Los Últimos Creyentes Capítulo 9 de la novela de Patricia
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Capítulo 9 de la novela de Patricia

El último zoquete

El pervertido la invitaba a su casa para jugar con su hija. Mientras las niñas estaban juntas disimulaba sus intenciones, pero aprovechaba cualquier instante para decirle en secreto esas horribles cosas.

—Ponle una cita en el hotel El Caracol Rojo. Es en el centro de la ciudad; alquilan habitaciones a habitantes de la calle. Lo estaré esperando yo. Iré disfrazada. De todas formas, en ese lugar no hay cámaras.

—Yo te acompaño.

—No quiero que te involucres. Me preocupa que seas cómplice.

—Ya lo soy. Estuve presente en el asesinato de mi padrastro y mi mamá.

—Tienes derecho a tu justicia, pero ahora temo echarte a perder la vida.

—Eso es… ¿Por qué me amas como a una hija?

—Sí.

—Te dije que si eso pasaba lo arruinaríamos. —Me abrazó.

—A veces es inevitable arruinarlo todo.

El zoquete llegó a la hora y fecha pactadas. Entró con la ilusión de encontrarse con su «pequeña esposa». En cambio, se encontró conmigo. Con su demonio personal.

—Disculpa. Debe haber una confusión con el número de habitación —me dijo con voz muy educada.

—¿Sí? Mira, este es el recibo que me dieron en recepción.

Al acercarme, soplé escopolamina en su rostro. El efecto no fue inmediato. Primero pareció confundido; después, cada vez le costaba más comprender lo que ocurría a su alrededor. Me miraba como si intentara recordar por qué estaba allí. Poco a poco me fue entregando su voluntad.

Con él actué diferente; no fui impulsiva. Tenía tiempo, algo que con los demás me había faltado. Lo desnudé, lo até a la cama y lo amordacé. También le separé las piernas y las amarré.

Cuando terminé de prepararlo, le administré fisostigmina. Puede revertir algunos de los efectos de la escopolamina. ¿Recuerdan que les dije que me tomaba en serio mi trabajo? ¿Que era una asesina profesional? Era verdad.

Al cabo de un rato, el zoquete comenzó a recuperar la lucidez.

—Camila te ofrece disculpas por incumplir la cita.

Te manda a decir exactamente esto. Ella lo escribió: «Querido esposo, a veces las esposas debemos hacernos cargo del hogar. Mi abuela está enferma y no puedo ir a hacerte el amor. En mi reemplazo va la asesina de zoquetes. No creo que te haga el amor, aunque con ella nunca se sabe;

lo que es seguro es que se va a divertir contigo. Con cariño, tu pequeña esposa». Camila es maravillosa, ¿verdad?

Vomitó y empezó a ahogarse. Le quité la mordaza y conseguí ponerlo de lado. No quería que muriera aún. Luego de asegurarme de que seguía con vida, volví a dejarlo como estaba. Alcanzó a gritar. Yo también lo hice, fingiendo placer por si alguien lo había escuchado.

—Ojalá no vuelvas a vomitar, porque no te salvaré de nuevo.

Me senté al borde de la cama.

Me miró suplicando la misericordia que nunca tuvo con Camila.

—Esto que tengo en la mano y sale por tu pene es el extremo de un catéter de Foley.

El otro está dentro de ti, sujeto por un pequeño balón en tu vejiga.

Al llenarse con una solución estéril, mantiene la sonda en su sitio.

Te lo puse mientras estabas bajo los efectos de la escopolamina.

No te recomiendo hacer movimientos bruscos.

El creador de este dispositivo… espera, olvidé su nombre completo.

Tomé mi celular y busqué con rapidez la información. Temí que el impasse arruinara mi imagen de asesina experta.

—Aquí está: Frederic Eugene Basil Foley. No era fácil memorizarlo y menos recordarlo en un momento tan excitante.

El zoquete permanecía aterrado, atento a cada palabra. Ya había recobrado suficiente lucidez para entenderme.

—Ahora viene la parte interesante. Foley lo diseñó para ayudar. Créeme, yo no pienso usarlo contigo para eso. Existen tres formas de causar mucho daño con este instrumento.

