Los Últimos Creyentes Capítulo 7 de la novela de Patricia #3
52%

Capítulo 7 de la novela de Patricia #3

El tenso ambiente de la sala chocaba con la tranquilidad del exterior. El canto de los mirlos y los turpiales alcanzaba a colarse en el interior de la cabaña, generando un contraste irónico.

Abigail reconoció las intenciones del pastor.

—Jacobo, no permitas que me practiquen un exorcismo —susurró Abigail con terror al oído de su esposo.

La respuesta del hombre fue una sonrisa despreocupada y unas suaves palmadas en la mano de su mujer.

Salomé se ausentó y regresó con una estola negra; el logo de la iglesia estaba bordado en ambos extremos. Su compañero se inclinó para que se la colgara al cuello.

—¡No quiero que practiquen conmigo ningún ritual o conjuro! ¡No permitiré que me exorcicen! —gritó Abigail, levantándose de la silla.

—Jacobo, ayúdame, por favor —dijo el pastor.

El esposo de Abigail, a quien amó durante siete años, no dudó en sujetarla del brazo que tenía más cerca y, con desproporcionada fuerza, la volvió a sentar.

—¡No estoy loca ni poseída!

—Asmodeo retrocede al enfrentarse al poder divino, pero se resistirá a abandonarte.

Elías la abrazó y la apretó contra su pecho. Ella forcejeaba, lanzaba patadas y puñetazos de manera frenética. Era su orgullo el vulnerado; su juicio y su cordura, los ultrajados.

Con brusquedad, la arrojó a sus pies y, a pesar de la gruesa alfombra, la cabeza de Abigail rebotó violentamente en el suelo.

Por un instante se nubló su vista. Recordó a Patricia, el personaje de la novela.

Hacerlo le dio valor y entendió que, como la asesina en la historia, debía fingir y darle a su agresor lo que quería.

—¡Viniste a salvar un alma y te irás entregando la tuya! —gritó con tono gutural y demoníaco la exorcizada.

Jacobo y Salomé abrieron los ojos con terror.

—¡Ahí está! ¡Por fin te revelas! —respondió el pastor, poniendo una mano sobre cada hombro de la mujer; el peso de su cuerpo la aplastaba.

La profesora rodeó la cintura del ministro con las piernas.

—¡Penétrame! ¡Dame sexo! ¡Cógeme como el cabrón de mi esposo no lo ha hecho! ¿O tampoco te gustan las mujeres?

—¡Cállate! —le ordenó Elías y estrelló la palma derecha contra una de las mejillas de la víctima. El manotón resonó con violencia.

Abigail se quedó en silencio. Las lágrimas resbalaban por sus sienes hacia las orejas. Su mirada buscó al hombre que había jurado protegerla frente a un altar; ahí estaba, sin la intención de detener al monstruo.

Sonrió. El odio por Jacobo era la cara contraria del amor que hasta ese momento latía en su pecho.

Y al verlo no solo ajeno a su dolor, sino con un gesto de satisfacción por el infierno en que se hundía, se dio cuenta de que la indiferencia era la verdadera muerte de todo lo que por él alguna vez sintió. Ya era libre.

—Ja, ja, ja. ¡Si querías excitarme, lo lograste! —se burló la mujer, asestándole con furia un puñetazo en la nariz al exorcista.

Jacobo corrió para colaborar en el ritual y socorrer al líder de la iglesia. Se abalanzó sobre ella, utilizando las rodillas para inmovilizar los brazos de su esposa.

—¿Estás bien, Elías?

—¡Mi espíritu es inquebrantable! —respondió.

—Pero no tu nariz —dijo Abigail, sacando la lengua para atrapar las gotas de sangre que caían del rostro del ministro.

El pastor cerró sus grandes manos alrededor del cuello de la sometida, que abrió la boca en busca desesperada de aire.

—Elías, detente —suplicó Salomé.

—¡Al demonio hay que asfixiarlo! —gritó su esposo.

