Capítulo 7 de la novela de Patricia #2
—¿Quién era el zoquete?
—Un policía que prostituía niñas y era un violador serial.
—Te falta un diente.
—Sí. ¿Se nota mucho? —Saqué la lengua por el espacio que había dejado el diente perdido para hacerla reír.
—Ja, ja, ja. ¿Si lo hubieras guardado, te lo podrían volver a poner?
—No creo. Ese ya murió; ponen uno nuevo. Te prometí que iríamos a cine.
—¿Para qué? No hay mejor película que nuestras vidas.
—La tuya quiero que sea un cuento de hadas.
—Algún día seré una superheroína, una asesina como tú.
No supe qué responder a la confesión de su deseo. Si en eso anhelaba convertirse, era libre de hacerlo. ¿Se acuerdan de que al inicio de la historia les dije que este libro era, en sí mismo y sin buscarlo, una guía motivacional? La libertad de ser lo que queramos, incluso una asesina de zoquetes.
—Espero que seas lo que quieras ser. Que la justicia guíe y moldee las decisiones que tomes.
—¿Puedo acompañarte a mandar al otro mundo al próximo?
—No sé aún cuál será el siguiente.
—Hay algo que no te he contado. Una de las cosas nuevas que me pidieron los zoquetes con los que vivía, poco antes de que tú los mataras, fue que tuviera sexo con algunos de sus clientes.
—¿Y alcanzaron a hacerlo?
—Solo uno.
—¿Sabes quién fue?
—Sí. Antes de estar con él me habló de su vida. Confesó que no quería sentir que abusaba de mí; me contó los problemas sexuales con su esposa.
—¿Cuáles eran?
—Le pidió que usara ropa infantil.
—¿Y ella se negó?
—Sí.
—Creyó que una buena charla disfrazaba el abuso.
—Pagó por el doble de tiempo. Durante los últimos diez minutos, abusó de mí.
—Tenemos trabajo que hacer.
—Abigail, ¿estás bien o es que sigues leyendo ese estúpido libro? —preguntó Jacobo golpeando con fuerza la puerta del baño.
Abigail se sorprendió del calibre y el tono del reproche; su esposo jamás había usado la palabra «estúpido» en ninguna discusión, por molesto que estuviera.
—Lo siento —contestó la mujer con temor.
El ambiente era pesado, tenso; únicamente parecían estar cómodos los dueños del lugar y Jacobo.
—¿Tienen hambre? —preguntó Elías—. ¿Qué tal si almorzamos y luego descansamos un rato antes de iniciar la terapia?
—Perfecto —respondió Jacobo, adelantándose a que lo hiciera su esposa.
Salomé se dirigió a la cocina y Abigail la alcanzó para ayudarla a servir la comida. Los dos hombres se quedaron en la sala hablando de las remodelaciones que se le hicieron a la cabaña.
—Aurora y Oliverio descansaron hoy. Elías no quiso contratar a nadie más porque prefiere que tengamos privacidad. Está muy preocupado por la relación de ustedes dos —dijo Salomé, buscando un cucharón en uno de los cajones.
—Está más preocupado que Jacobo.
—No digas eso. Seguro que él también lo está. Te ama.
Abigail agarró un pequeño tomate del gran tazón de ensalada y se lo llevó a la boca.
—¿Nunca peleas con Elías? —preguntó mientras lo comía.
—No se puede pelear con él. Es imperturbable; además, casi no nos vemos.
—¿Y no te molesta?
—¿Qué?
—Que pasen poco tiempo juntos.
—¿Por qué tendría que molestarme?
Las dos mujeres llevaron los platos y los demás acompañamientos a la mesa. No tuvieron que llamar a sus parejas; ellos las vigilaban, impacientes por el hambre.
Elías ocupó la cabecera; a su derecha, Salomé; a su izquierda, Jacobo; y junto a este, Abigail. El ministro tomó con una mano la de su esposa y con la otra la de su amigo, quien, a su vez, aferró con fuerza la de su mujer.
—Señor, dueño del universo, de nuestras vidas y de nuestro destino.
Fue tu voluntad la que nos reunió; estamos aquí para cumplir tu mandato de reparación, perdón e indulgencia, virtudes que sembraste en los corazones de tus hijos.
Por eso te pido, con el espíritu postrado ante ti, Señor, que bendigas estos alimentos y asimismo a cada persona que hizo posible que hoy no nos falte el pan.
Gracias, Dios; gracias, Padre celestial.
Aliméntense agradeciendo a Dios —concluyó el pastor.
—¿Quién preparó el estofado? —preguntó Abigail al probar el primer bocado.
—Está delicioso. Definitivamente lo cocinó Elías —dijo Jacobo, anticipándose a la respuesta de los anfitriones.
—Gracias por la confianza —respondió irónicamente Salomé.
—Ja, ja, ja. Lo siento. Conozco las cualidades culinarias de tu esposo.
—Las conoces muy bien, porque efectivamente yo lo hice.
—Delicioso —repitió Jacobo.
El grupo terminó de almorzar. Abigail y Salomé recogieron los platos y organizaron la cocina. Al acabar, Abigail regresó a la habitación para retomar la novela de Patricia.
Los demás permanecieron sentados cerca de la chimenea.
—¿Ven su actitud? Está obsesionada con el borrador de un libro de una de sus alumnas.
—No seas impaciente. Está aquí; ese paso puede parecerte pequeño, pero es una muestra gigante de su compromiso por recomponer la relación —dijo Elías.
—Gracias por lo que hacen por nosotros.