La primera sería inflar el balón hasta hacerlo estallar. Tu vejiga intentaría contraerse para expulsar los restos, lo que te provocaría un cólico tan insoportable que vas a querer morirte rápido.

—La segunda es con esta pinza de Kocher; la usaría para obstruir totalmente el tubo de drenaje que conduce a esta bolsa.

La orina empezaría a acumularse. Tu vejiga se hincharía tanto que podría palparse por encima del pubis.

Sufrirías unos espasmos vesicales infernales.

Casualmente, «infernal» fue una de las palabras que usó Camila al contarme lo que le hiciste.

—Finalmente, la tercera opción. Es sencilla y rápida.

Inflo el balón —que, como ya te dije, está en tu vejiga— y tiro de la sonda hasta sacarla por tu pene, desgarrando todo a su paso.

Es la más violenta y dolorosa. ¿Cuál de las tres eliges?

Mueve la cabeza una vez, dos o tres, según la que prefieras.

En mi teléfono empezó a sonar «Girls Just Want to Have Fun». El zoquete lloraba. Me acerqué bien para verlo mientras cantaba en susurros. Lamí las lágrimas de sus mejillas. Sin separarme un centímetro de su rostro, con los ojos fijos en los suyos, solté la sonda y empecé a masturbarlo.

Se quejaba. Tardó tanto en tener una erección que se me cansó la mano.

—Cuando termine de darte placer, elegiré por ti cuál de las tres opciones usaremos como castigo.

El pervertido dejó de retorcerse. Lo malo de amordazar a un zoquete es que no puede despejarte las dudas. Y yo tenía muchas: ¿se había quedado quieto por dolor? ¿Por terror? ¿Lo estaba masturbando bien?

Subí la voz. Viene la parte de la canción que más me gusta. Me levanté de la cama con rapidez y tiré de la sonda...

La sangre y algunos trozos del interior de su cuerpo salpicaron la pared. Su pene parecía una fuente escarlata. Yo seguía bailando con el catéter en la mano. No lo soltaba porque complementaba mi coreografía. Al sacudirlo, iba pintando de rojo todo a mi alrededor, como si fuera una artista.

Sus ojos casi se salían de las órbitas. Se desmayó. Me frustró que no viera el final de mi presentación. Le di unas cachetadas para despertarlo. Fue inútil.

Limpié la sangre de mi ropa y de mi cara. No lo rematé. Bajé a recepción. El hombre que cuidaba la entrada era, en realidad, un adicto. Le di la mitad de mis ahorros. La otra mitad era para el regalo de graduación de Camila.

—Mi cliente quiere drogarse tres días seguidos. Asegúrate de que nadie lo moleste. Se encerró con suficiente comida y agua. Vuelvo en tres días por él y te daré la misma cantidad de dinero si veo que cumpliste mi tarea.

Revisó los billetes.

—Confíe en mí, que con esto que me pagó estoy en su nómina.

Regresé a mi casa repitiendo la canción de Cyndi Lauper una y otra vez. Camila estaba esperándome. Le había dado un duplicado de las llaves.

—¿Lo mataste?

—Sigue vivo, pero no resistirá ni doce horas en el estado en que lo dejé.

—Prométeme que vas a detenerte. Ya no caces más zoquetes. Mi abuela no va a durar mucho y tú eres lo único que tengo en este mundo.

El amor por la niña superaba mi deseo de hacer justicia. Me quedé en silencio por un rato.

—Aún hay pureza en tu corazón —me dijo, tocando mi pecho.

—Te lo prometo. —Nos abrazamos.

Abigail escuchó pasos subiendo las escaleras y escondió el teléfono bajo la almohada. Fingió estar dormida.

—Abi, pronto estará lista la comida —le avisó Jacobo.

—¿Qué hora es? —preguntó su esposa, entreabriendo los ojos.

—Las siete de la noche.

—Está bien, gracias, amor.

—Sabía que el ministro Elías arreglaría nuestro matrimonio.

—Perdóname por dudar —respondió la mujer.

El hombre salió y Abigail aprovechó el tiempo que quedaba hasta la cena para leer.