Los Últimos Creyentes Capítulo 8 de la novela de Patricia
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Capítulo 8 de la novela de Patricia

Sé una niña Velmont

Fui al aula por Camila. Interrumpí su clase con una excusa y llevé a mi paciente de la mano hasta mi oficina.

—¡Estamos de suerte! —le dije.

—¿Por qué?

—Ya sabrás.

Patricia, con emoción, le entregó una revista que estaba sobre su escritorio y Camila leyó en voz alta:

—Concurso de modelos infantiles. Sé una niña Velmont… y deja que tu estilo brille. Participa y demuestra tu autenticidad, actitud y personalidad.

—¿Quieres ser una niña Velmont?

—¿Cuál es el plan?

—¿No lo ves? Participas en el concurso, él te va a ver y pensará que es el destino el que los vuelve a unir.

—¿Crees que lo ganaré?

—¡Eres hermosa!

—¿Sí?

—Sí, mírate.

Patricia le acercó un espejo de tamaño mediano que usaba en algunas de sus terapias.

—¿Ves lo linda que eres? Tus ojos son grandes y muy negros; tus cejas, pobladas; tu nariz es perfecta y tus dientes son tan blancos como la nieve. No conozco la nieve, pero estoy segura de que así de blanca es. ¿Y sí ves lo que hay aquí en tu pecho?

—No. ¿Qué?

—Es tu valentía. La valentía que siempre te sacará de la oscuridad. La que te cuida y nunca permitirá que te roben la pureza de tu corazón.

—¿Soy como una hija para ti? Si llego a quererte como a mi mamá, todo se arruinaría.

—No tienes que hacerlo.

—¿Antes de matarlo podemos esperar a que termine el concurso? —me preguntó mi hija.

—Así será.

La preparación de Camila para la competencia nos hizo felices a las dos. Visitas a la peluquería, cambios de ropa, maquillaje, ensayos de posturas y miradas… Por fin vivía lo que una niña de su edad merecía disfrutar.

Nos sentimos seguras hasta el día del evento. Al llegar y ver el escenario, las luces, la música y las filas de asientos para los asistentes a lado y lado de la pasarela, los nervios se apoderaron de nuestra confianza.

—Esas niñas son muy bonitas —me dijo en voz baja, intimidada.

—Lo mismo están pensando ellas de ti.

Las mamás arreglaban a sus hijas. Era la primera actividad de ese tipo para Camila y para mí. No entramos al backstage; esperamos afuera.

—¿Son participantes del concurso? —nos preguntó una mujer con tacones altos y muy maquillada; en su mano tenía una lista.

—Sí. Somos Patricia y Camila.

—¿Es la mamá de la niña?

—¡Sí! —respondió Camila—. Es mi mamá.

—El tocador de ustedes es el 7, al fondo a la izquierda.

—Gracias —dijimos las dos al tiempo.

—Puedo quererte como a una mamá, pero no voy a llamarte mamá; no quiero arruinarlo.

—Está bien —le contesté con el corazón hinchado de amor.

Camila salió a su presentación con las manos frías y un nudo en el estómago, pero desfiló como una profesional. Caminó de un lado a otro y al final dejó ver una sonrisa encantadora e inocente. Lloré en silencio y a escondidas.

En el jurado no estaba el zoquete; me alegré de su ausencia. No quería que su perversión influyera en la decisión. No era necesario. Camila es la ganadora si todavía existe algo de justicia en el mundo.

—¡¿Cómo lo hice?! —me preguntó con nervios al terminar.

—¡Prepárate para ganar!

—Ja, ja, ja. Tenía mucho miedo. ¿Estuve bien?

—¡Maravillosa!

La presentadora del evento se acercó al micrófono. Agradeció a los asistentes, a las participantes, a sus «mamás» y, más que nada, a Velmont.

—En este sobre se encuentra el nombre de la ganadora. Velmont y todo el equipo que hizo posible este concurso quieren dejar claro que no hay perdedoras y que cada una de las niñas recibirá un bono de un millón de pesos en ropa de la marca.

—¡Un millón de pesos! —gritó Camila.

—¡Wow! —le respondí.

La anfitriona esperó a que cesaran los aplausos y continuó con el cierre del certamen.

—Sin nada más que decir y reiterando el agradecimiento a Velmont por dar vida a este encuentro y demostrar su compromiso al apoyar los nuevos talentos, la niña Velmont de este año será… la concursante número 7: ¡Camila!

—¡Gané! ¡Soy yo!

—¡Te lo dije! ¡Eres la más hermosa!

Nos abrazamos. Lloramos y nos volvimos a abrazar.

Mi niña fue modelo: sesión de fotos, montones de ropa y, lo más importante, el depravado cayó en la trampa. «Mi pequeña esposa», le susurró al oído cuando se creyó afortunado de volver a encontrarla.

—¿Cómo sigue tu abuela? —le pregunté a Camila el día que le conté el plan.

—Mejor. Está prácticamente ciega. ¿Cuándo lo vas a matar? Me dijo que las esposas hacían el amor con los esposos.