Los Últimos Creyentes Capítulo 20 de la novela de Patricia #2
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Capítulo 20 de la novela de Patricia #2

—Yo hablaré con él. Es importante que continúe con los fármacos. «Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová estará contigo en dondequiera que vayas». Josué 1:9.

—Amén. Así es, Jacobo. A diario le agradezco a Dios por traerte a este hogar.

Ese mismo día, Jacobo pasó la noche con Elías en la cabaña recién comprada. Era modesta, pero servía de refugio para sus encuentros clandestinos.

—La mamá de Abigail quiere que la sanes de la artritis.

—Merece sufrir por traer a este mundo a la mujer con la que te tengo que compartir —respondió Elías, acostado en la cama junto a su amante.

—Ja, ja, ja. Tú no me compartes. Mi corazón es tuyo, es solo una fachada.

—Una fachada con la que tendrás sexo después del matrimonio.

—Afortunadamente no quiere tener hijos pronto y las pastillas anticonceptivas le provocan náuseas.

—¿Eso qué tiene que ver?

—Que podré fingir el orgasmo con el preservativo. No sabrá si eyaculé.

—¡La odio! No la soporto y envidio su pelo. ¿Te parece linda?

—Es linda.

—¿Sí? ¿Muy linda?

—Ja, ja, ja. Los dos sabemos que es linda.

Elías se levantó, salió y regresó con un parlante que dejó en una silla.

—¿Y esa ramera puede moverse así? —preguntó el ministro. Entonces empezó a sonar Careless Whisper, de George Michael.

Elías contoneaba su escultural cuerpo desnudo ante Jacobo. Al ritmo de la música, extendía los brazos, los recogía sobre el pecho y los subía hasta la cabeza sin despegarlos de la piel.

Se mordía los labios mientras los rozaba con los dedos y se acercaba a su amante, que lo observaba con atención y una sonrisa provocadora.

—Voy a girar y quiero que me toques las nalgas.

—Ja, ja, ja. Está bien.

—Solo las nalgas, nada más.

—Entiendo cómo funciona un striptease, no te preocupes.

Elías giró muy lentamente y, cuando quedó de espaldas, sacó el trasero para que cumpliera la orden. Se arrodilló y, luego de darle un suave beso, le prometió llorando:

—Si esa puta te lástima de la manera que sea, si te maltrata, si te manda a lavar los platos, te juro que la mato.

No me lo agradezcas

Abigail abrió los ojos. Estaba atada de pies y manos, acostada en el piso. Le tomó unos minutos entender lo que sucedía. Frente a ella, en la única silla que había en la habitación, la observaba Jacobo.

—¿Y tu novio? ¿Te abandonó? —le preguntó su esposa.

—Esto es algo que yo debo resolver. Eres mi responsabilidad.

Abigail se tocó la pierna y se tranquilizó porque su cuchillo seguía guardado dentro del bolsillo. Se retorció aparentando desespero para poder sacarlo sin que el hombre se diera cuenta. Después de conseguirlo, lo escondió entre sus manos.

—Fui explorador. Aprendí a hacer nudos. Te aseguré bien, Abi. Llegué a ser guía de patrulla. El jefe de escuadra fue mi primer amante. Con él tuve mi despertar sexual. Teníamos sexo en cada rincón del campamento. Me destrozó el corazón al enterarme de que yo era solo una de sus tantas parejas.

—Qué triste vida has llevado. Yo soy una víctima de tu cobardía.

—Abi, siempre te vi como una amiga, como una buena amiga y sentí cariño sincero por ti. Pero lo arruinaste. ¿Cuántas mujeres no le ruegan al cielo que les dé un hombre que las cuide, que les lleve el sustento y que no les pida sexo? ¡Tú lo tuviste!

—Jacobo, déjame ir. Hazlo por el tiempo que estuvimos juntos. Fui incondicional contigo. Te amé. ¡No lo merezco!

—¡Serafín, aún escucho a la ramera! ¿Necesitas ayuda? —gritó Elías desde afuera de la habitación.

—¡Les juro que hoy van a morir ustedes dos en esta maldita cabaña!

El ministro abrió la puerta con violencia. Antes de acercarse a la profesora, Jacobo lo detuvo.

—¡No! ¡Ya te dije que yo me encargo! ¡Vete de aquí!

Jacobo lo obligó a salir. Al regresar, se sentó de nuevo en la silla.

—¿Cómo piensas matarme?

—Abi, esa palabra me causa escalofríos. Representas una amenaza que puede acabar con mi relación con Elías y con todo lo que hemos construido…

—Esa no es la respuesta.

—Te inyectaré una sobredosis de sedante. Parecerá que te suicidaste. Morirás sin dolor, dormida. Mereces una muerte tranquila.

—Gracias. Temía que fuera con un arma.

—¡¿Un arma?! ¡No! Me asustan. Las armas son del diablo.

—Por fin te veo como realmente eres.

—Abi, Elías me dijo que no tardara. Tenemos algunos asuntos pendientes.

—Termina con esto de una vez.

Jacobo se acercó para inyectar la sustancia en una vena de Abigail. Pero antes de que la aguja tocara su piel, ella le clavó el cuchillo en el cuello.

—Temía que fuera con un arma y no me dieras la oportunidad de usar mi pequeño Jagdkommando.

—A… bi… —resolló el hombre.

—No me lo agradezcas —le dijo, acercando su cara a la de su esposo.

La sangre brotaba con fuerza y bajaba por la mano con la que Abigail sostenía el cuchillo. Sintió placer. No sexual, sino el del deber cumplido, el de saldar una deuda.

