Los Últimos Creyentes Capítulo 18 de la novela de Patricia
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Capítulo 18 de la novela de Patricia

El grado de Camila

—En el consejo de maestros hablamos de ti. Fuiste la estudiante con el mejor promedio de toda la institución. Pasado mañana te darán una medalla de honor y una beca de exención de pago.

—¿La beca es para todo el año?

—Sí.

—Mi abuela ya no tenía cómo seguir pagando mis estudios aquí.

—Ahora tienes un año más.

—Un año más juntas.

—Juntas, pero sin decirte hija ni tú a mí mamá.

—Ja, ja, ja. No, lo arruinaríamos.

—¿Tu abuela vendrá a tu graduación?

—No. Está muy mal. ¿Quieres ser mi invitada?

—Trabajo aquí, tengo que estar en la ceremonia. Pero las dos sabemos que seré tu invitada. Y luego nos vamos a celebrar.

—¿Celebrar?

—Sí, hay que celebrar. Una cena con las personas que amas.

—Mi abuela y tú.

—Yo llevo la comida. Ese día paso temprano por ti para acompañarte a arreglarte. Debes estar perfecta.

—Patricia, ¿tú crees que me dieron la beca por lástima de haber perdido a mis papás?

—Los promedios no sienten compasión. Te la ganaste.

El día de la graduación me detuve a observar con detalle a los acudientes y alumnos.

Adultos orgullosos, niños tímidos y Camila sola, con las manos sobre las piernas.

El universo le regaló una infancia llena de dolor.

Tendrá una vida gloriosa porque el sufrimiento es la materia prima con la que se construyen las mayores victorias. Sabrá usarlo.

No me importó romper el protocolo. Me senté al lado de Camila.

—¿No te regañan?

—No sé.

Sonrió y me agarró la mano. Las dos nos lo merecíamos.

Casi una hora más tarde subió para recibir la medalla de honor y el certificado de la beca.

Me miró con gratitud mientras la aplaudía.

Cenamos en su casa con su abuela paterna.

Al finalizar la comida, me confesó que temía morir y dejar a la deriva a su nieta.

—¡Abuela, yo ya sé cuidarme sola! —nos interrumpió Camila.

Estuve a punto de reprochárselo, pero bastó una mirada.

—Además, Patricia me cuidará. —Camila me guiñó un ojo como si lo que hubiera dicho fuera mentira.

—Yo... yo no tengo mucho. Solo un pequeño apartamento que terminé de pagar el año pasado, pero hace unos días hice los trámites para ponerlo a nombre de su nieta.

Camila y su abuela guardaron silencio por un rato.

—No, no, no es necesaria tanta generosidad —insistió la anciana.

—Podemos vivir las dos, ¿no? —preguntó Camila.

—Sí, si tú me dejas...

—Me refiero a que no tienes que regalármelo.

—Hablando de regalos, esto es para ti —le dije mientras sacaba un paquete de mi bolso.

—¡Una agenda Mimí! —gritó al abrirlo—. Me encanta, Patricia.

—Escribe en ella lo que salga de tu corazón, sin importarte nada más.

Abigail bajó a cenar antes de que su esposo volviera a subir. Se sentaron en los mismos lugares que en el almuerzo. Elías no tardó en iniciar la oración.

—Padre nuestro, gracias por los alimentos que nos concedes.

Los aceptamos y valoramos en un contexto de triunfo, de júbilo, porque tu sierva Abigail regresó al rebaño, enderezó su camino, vencimos a Asmodeo, que la poseía, que la hizo olvidar sus deberes de esposa y la convirtió en una ramera sucia y lujuriosa.

Una prostituta del pecado que humilló a su compañero de pacto.

Gracias, Señor de los ejércitos, por la victoria. ¡Jehová es guerrero!

—¡Su nombre es Jehová! —respondieron los demás en coro.

Un mensaje iluminó la pantalla del teléfono de Abigail. Lo ignoró. Tenía pánico de que descubrieran su actuación.

—No me siento muy bien. Me duele el estómago. Me disculpan si no como, por favor —se excusó Abigail.

—Elías preparó la cena —respondió Jacobo, intentando sin éxito esconder su molestia.

—No te preocupes. Regresaste del infierno. Es normal que sufras las consecuencias de abrirle la puerta de tu alma al demonio.

—Gracias, ministro. ¿Puedo ir al baño?

—Sí, puedes ir —se adelantó a responder Salomé.

Al encerrarse en el baño, Abigail revisó su teléfono.

—Estás en peligro. Salgo del trabajo y voy por ti —escribió Patricia.

—¿Tú crees que deba llamar a la policía?

—No sé cómo reaccionarían al ver acercarse una patrulla —contestó la estudiante.

—Creo que fingir lealtad es la mejor forma de salir de aquí.

—Mantén un cuchillo cerca —le recomendó Patricia.

—Tengo un cuchillo prohibido. Es como en espiral y termina en punta.

—¿Tienes un Jagdkommando? ¿Y supuestamente la asesina soy yo? Paso por ti en unas horas. Mantente viva mientras llego.

Abigail participó en la conversación. Dio su opinión sobre cada tema. Luego pidió, con respeto, que le permitieran ir a descansar. Se lo permitieron. Jacobo le ordenó que se acostara temprano.

Abigail subió las escaleras y escuchó al grupo cantar al ritmo de la guitarra de Elías. Él golpeaba el instrumento para darle un estilo flamenco a su interpretación.

«Malditos locos hijos de puta», pensó.

Se acostó y entró en la historia que la sacaba de ese lugar. Leyó sin interrupciones durante casi dos horas. Empezaba a lamentarse al darse cuenta de que se agotaban las páginas de la novela que cambió su vida. Los pasos en la escalera llamaron su atención.

—El ministro te preparó chocolate —dijo Jacobo, entregándole la bebida caliente.

—Gracias —respondió ella.

La recibió y la dejó en el piso, al lado de la cama.

—Vamos a tardar un rato más. Estamos de júbilo.

—No hay problema. Te espero para dormir.

El hombre salió convencido de que Abigail se había convertido en la devota mujer que merecía.

No probó el chocolate. En cuanto estuvo segura de que Jacobo se había alejado, vació la taza por la ventana de la habitación. Siguió con su lectura, ansiosa por terminar lo que Patricia llevaba escrito hasta entonces.