—¡La estás matando! ¡Detente! —repitió con angustia su compañera.

Patricia pensó en Camila para luchar por su vida.

Y yo, aunque suene absurdo, me aferré a la novela de mi estudiante; no podía morir sin saber qué iba a pasar con las protagonistas.

Una vez más uso el truco de la asesina de zoquetes y, antes de perder el conocimiento, cierro los ojos, esperando que así los verdaderos demonios de esta historia se detengan… Funciona.

—¡La mataste! —dijo llorando Salomé, la única del grupo que conservaba algo de sensatez.

—Murió junto con Asmodeo. Si es la voluntad del Señor, ella regresará de entre los muertos, libre de pecado, limpia y pura —contestó el verdugo.

Nadie puede fingir asfixia. En cuanto me soltó el monstruo, levanté la cabeza con la boca abierta.

Tragaba bocanadas de aire, pero seguía ahogada; era como si el oxígeno no llegara a mis pulmones.

Mi garganta se secó y tosí hasta desgarrármela; escupí sangre brillante.

Mi vida dependía de continuar con mi actuación.

—¿Qué pasó? —pregunté con esfuerzo, fingiendo recobrar la consciencia y, más que nada, mi alma.

—¡Volviste a nacer! —respondió el asesino. Sí, era un asesino; había intentado matarme.

—Todo está bien, Abi —dijo Jacobo.

«Todo está bien, Abi». Así de perdidas están estas personas. ¿Qué hubiera pasado si me hubieran asesinado? ¿Habrían hecho desaparecer mi cadáver?

Cuando era una niña, los paseos familiares casi siempre terminaban en una tragedia personal. A veces callamos nuestras experiencias porque suenan tan descabelladas que difícilmente resultan creíbles.

No tengo razones para mentir ni ustedes para no creerme.

Tenía siete años y mi papá organizaba con meses de anticipación cada salida a la playa.

Debíamos partir a las 9:00 en punto. Estuve en la puerta a las 9:02; dos minutos de retraso bastaron para que cancelara el viaje y me encerrara durante 24 horas exactas en el sótano, en total oscuridad.

—Quédate callada. Nos meterás en problemas a las dos —me decía mi mamá, que iba corriendo por la llave de mi prisión para entregársela a su esposo.

Años más tarde, en mi afán por liberarme de mi captor, caigo en las garras de otro. No es casualidad. Creí, como la Patricia del libro, que no merecía ser libre y solo le cambié de rostro a mi secuestrador.

Me cubrieron con una manta y me sentaron en el sofá. Salomé, aterrada, miraba desde cierta distancia sin pronunciar palabra. Me encontraba en medio del líder de la secta y su cómplice, que rezaban con las manos sobre mi cabeza.

Hace 24 años, al entrar al sótano para cumplir con mi castigo, no pensaba en el tiempo que permanecería recluida; me imaginaba el momento de la liberación.

Hago lo mismo: no me concentro en el presente, sino en el futuro.

Me perdono a mí misma por ponerme en esta situación.

Definitivamente, Elías, Jacobo y mis papás son unos zoquetes.

Salomé me ofrece un vaso de agua; acepto. Beberla me quema la garganta. Cae el sol y los dos hombres me dejan en paz. Les agradezco; Jacobo repite la frase que tanto me molestaba: «No me lo agradezcas». Ya no me molesta; nada de lo que diga o haga me importa.

—¿Puedo descansar un rato?

—Claro que sí. Tu cuerpo y alma están resentidos.

—Gracias, ministro —le respondo en voz baja.

Camino hacia las escaleras, pero, antes de subir, regreso y le doy un abrazo a Elías y un beso a Jacobo.

—¡Hemos vencido al demonio! —grita el asesino.

Entro a la habitación. Le envío un mensaje a Patricia:

«Tenías razón. Fue mala idea haber venido a este campamento maldito. Me exorcizaron e intentaron matarme».

Continúo leyendo la novela de mi estudiante. Es la única manera de salir de aquí por ahora.