Recordó a la Patricia del libro en el hotel «El Caracol Rojo», camuflando los gritos del zoquete con los suyos para que parecieran sonidos de éxtasis, no de agonía.

—¡Soy tu esposa! ¡No puedes matarme! —suplicó, esperando que Elías creyera que Jacobo seguía vivo.

La boda

Es el mediodía del viernes 20 de septiembre. Jacobo y Abigail se encuentran frente al altar. El ministro Elías oficia la ceremonia en un bello templo que se ha puesto de gala para el sagrado acontecimiento.

Los invitados están impecables. Los padres de Abigail se han esforzado por agradar a la familia de su yerno.

Han sido serviles, aduladores y atentos, algo que pocas veces son con otras personas.

La novia luce un vestido de tafetán de seda color marfil pálido.

El diseño sobresale por un corpiño ajustado y encorsetado, una falda voluminosa sostenida por varias capas de tul.

Las mangas son abullonadas tipo farol y el escote en V tiene grandes volantes que resaltan sus hombros.

Es una copia casi exacta del famoso vestido de bodas de Diana de Gales, solo que sin la espectacular y larga cola de la princesa. El traje de Jacobo es el mismo con el que se casó su papá. Acorde con la ocasión, pero soso y anticuado.

Antes de empezar, Elías llama a la novia a su oficina para darle un último consejo. Se encierra con ella.

—Abigail, estás absolutamente preciosa —le dice el líder de la iglesia cuando la mujer entra.

—Gracias, ministro.

—Quiero que me digas que estás segura de lo que estás haciendo. Dime que serás una esposa devota y obediente.

—Sí, pastor. Estoy segura.

—Jacobo es un hombre maravilloso. Cualquier persona estaría feliz de tenerlo a su lado para siempre. Cuídalo. No dejes que el pecado te seduzca. No permitas que las sospechas que siembra el demonio en los corazones terrenales te hagan dudar de tu compañero de pacto.

—Sí, ministro.

—Tienes mi bendición. Dile a tu prometido que es su turno, por favor.

—Sí, ministro. Amén.

Jacobo entró. Elías lo esperaba junto a la puerta y la cerró con urgencia. Sin decirle una palabra, lo besó.

—Te amo —le dijo Jacobo sin dejar de besarlo.

—¿Qué estamos haciendo? —le preguntó Elías.

—Sobreviviendo —respondió el novio de Abigail.

—Irán con nosotros a la luna de miel.

—¡No! No voy a vivir esa tortura.

—No quiero separarme de ti.

—No lo pidas más. No iré a ese viaje. Ya es suficiente con entregarle el amor de mi vida a esa ramera.

—¿Por qué la odias? Ella no tiene la culpa. Es solo una marioneta de este plan.

—¿Cómo no odiarla? ¡Te estás casando con ella!

—Pero es a ti a quien amo.

—¿Y si nos escapamos?

—Ya pensé en todas las posibilidades. Esta es la única salida en la que no perdemos nuestro reino y nos tenemos el uno al otro.

—Creo que te equivocas. Yo no la veo tan dócil. Es una mujer rebelde. Te va a empezar a cuestionar, a celar, a exigir…

—Entonces más duro la amansaremos.

Jacobo bajó la cremallera de su pantalón y puso su mano en el hombro de Elías para empujarlo a que le diera sexo oral.

—Te excita llevar una doble vida. Te gusta tener sexo detrás de las paredes con la ramera cerca. Dime la verdad o no lo voy a meter en mi boca.

—Sí, me excita mucho.

—Dime que eres mío, que a ella la usas como una ramera estúpida.

—Soy tuyo. A ella la uso como una ramera estúpida.

Afuera, los asistentes esperaban que salieran los hombres. Adentro, Elías le daba sexo oral a su amante y lo masturbaba para que eyaculara en su cara. Cuando terminaron, regresaron juntos y la boda dio inicio.

A mitad del mensaje nupcial, el ministro no pudo contener el llanto. Ofreció disculpas y continuó con la homilía. Los presentes se conmovieron con lo que creían que era una sincera sensibilidad del pastor.

—Los serafines tienen seis alas: dos para cubrir su rostro por humildad y protección de la luz divina, dos para ocultar sus pies por modestia y, finalmente, dos con las que vuelan.

Son los más cercanos a Dios y su función es la adoración perpetua.

Arden de amor y celo por la gloria del Señor —predicó Elías—.

Son invisibles para los corazones que no son puros.

Pero para quienes poseemos un espíritu limpio se revelan como el sol.

Y en el hermano Jacobo puedo ver un serafín encarnado en un hombre.

Su amor incondicional, su trabajo incansable para que la palabra del Creador se esparza por la tierra, su bondad, su visión y su pasión, que arde como el fuego de Yahveh, me llenan de gozo.

Por eso alzo mi voz hacia el cielo y lo entrego como compañero de Abigail, dejando claro sobre esta piedra sagrada que lo hago en préstamo, pues su espíritu y su amor solo pertenecen a su verdadero dueño.

La ceremonia termina y da paso a la celebración.

Los invitados se reúnen en la enorme casa campestre de los padres del novio.

La familia de Abigail cuenta con estabilidad económica, pero la de Jacobo pertenece a una dinastía reconocida y respetada en distintos ámbitos, desde el político hasta el empresarial.

—Tu papá nunca sonríe —le dice Abigail a su nuevo esposo.

—El tuyo tampoco.

—¿Crees que sean felices?

—No. ¿Quién lo es?

—¡Yo lo soy! ¡Estoy feliz de casarme con un hombre como tú! ¡Y estoy feliz de llevar este anillo!

Abigail levanta la mano para verlo mejor.