Los Últimos Creyentes Capítulo 20 de la novela de Patricia
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Capítulo 20 de la novela de Patricia

La pureza de tu corazón

Una semana más tarde, la policía actuó como en una película de comedia: fueron por mí al colegio. A lo mejor consideraron que era una buena oportunidad táctica o tenían evidencia suficiente para un arresto inmediato. Quizás eran las dos cosas. O ninguna. Ya no importa…

Por mi ventana vi estacionar las patrullas. No se bajó ningún oficial. Esperaban refuerzos. Salí a buscar a Camila a su aula con mi revólver en el bolso.

—Júrame que vas a tener una vida feliz, que no te cansarás jamás de luchar por tus sueños.

—¿Por qué me dices eso?

—Júralo. Debes transformar el dolor que hay en ti en un faro de luz que brille en los corazones que están en la oscuridad, incluido el tuyo.

—Te lo juro. ¿Por qué te despides? —preguntó la niña sin poder evitar que las lágrimas empezaran a caer de sus ojos. Era demasiado inteligente para no saber lo que estaba por ocurrir.

—Te amo, hija —le dije mientras la abrazaba.

—Enciérrese con los niños. Va a haber un tiroteo —le advertí a la profesora antes de alejarme.

Caminé con seguridad, orgullosa, no por cómo viví sino por cómo iba a morir. Libre, sin ataduras, fui todo lo que quise ser: una asesina de zoquetes. Empuñaba el revólver dentro de mi bolso.

Abrí la gran puerta de cristal. ¿Tantos policías para detener a una sola mujer?

—¡Alce las manos donde podamos verlas! —me ordenó uno de ellos, usando su patrulla como escudo.

Los apunté. Una lluvia de disparos cayó sobre mí. Y ahí, agonizando en medio de la calle, vi a mi hija. Se soltó de su profesora, salió del salón de clases y corrió hacia mí. Esperé a Camila para morir.

Sin importarle poner en riesgo su vida, se arrodilló a mi lado y me acarició el rostro. No gritó ni suplicó… Entre lágrimas, solo susurró: «Yo también te amo, mamá».

Levanté la mano para tocarle el pecho. Ahí estaba la pureza de su corazón.

—¡Saquen a la niña de aquí! —gritó uno de los policías.

—Está descargado —dijo otro al revisar mi arma.

Profesora Abigail, esto es lo que llevo del libro. Espero sus opiniones y críticas sinceras. Es la primera persona a la que le permito leerlo. ¿Cree que tengo futuro? Atte.: Patricia.

La maestra lloró por un buen rato, le contestó el correo con una carta y luego le envió un mensaje al teléfono:

—¿Que si creo que tienes futuro? ¡Serás la reina del thriller!

«Y sabed que vuestro pecado os alcanzará».

Números 32:23

Notó el silencio. La celebración de Jacobo, Elías y Salomé parecía haber finalizado. Tomó su pequeño y peligroso cuchillo y lo guardó en uno de los amplios bolsillos laterales de su pantalón.

Con sigilo, caminó hasta la habitación del ministro y su esposa. La mujer dormía tan profundamente que sus ronquidos se escuchaban incluso con la puerta cerrada. Bajó con cuidado las escaleras. No vio a ninguno de los dos hombres.

No había nadie en la sala ni en el comedor.

Se acercó a los portones de cristal, abiertos de par en par.

Los enormes pinos apenas se notaban en medio de la oscuridad.

La voz de Elías era pausada y clara, pero dejaba largos silencios entre sus palabras.

Los dos hombres estaban justo al otro lado de la pared.

Apoyó el oído contra ella para escuchar mejor la conversación.

Ellos afuera y Abigail adentro, separados por una barrera de madera noble.

—¿Seguro… está dormida? —preguntó Elías.

—Sí, el somnífero en el chocolate hizo efecto. ¿Y Salomé?

—Ella… duerme como… la Bella Durmiente… no necesita sedantes.

La curiosidad por saber qué causaba la extraña forma de hablar del ministro fue mayor que su prudencia. Asomó la cabeza para observar a través del ventanal. Elías, arrodillado, le daba sexo oral a Jacobo.

«Sí era verdad: Jacobo es gay», pensó, aterrada.

Sacó el teléfono y extendió el brazo todo lo que pudo para grabar un video. Sabía que sin pruebas no le creerían. Mantuvo el resto del cuerpo escondido.

—Ponte de pie y date la vuelta. Contra la pared —dijo Jacobo.

Abigail no podía sostener aquella posición durante mucho tiempo. Recogió el brazo para descansar, tocó la pantalla con el pulgar y repitió el proceso. De pronto, sintió un dolor insoportable en la muñeca, como si una pulsera la apretara con demasiada fuerza.

Era la mano de Elías. Tiró de ella con facilidad y la obligó a salir de su escondite.

—Abi, no, no es lo que tú crees… —dijo Jacobo, aterrado, mientras se acomodaba los pantalones y ayudaba a su amante a subir los suyos.

—¿Están poseídos por Asmodeo? —preguntó la mujer entre carcajadas.

Elías la miró con odio. Le arrebató el celular y lo estrelló en el suelo.

—Lo descontaré del diezmo de este mes —dijo Abigail sin dejar de reír.

—¿Te parece gracioso? ¡Estúpida!

El furioso pastor le dio una cachetada tan fuerte que le partió el labio.

—Golpeas bien para ser pasivo. Les confieso que eso me sorprendió. Pensé que el que recibía era Jacobo.

La profesora jaló su brazo y logró zafarse. Huyó hacia los arbustos. El ministro entró a la cabaña. Jacobo no reaccionó hasta que vio salir a su amante con un rifle Sig Sauer Cross .308 Win.

