Capítulo 6 de la novela de Patricia
El renacer de Camila Marrón
La noche de la liberación fui vestida totalmente de negro.
Compré un pasamontañas del mismo color. Camila identificó mi tenue silbido, me abrió la puerta y señaló con la mano el lugar donde dormían los zoquetes.
Llevaba mi revólver en caso de necesitarlo, pero el arma que usé fue mi navaja; la afilé el día antes siguiendo estrictamente los pasos de un tutorial que encontré en internet.
Me paré junto a la cama y, por un breve instante, los vi dormir.
Luego realicé un corte limpio en el cuello del padrastro de Camila; no lo elegí al azar: primero debía eliminar al oponente que podía darme pelea.
La incisión fue casi de lado a lado; murió en segundos.
Aunque no hubo ruido, la mujer se despertó y, antes de que gritara, le hice un tajo en la garganta, sin la precisión del anterior, por lo que no se desangró tan rápido como su pareja.
—¿Por qué está haciendo ese sonido? —me preguntó la niña que observaba la escena desde la puerta.
—Porque no está muriendo desangrada, sino ahogada en su propia sangre —le respondí mientras limpiaba mi herramienta de trabajo.
—¿Pero se va a morir?
—Sí, espera unos minutos más para salir a buscar ayuda. Es mejor asegurarnos. ¿Borraste la información del computador?
—Sí. Te quiero, Patricia.
—Y yo a ti.
La policía llegó a la conclusión de que el asesinato había sido un ajuste de cuentas.
El agresor pensaba usar su pistola en cuanto la víctima abriera la puerta, pero la niña, sin quererlo, modificó el plan del atacante, quien eligió un arma cortopunzante para no hacer ruido.
Mató a la mujer cuando esta se despertó y se dio cuenta de lo que ocurría.
La pareja traficaba con estupefacientes y era investigada por una larga lista de delitos. Caso cerrado.
Bill Morgan era un camionero australiano que en 1998 tuvo un grave accidente automovilístico que le provocó una afección cardíaca.
En el tratamiento, sufrió una reacción alérgica a un medicamento y su corazón se detuvo durante catorce minutos y treinta y ocho segundos.
Fue declarado clínicamente muerto antes de que lograran reanimarlo, pero quedó en coma profundo.
Los médicos aconsejaron a la familia desconectarlo del soporte vital.
El primer milagro ocurrió doce días después: despertó sin ningún daño neurológico.
Para celebrar su recuperación y su nueva vida, Bill compró un boleto de lotería instantánea, de los que se raspan, y ganó un automóvil. Segundo milagro.
La noticia de un hombre que había regresado de la muerte y ganado un automóvil se esparció como pólvora.
Los medios de comunicación llegaron para cubrir la nota sensacionalista.
Un canal local de Melbourne le pidió recrear, paso a paso, su golpe de suerte.
Así que compró otro boleto y lo raspó frente a la cámara.
Lo que pasó ya es historia de la televisión y puede encontrarse en internet: ganó 250.000 dólares australianos. Tercer milagro.
A veces la realidad supera la ficción. Luego del homicidio de sus padres, las autoridades recomendaron que continuara la terapia con la psicóloga que ya la trataba antes del crimen. Esa psicóloga soy yo. Primer milagro.
Mi actividad reparadora fue ir con mi paciente al concierto de las Cherry Bloom. Segundo milagro.
Llevábamos camisetas oficiales del grupo la noche del espectáculo; cantábamos sus canciones en medio de nuestros gritos, que quedaban ahogados por los de la multitud.
De repente, y sin entender bien qué sucedía, una mujer con uniforme de logística y un auricular en el oído derecho tomó del brazo a Camila para decirle que las Cherry Bloom querían que cantara con ellas la siguiente canción. Tercer milagro.
La niña me miró y no dijo nada. Sus ojos se inundaron de lágrimas, las mismas que se negaron a caer incluso mientras presenciaba el asesinato de su mamá. No lloró cuando su mundo estaba roto; lo hizo al darse cuenta de que podía repararse.
Meses después celebramos el cumpleaños de Camila en la casa de su abuela. Una pequeña reunión con una torta de fresa que yo preparé. La fiesta tuvo pocos invitados, pero no faltó el más importante: Jerónimo.
La niña cerró los ojos y, antes de soplar la vela, sonrió feliz, mostrando sus lindos dientes blancos.
—Pedí que nunca te pasara nada —me confesó y me abrazó.
—Si lo cuentas, no se cumple.
—Ya no seas una superheroína. No te arriesgues más matando zoquetes.
—¿Y vuelvo a ser la mujer aburrida que maltrataban todos? Ahora mi propósito es ser un instrumento de justicia divina. Debo realizar el trabajo de Dios.
—No te quiero perder.
—No me perderás. Solo se puede perder lo que se olvida y tú no me vas a olvidar. —Me volvió a abrazar. Luego cortó un trozo de pastel y se lo entregó a Jerónimo.
A la hora de destapar los regalos, el de su futuro prometido fue un reloj de Hello Kitty. Me miró primero a mí y después a su compañero. Le sonrió con ternura. Ahí estaba intacta la pureza de su corazón.