Capítulo 7 de la novela de Patricia
«Tengo odio arrastrándose por mi organismo». Aileen Wuornos.
Mi siguiente zoquete en la mira era un policía corrupto.
Muchos lo son, y no por eso los tengo que matar.
Pero este en particular cumplía varios ítems de mi exigente lista.
Uno de ellos, y el menor de sus pecados, consistía en inducir a estudiantes de un colegio ubicado en un barrio pobre de la ciudad a consumir drogas; después de que caían en la adicción, los manipulaba para que cometieran delitos y, en el caso de las niñas,
no solo las convertía en sus esclavas sexuales, sino que también las obligaba a prostituirse.
Créanme cuando les digo que su portafolio era extenso.
Encontrarlo no fue difícil; operaba a plena luz del día, con la tranquilidad de un tendero, un lustrador de zapatos, un taxista…
o cualquiera que ejerza un oficio honesto y decente.
Paraba su moto de dotación y las niñas que trabajaban vendiendo sus cuerpos le entregaban parte del dinero recaudado.
Cada mañana seguía la misma rutina de cobro.
Entre más grande el monstruo, más pervertido es su punto débil.
El zoquete tenía una obsesión que lo dominaba: era un violador serial.
Su fama lo precedía y en la calle se escuchaban susurros sobre la crueldad de su impulso.
Su apodo era Cacahuate. Su ruta no variaba: dejaba a su compañero de patrulla y luego se dirigía a entregar la moto al comando.
Lo único que cambiaba eran los horarios.
Esperé veintidós días hasta que le asignaron el cuarto turno, de seis de la tarde a medianoche.
Me vestí con una falda no muy corta, de bolsillos anchos; buscaba parecer una presa casual y hacerle creer que había tenido suerte. Una blusa de mangas largas, tenis negros y un morral me daban el aspecto de una universitaria imprudente y despistada. Me recogí el pelo en una trenza.
A lo lejos, la oscura calle comenzó a iluminarse. Me puse de pie con rapidez. No estaba ansiosa; llevaba un rato esperándolo sentada en un frío andén que me había congelado las nalgas.
—Abi, llegamos —avisó Jacobo a su esposa.
—Dame unos minutos, por favor.
—Abi, Elías y Salomé nos están esperando en la puerta.
—Solo necesito unos minutos.
—Ok, fingiré que recibí una llamada.
—Gracias —respondió Abigail sin apartar la vista del teléfono.
Caminé hacia Cacahuate con las manos dentro de los bolsillos. Pasó a mi lado. Desaceleró; nuestras miradas se cruzaron. Temí que no mordiera el anzuelo. Me emocionaba al imaginar su ataque.
De hecho, fantaseaba con las posibles maneras en que me abordaría.
Siguió su camino y me frustré al pensar que había jugado con mis sentimientos al disminuir la velocidad.
La desilusión no alcanzó a avanzar porque un minuto después apareció por la esquina derecha; dio la vuelta y se encontró de nuevo conmigo.
Me sentí sexy, deseada; bajé la cabeza para que no viera cómo me mordía los labios.
Detuvo la moto, se bajó y se abalanzó sobre mí.
La embestida fue brutal, sin aviso. Me sorprendió; venía preparada para una breve conversación antes de la agresión.
Empuñé el revólver dentro del bolsillo; en ese momento tuve la oportunidad de asesinarlo; no lo hice.
Me golpeó en la cara; se escuchó un crujido al romperse mi tabique.
No me dolió la nariz, pero mi frente parecía arder en llamas.
Me mojé y escondí mis gestos de excitación.
Lo arruinaría si se daba cuenta de que lo disfrutaba.
El segundo puñetazo me desprendió un diente; luché por no perder el conocimiento.
Entendí que eso era lo que buscaba, por lo que cerré los ojos y aparenté estar inconsciente.
—Abi, por favor. No puedo hacerlos esperar más —la interrumpió Jacobo.
Abigail levantó una mano para callarlo y continuó atrapada en la historia.
Cacahuate se desabrochó la correa del pantalón y se bajó la cremallera.
Me rompió las tangas para quitármelas y primero introdujo bruscamente sus dedos en mí; la sangre corrió por mis piernas.
Las heridas no me hicieron abandonar la actuación.
Luego me penetró con su pene y se inclinó para besarme el cuello.
—Ja, ja, ja. Y yo que pensé que te decían Cacahuate por tu baja estatura —le dije al oído con burla y, de un mordisco, le arranqué la mitad de la oreja.
Descargué los seis disparos en el lado derecho de su abdomen.
Retumbaron en toda la calle como truenos.
Suspiró antes de morir y cayó sobre mí con todo el peso de su cuerpo.
No pude levantarme de inmediato. El mundo me daba vueltas.
La adrenalina, el placer del ultraje y la satisfacción de realizar mi trabajo me mantuvieron consciente.
No podía desmayarme. Recordé a Camila: le había prometido que iríamos al cine.
Si tuviera una hija, la amaría igual que a ella.
Con esfuerzo, logré apartarlo y ponerme de pie.
Apoyé las manos en las paredes para retirarme del lugar.
Caminé varias cuadras; no sé cuántas. En medicina existe un procedimiento llamado «reducción»: se presionan los huesos y el cartílago para devolverlos a su posición. Lo vi en Grey’s Anatomy.
Realizaría esta maniobra para enderezar mi tabique roto y, al mismo tiempo, el insoportable dolor impediría que colapsara.
Necesitaba alejarme lo más posible de la escena del crimen.
Respiré y lo hice. Sentí el crujido como si partieran una galleta dentro de mi cabeza.