—¡¿Estás loco?! —gritó el esposo de Abigail.

—¡No puede escaparse! ¡Lo contaría todo!

—Ya sé que no puede escapar, pero no vas a usar eso para matarla.

—¿Tienes una mejor idea? —preguntó el pastor.

—Voy a ir por ella.

Jacobo corrió para alcanzarla.

—¡Abi! ¡Regresa! ¡Déjame explicarte!

Abigail no sabía lo difícil que era correr en el bosque. El terreno estaba cubierto de raíces, piedras y ramas. Además, las zanjas y grietas lo volvían irregular. Fue imposible no caerse. Aterrizó sobre un tronco que le sacó el aire. Las astillas se le clavaron en ambas manos.

—Abi, perdóname —le dijo su esposo con la voz agitada al encontrarla.

Ella le daba la espalda y no se dio la vuelta al escucharlo.

—Pudiste explicarme que eras homosexual. No te iba a juzgar. Incluso habría guardado tu secreto. Puedo imaginarme el infierno que has vivido: hacerle el amor a alguien que no deseas, fingir que amas a esa persona con la que te casaste…

—Yo sí te amo, Abi. Como a una amiga, como a una hermana. Perdóname. No quería que pasaras por esto.

—Déjame ir, Jacobo. Te prometo que nadie lo sabrá.

Jacobo se quedó en silencio, pensando.

—Sé por lo que has pasado. Ahora entiendo por qué actuabas así. Como tu amiga, te apoyo. ¡No se escondan más! ¡No tienen por qué huir! Se aman y es un amor puro, sincero. No lo oculten.

—Conoces a mi papá…

—Él ya no tiene poder sobre ti, como el mío ya no lo tiene sobre mí. Hoy prefiero morir libre que vivir atada. Los dos sufrimos por culpa de una religión mal entendida y de familias que funcionaron como sectas. Ambos somos víctimas del mismo monstruo.

—No me lo perdonaría…

—¿Tú crees que él no lo sabe? Te maltrató porque sabía que eras gay. Siempre lo supo. Estoy muy asustada. Tengo miedo de que me asesinen…

—Lo siento mucho.

—Déjame ir. Te juro que si me dejas ir guardaré tu secreto.

—Te creo —respondió su esposo bajando la cabeza.

—Pero yo no, Abi —dijo Elías al aparecer de repente.

El pastor le dio un puñetazo tan salvaje que Abigail perdió la conciencia.

Jacobo y Elías

Jacobo no entró a Los Últimos Creyentes de manera casual ni buscando su salvación espiritual. Fue porque escuchó rumores sobre un atractivo pastor que lideraba un culto. Al principio dudó. Si algo tenían en común los ministros evangélicos que conocía era lo poco agraciados que le resultaban.

No necesitó más que una visita para darse cuenta de que estaba frente al amor de su vida, y una sola mirada de Elías le confirmó que sentía lo mismo.

La capilla era pequeña, con una decoración discreta.

Había bancas de madera sin respaldo y el predicador ponía a prueba la garganta, pues carecía de un sistema de sonido que amplificara la voz.

—¿Es tu primera vez? —le preguntó Elías con cierta insinuación delante de todos.

—No. Tengo experiencia con la palabra de Dios. Pero decidí visitar la iglesia por recomendación de un amigo —contestó Jacobo con la misma coquetería del ministro.

—Ese amigo cumplió con el deber que el Señor le encomendó: guiar tus pasos hasta mi camino. ¡Alabado sea Jehová!

—¡Aleluya! —respondieron en coro los escasos fieles que se encontraban en el lugar.

Jacobo esperó a que finalizara la celebración y continuó con la conversación que el ministro había iniciado.

—Tienes el don para predicar.

—Pero faltan los recursos para crecer.

—Atrayendo pobres ninguna secta se vuelve religión —sentenció Jacobo.

—El diezmo que dejaste en la cesta es lo que recojo en un mes.

—Necesitas un buen socio.

—¿Es una propuesta?

—Tengo otras más interesantes.

—Ja, ja, ja. Quiero conocerlas todas —respondió el pastor, insinuándose.

No fue necesario un segundo encuentro para consumar la relación. Enfrente de Jesús, que colgaba de la cruz, los dos hombres tuvieron el mejor sexo de sus vidas.

—¿Tienes pareja? —le preguntó Elías al terminar.

—Una novia. Es mi prometida. Nos vamos a casar. ¿Y tú?

—Hace menos de un año terminé con un hombre que me hizo la vida muy difícil.

—Eres talentoso. Estoy dispuesto a financiar tu iglesia y a ser tu amante.

—Ja, ja, ja. ¿No te enseñaron a irte por las ramas?

—No hay tiempo que perder. Tenemos un imperio espiritual y económico que construir.

El amor de los dos creció tan rápido como su templo. Jacobo pertenecía a la cuarta generación de una familia aristocrática y religiosa. Tenía vínculos con personas poderosas, muchas de las cuales llevó al culto, entre ellas sus suegros, Joaquín y Alicia.

Al ser un exitoso politólogo, estratega y experto en publicidad negra, hizo correr el rumor de que Elías podía realizar milagros.

—Alicia no ha podido dormir por los insoportables dolores que le causa la artritis. ¿Es posible que intercedas para que Elías le dé una sanación personal?

—Suegro, ¿ha seguido el tratamiento del reumatólogo?

—Sí, al pie de la letra. Pero ha pasado más de un mes y aún no tiene mejoría.

El astuto yerno sabía bien que la mayoría de los medicamentos recetados tardan en mostrar su efecto completo.