—Es nuestro trabajo, Jacobo. No lo agradezcas. Es el oficio que nos encomendó el Señor —respondió la esposa de Elías.
Los tres hablaron por un buen rato. Luego, Salomé fue a descansar antes de iniciar la asesoría, mientras los dos hombres caminaban alrededor de la cabaña, cada uno con una copa de vino en la mano.
Se acercaba la hora de las actividades de sanación. Jacobo subió para avisarle a Abigail.
Cuando abrió la puerta, ella no se inmutó; sus ojos no se despegaron de la pantalla del celular.
—Abi, ya casi empezamos.
Su esposa no se movió ni emitió el más leve sonido que indicara que lo había escuchado.
—¿Abi? —insistió Jacobo, acercándose.
—Sí, te escuché. Dame un momento y bajo —respondió antes de continuar con la lectura.
El hombre que abusó de Camila era el gerente de Velmont, una reconocida y poderosa marca de ropa. Tenía una hija de la edad de mi protegida, no fumaba, no bebía alcohol y destacaba por sus grandes contribuciones a fundaciones infantiles.
—¿No tienes su número de teléfono? ¿Solo te contó dónde trabajaba? —le pregunté a la niña.
—Me dijo que jugáramos a que llegaba a su casa y yo era su esposa. Me contó sobre su día de trabajo. Nada más.
—Debe existir alguna forma de que tu reencuentro con él parezca casual y no resulte sospechoso.
Jacobo le arrebató el celular de las manos a Abigail tan rápido que a la mujer le tomó tiempo procesar lo que ocurrió.
—¿Crees que puedes burlarte de mí? ¿Piensas que no tengo la fuerza para ponerte en tu sitio?
—Perdóname. No, yo no he querido burlarme…
—Dices que no me importa nuestra relación, pero estoy aquí luchando por reconstruirla, y a ti solo te interesa leer esta estúpida novela. Me cansé de que me ignores como si fuera una basura que se desprecia.
—Tienes razón, perdóname. No lo hice por burlarme de ti; me envolvió la historia. Discúlpame.
Jacobo le entregó nuevamente su celular sin decir una palabra. La pareja bajó a la sala, donde los esperaban el ministro y su esposa.
—¿Descansaste? —preguntó Elías a la mujer.
—Sí, gracias.
—Esto no es más que una conversación en la que nos vamos a escuchar con humildad, sin egos ni soberbia. La oración será la que ilumine cada espacio que haya ganado la oscuridad.
Elías dejó que sonara La petite fille de la mer y dio inicio a su discurso.
—Hoy es muy difícil entendernos como pareja; las separaciones aumentan a diario. El adversario se esconde en la modernidad, en los distractores; no ataca de forma directa. Primero te roba la atención y después el demonio de la lujuria encuentra el camino despejado para hacernos caer.
El ministro hizo una breve pausa. Cerró los ojos y movió sus manos al compás de la canción.
—La música, la televisión y los libros: el enemigo ya no se oculta.
Pocos nos escandalizamos y repudiamos el mensaje que llega sin maquillaje.
Las canciones que hablan de sexo, infidelidad y placer están en los labios de los niños; las cantan y bailan frente a sus padres, que se regocijan y aplauden estos actos impúdicos.
Elías caminó lentamente frente a la chimenea antes de continuar.
—Las películas muestran muerte, violencia y caos; contaminan el espíritu.
Siembran en nuestros corazones los deseos de venganza y los disfrazan de justicia.
Ahora aman a un gato o a un perro como si fueran hijos y no permiten que germinen las semillas de fertilidad que Dios les entregó con la misión de poblar la tierra.
El pastor juntó las manos y dirigió la mirada hacia sus invitados.
—Abraham le preguntó a Dios: «¿Destruirías la ciudad si hubiera cincuenta justos? ¿Y si hubiera diez?», refiriéndose a Sodoma y Gomorra. Le preocupaba porque su sobrino Lot vivía allí. El Señor respondió que no la destruiría por amor a esos diez, según Génesis 18:32.
El pastor guardó silencio durante unos segundos.
—Pero cuando los dos ángeles llegaron a Sodoma y entraron en la casa de Lot, quedó demostrado que ni siquiera había diez justos en la ciudad.
Elías observó uno por uno a los presentes.
—Mi pregunta es: ¿cuántos justos quedamos en el mundo? ¿Cuántos justos quedamos en esta cabaña?
—Esta mañana los recibí y, con tristeza, vi a un hombre comprometido, entregado y con la voluntad de rehacer su matrimonio, y a su mujer, que no despegó los ojos del teléfono por la fascinación dañina que le producía la novela escrita por quien cree que es su estudiante.
Pero, en realidad, es el vencido quien está detrás de cada línea, separándola del amor de su esposo.
—Elías, no. Yo no… —intentó defenderse Abigail.
—¿Escuchaste al inicio de la charla que dejaríamos el ego y la soberbia a un lado? ¿Podrías hacerlo y dejarme finalizar, por favor?
El ministro se acercó a ella para tocarle el pelo. La mujer sintió temor ante la sobreactuada amabilidad del corpulento pastor. Pensó que quizás había cometido el peor error de su vida al ir a ese lugar.
—Pero la música mundana no se escucha si nos tapamos los oídos; la televisión no se ve si cerramos los ojos.
El mal no habita donde no puede entrar. Somos nosotros quienes abrimos la puerta al demonio y, una vez instalado, solo una expulsión espiritual guiada de principio a fin por Dios libera a su huésped.