Los Últimos Creyentes Capítulo 19 de la novela de Patricia
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Capítulo 19 de la novela de Patricia

Genealogía Genética Investigativa

Joseph James DeAngelo fue un expolicía y veterano de la guerra de Vietnam que, entre 1974 y 1986, cometió al menos 13 asesinatos, alrededor de 50 violaciones y más de 120 robos en viviendas de California.

Se le conoció por varios alias: «El saqueador de Visalia», «El violador del Área Este» y «El acosador nocturno original».

En 2013, la escritora de crimen real Michelle McNamara popularizó el apodo por el que terminaría siendo conocido: «El asesino del Golden State».

El caso permaneció estancado por mucho tiempo porque, aunque tenían su ADN, este no coincidía con ningún registro de CODIS, el sistema utilizado por las autoridades estadounidenses.

Cuando encontraban material genético en la escena de un crimen, podían cotejarlo con los registros almacenados y saber si pertenecía a alguien ya identificado.

¿El problema? Si el perfil del zoquete no estaba en CODIS, no sabían quién era. Como sucedía con DeAngelo.

En abril de 2018, más de cuarenta años después de que comenzaran sus delitos, fue arrestado y se confirmó que era el asesino del Golden State. En 2020 se declaró culpable y recibió múltiples cadenas perpetuas sin posibilidad de libertad condicional.

¿Cómo lo hicieron? Genealogía genética investigativa (GGI).

Ese es el motivo del título de este capítulo.

La técnica permite tomar un perfil de ADN y buscar conexiones con posibles parientes en bases de datos genealógicas.

A partir de los hallazgos, se construyen árboles genealógicos para limitar la búsqueda.

Por ejemplo, si un familiar lejano del delincuente ha subido su información genética a una de esas plataformas, los investigadores pueden identificarlo y rastrear sus lazos de parentesco, filtrando sexo, edad y lugares vinculados a los crímenes.

Millones de personas compran pruebas de ADN para conocer sus orígenes o localizar familiares perdidos. En el caso de DeAngelo, las coincidencias condujeron a parientes suyos. La policía siguió el linaje hasta llegar a él.

Mi tío Alberto tenía una vida desorganizada. Se involucraba sin reservas con las mujeres que lo aceptaban. Con una de ellas mantuvo una relación durante algún tiempo. Cuando terminaron, ella le confesó que esperaba un hijo suyo. Mi tío no le creyó y se negó a reconocerlo.

Dos años más tarde, la mujer lo demandó y tuvo que someterse a una prueba de paternidad. El resultado indicó una probabilidad del 99,99 % de que fuera el padre. Años después, mi estúpido primo subió su perfil genético a uno de esos sitios.

Y ADN mío había de sobra en el pene, los dedos y la oreja de Cacahuate. Así, gracias a la GGI, la policía llegó a mí.

La visita que me hizo el detective fue parecida a esos truenos que se escuchan en un día de sol. Advierten la tormenta que se avecina y, sin importar qué tan lejos esté, arruinan los planes que teníamos. Y mis planes con Camila eran tan hermosos como imposibles.

—¿Patricia? —me preguntó el hombre al entrar a la cafetería del colegio.

Fue discreto y cortés, muy atractivo. Sabía que era policía. No hay mejor intuición que la que nos dan los pecados que cargamos.

—Tú puedes llamarme como quieras —le respondió la asesina de zoquetes que escondía en mi interior. Salió sin pedir permiso. Olía la amenaza.

—Mucho gusto. Soy Robert, detective de homicidios. ¿Puedo sentarme?

—Adelante.

—Gracias. Patricia, mi visita es de rutina. Hace casi un año, una de sus pacientes fue testigo de un terrible homicidio.

—Lo de terrible es una opinión subjetiva. Continúa… —dije mientras terminaba de tomar mi café.

—Nos enteramos de que la niña ha desarrollado una relación estrecha con usted. No sé hasta qué punto ese vínculo forma parte de la terapia o ha dado paso a un cariño personal, fuera del terreno profesional.

—¿Eso vienes a preguntarme? ¿Si quiero a Camila como a una hija?

—No solo eso. Me interesa saber si le ha contado algún detalle sobre la noche del asesinato.

—A la primera pregunta: no te importa. Y a la segunda: no, no me ha hablado absolutamente nada de ese «terrible» suceso.

—No es necesaria esta actitud. Mi intención no es…

—¿Tu intención es engañarme con una actuación de entrevistador de pódcast motivacional? Los dos sabemos bien por qué estás aquí. La próxima vez que vuelvas, espero que estés preparado. Les daré batalla. Tengo que ir a trabajar.

Me levanté de la silla y me dirigí a mi oficina. En el camino me encontré con Camila.

—¿Quién es ese hombre? —me preguntó.

—Un padre de familia que quiere que su hijo estudie en este colegio.

Mi captura era cuestión de tiempo. Pedí un préstamo por todo el cupo que tenía disponible y dejé el dinero para Camila. Vimos películas, escribimos historias, comimos helado, nos maquillamos, montamos bicicleta…

—¿Tú crees que las estrellas son personas muertas que nos cuidan desde el cielo? —me preguntó Camila una de esas noches en que nos quedábamos hablando de todo y de nada.

—Sí, lo creo.

—¿Y cómo sabe uno cuál es la estrella de la persona que lo cuida?

—Tú miras al cielo una noche estrellada y el corazón te señala cuál es.

—Si muriera, te cuidaría a ti —me dijo la niña.

—Y si yo muriera, te cuidaría a ti —le respondí.

—No tendrías que cuidarme. Yo seré una asesina de zoquetes.

—Camila, estuve pensando sobre ese tema. Todo esto se trata de ser libres y no quiero ser yo quien te cohíba o limite. Pero no te amaría si no te pidiera que desistas de esa idea.

—¿De cuál idea?

—La de ser asesina de zoquetes. Yo dejé de hacerlo por ti. Prométemelo.

—Solo una vez. Déjame serlo solo una vez.

—Está bien. Elige al zoquete o a los zoquetes porque será la única vez. ¿Trato?

Antes de que Jacobo la sorprendiera, Abigail fingió estar dormida. El hombre la llamó varias veces intentando despertarla, pero no insistió más. Después de darle un beso en la frente, recogió la taza vacía y salió de la habitación.

La profesora siguió leyendo.