

—Ooh-ooh, ooh, see that girl… —cantó.

Luego giró el picaporte y abrió la puerta para encontrarse con el cuerpo sin vida de Jacobo y con Abigail, que alzó la mirada hacia él sin dejar de intentar zafarse de las ataduras.

La luna de miel

Dos días después de la boda, los recién casados parten hacia el destino elegido.

Las agencias de turismo recomiendan una estadía de entre seis y siete días, pero ellos han planeado solo cuatro días y tres noches.

Jacobo insiste en que, por motivos de trabajo, es imposible alargar más el viaje.

Abigail lo acepta y evita ser exigente: no quiere empezar su matrimonio con el pie izquierdo.

En el avión, Jacobo está distante y habla poco. Abigail sospecha que su silencio tiene relación con la vergonzosa discusión de sus padres durante la celebración. Prefiere no incomodarlo insistiendo en una conversación que su esposo parece evitar.

—¿Qué lees? —le pregunta Jacobo sin mucho entusiasmo.

—Cuentos infantiles de mis estudiantes.

—¿Es más difícil escribir para niños?

—Definitivamente —contesta Abigail, aliviada de que Jacobo haya iniciado la charla—.

Por varias razones: debes escribir para adultos y niños sin que se note.

Un niño no perdona: si no conquistas rápido su atención, abandona la historia.

La precisión es quirúrgica, tienes menos palabras para explicar…

—Mi mamá me leía historias que ella imaginaba —responde Jacobo con los ojos cerrados y la cabeza recostada en el asiento.

—Eso es lindo.

—Lo hacía intentando que creyera que había héroes con mis mismos miedos y dudas, tan raros como yo, y villanos que los perseguían por ser diferentes.

Recuerdo uno, el que más me gustaba. Le pedía que lo repitiera.

Cada noche tenía pequeños cambios porque no era fácil recordarlo exactamente igual.

Era sobre un monstruo que creaba otros monstruos. No había monstruo peor.

—¿Y lo derrotaba el héroe?

—No, derrotarlo era imposible. Solo podía derrotar a sus hijos. Intentaré dormir. Estoy cansado.

El vuelo no tarda en aterrizar en Oranjestad, la capital de Aruba. La suite que ha alquilado la pareja es impresionante: tiene 222 m², vista de 360 grados y un balcón envolvente frente al mar Caribe.

Abigail se quita la ropa al entrar. Su cuerpo, especialmente sus piernas, está esculpido por las largas horas que dedica al spinning.

El pelo ondulado cae sobre su espalda desnuda.

No pasaría desapercibida para ningún hombre que la viera en ese instante, pero Jacobo se sienta al borde de la cama, conecta su teléfono al tomacorriente y textea con rapidez.