Mi vista se nubló; la sangre bajó por mi garganta y vomité.
Me tambaleaba; todo se volvía negro. Un indigente dormía cubierto de gruesas cobijas de lana. Me acosté a su lado y me arropé. El hombre no reaccionó. La herida en la nariz no me permitía olerlo. «Tengo que ir a cine con mi hija. Mi hija es maravillosa».
Al otro día, mi compañero de cama me despertó con un grito:
—¡Ahhh! ¿Quién es usted? ¿Qué le pasó en la cara?
—Me intentaron robar y usted me defendió —le respondí sin abrir por completo los ojos; la inflamación no me dejaba hacerlo.
—¿Yo?
—Sí, anoche. Me defendió y me invitó a dormir con usted.
—Necesita un médico.
—No, no puedo ir a un médico porque usted hirió de gravedad a uno de los ladrones; iríamos a la cárcel.
—¿Yo?
—Sí. Gracias por ser valiente.
—Tengo que dejar de oler pegante —dijo confundido.
—¿Podría conseguirme hielo?
—Sí. No se mueva.
Un habitante de calle fue el primer hombre en toda mi vida que me atendió en la mañana.
—Espere. Deme pegante. No soporto el dolor —le dije.
—No me queda nada; me lo gasté anoche.
—En mis bolsillos tengo dinero. Sáquelo y vaya a comprarlo. Quédese con el resto.
—Abigail, si quieres permanecer en el auto, está bien. Yo entraré.
—Vamos —respondió mientras pausaba su lectura.
Jacobo esperó a su esposa y la tomó de la mano. Caminaron hacia la entrada. Por fuera, parecía una cabaña discreta.
—Abigail y Jacobo. Los siervos fieles siempre buscan la guía del pastor —dijo Elías, extendiendo los brazos para recibirlos.
El ministro era alto; medía un metro y noventa y tres centímetros. Muy corpulento; su devoción por el gimnasio igualaba a la que sentía por su iglesia. Y tan atractivo que perfectamente podría ser el protagonista de una película de superhéroes.
—Amén —contestó Jacobo.
Abigail sonrió discretamente.
Elías abrazó al hombre y luego a la mujer.
—Bienvenidos. Los estábamos esperando —dijo Salomé.
La humildad que reflejaba el exterior contrastaba con el lujo del interior.
La chimenea era enorme. Inmensos ventanales para observar los gigantescos pinos.
El techo no era plano; sobresalían grandes vigas de abeto entrelazadas que creaban una estructura geométrica impresionante.
De él colgaba una hermosa lámpara de la que caían brillantes cascadas de cristales de Swarovski.
Los invitados entraron. Elías cargó con las dos maletas sin mostrar ninguna señal de esfuerzo.
—¿Me prestan el baño, por favor? —dijo Abigail.
—No tienes que pedirlo. A partir de ahora siéntanse como en su casa —respondió Salomé.
Abigail cerró la puerta y se metió de inmediato en la historia de su alumna.
Mi cuidador no se demoró en regresar. El hielo fue un alivio momentáneo.
Me entregó una bolsa de plástico con el pegante regado dentro.
—¿Es su primera vez con el pegante?
—Sí.
—Respírelo y bótelo de una. No lo guarde en los pulmones. Si lo hace, la vuelve loca.
—Está bien.
—No, no, no. No se pegue la bolsa a la cara. Deje un espacio para que respire. Lo huele y lo retira —me explicó el hombre, separando mi mano del rostro para corregir mi forma de consumirlo.
—¿Así?
—Sí.
Lo aspiré rápido siguiendo los consejos de mi instructor. Diez segundos después, el dolor se transformó en un hormigueo eléctrico y un vapor tibio subió por mi garganta hasta mi cabeza.
—Tengo que llegar a mi casa. ¿Me regala una de estas cobijas? Se la cambio por mi morral.
—Mujer, ya pagó por ella con lo que tenía en sus bolsillos. Siga como le enseñé: ni más ni menos.
Me cubrí y empecé mi recorrido. La intoxicación logró que el piso se volviera chicloso; sentía los pasos como si los diera en una cama elástica. No sabía qué me dolía; el cerebro olvidó dónde estaba la nariz. Ahí seguían las fuertes punzadas, solo que ya no me importaban.
Escupí todo el camino; el corazón no latía en mi pecho, sino en mi cuello. Entré a mi apartamento sin cerrar la puerta por completo. Me volví a derrumbar, pero la llamé.
—Hija, vamos a ir a cine. Comeremos crispetas y tomaremos jugos de colores llenos de azúcar.
—Patricia, ¿estás bien? —respondió Camila.
—Sí, el que está mal es el zoquete que mandé al otro mundo.
—Voy para tu casa.
Casi veinte horas después desperté. Acostada a mi lado se encontraba Camila. Me cuidó durante todo ese tiempo sin despegarse de mí un minuto. Una vez más intenté abrir mis ojos, pero fue imposible; separé los párpados con mis dedos.
—Tengo muchas ganas de orinar —fue lo primero que dije.
La niña me ayudó a ir al baño. Bajó el pantalón de mi pijama; yo fui incapaz de hacerlo. Me cambió de ropa y me puso en la cara un paquete de vegetales congelados que encontró en la nevera.
No se asustó al verme; en su vida se ha enfrentado a cosas peores que un rostro inflamado.
—Orinaste sangre. ¿No te diste cuenta? —me preguntó mientras me apoyaba en su hombro para regresar a la cama.
—Sí.
—¿Te violaron? No traías calzones.
—Sí. Bueno, dejé que lo hiciera.