Los Últimos Creyentes Capítulo 5 de la novela de Patricia #3
36%

Capítulo 5 de la novela de Patricia #3

—Iré a tu casa en la noche y me dejarás entrar. Seré rápida. Luego saldré y comenzará tu actuación. Te daré el paso a paso de lo que debes decir. Sabrán que no forcé la cerradura, así que dirás que tú me abriste la puerta.

—¿Por qué lo haría?

—Porque te quedaste jugando en el celular hasta tarde y escuchaste a alguien llamar a tu padrastro por su nombre, lo que te dio confianza.

—Para que parezca real, debo ver cómo lo haces.

—Si me lo pides por venganza…

—Simplemente quiero que salga bien.

—Saldrá bien.

Días después, entró a mi oficina y me contó con emoción:

—Jerónimo me escribió una carta. ¿Quieres que te la lea?

—Obviamente, Camila Marrón.

—«Camila, tu pelo es muy lindo. Y me haces reír cuando bailas en el salón…». ¿Qué quiso decir? ¿Que bailo chistoso?

—Que lo diviertes. Continúa.

—«A veces no entiendo tus comentarios, pero es porque eres muy inteligente. Me gustas y quisiera casarme contigo».

—Bueno, ya tienes prometido.

—Ja, ja, ja. Cuando crezca, quiero casarme con él.

—Me invitas a la boda. Todo está listo para mañana en la noche. ¿Has ensayado lo que acordamos que le dirías a la policía?

—Sí, mira: fue mi culpa por abrir la puerta.

Creí que era un amigo de mi papá… Lo llamaré papá, aunque nunca lo hago, para que piensen que lo amaba.

¡Fue mi culpa! ¡Por mi culpa los mataron!

No voy a llorar. Mejor parecer trastornada que dramática.

Mi mirada estará fija en el vacío. Tal cual me explicaste.

—¿Dónde estuviste después de que entró el hombre?

—Me tapó la boca y me amenazó con una pistola; me susurró que, si gritaba, iba a matarlos. Me ordenó quedarme en mi habitación y me prometió que, si obedecía, no pasaría nada. Me encerró y esperé rezando.

—¿En qué momento saliste?

—Cuando lo escuché salir corriendo de la casa. Fui a avisarles a mis papás. Los llamé, pero no respondían. Como no los veía, los toqué y me mojé las manos. Prendí la luz: era sangre. La cama estaba llena de sangre.

—Te harán las mismas preguntas varias veces; intentarán buscar fisuras. No importa de qué manera te las formulen: las respuestas no cambiarán.

—Está bien.

—Vas a pedir que te dejen estar cerca de tu abuela…

—Y de ti. Quiero estar cerca de ti.

No pensé que Camila dijera eso. Es mi recompensa por rescatarla del infierno.

Abigail se obligó a dormir. En un par de horas debía regresar a su apartamento y prepararse para su viaje al campamento.

El ministro Elías y su esposa Salomé

Me desperté y en el comedor me esperaba un sencillo desayuno con una nota que decía: «Ojalá mi hospitalidad suba mi calificación».

Patricia había salido muy temprano y me sorprendieron dos cosas: la primera, su capacidad para dormir tan poco; la segunda, el silencio con el que se organizó y cocinó sin que yo lo notara.

Su sigilo de ninja, de… asesina profesional, burló incluso mi sueño ligero. Me reproché haber sospechado de una mujer que, con su talento, me rescataba de mí misma y que, con su cortesía, me había acompañado cuando más lo necesitaba.

No suelo comer en las mañanas, pero no iba a despreciar el pan y los huevos con tomate y cebolla, que sabían tan bien como se veían.

No me bañé; lo haría al llegar a mi apartamento.

Me cambié y doblé la pijama de dinosaurios.

Al entrar a la habitación para dejarla sobre la cama, vi otro portarretrato, más grande, con una imagen de la misma niña junto a la misma mujer.

Esta vez se abrazaban y las expresiones de sus rostros reflejaban tristeza.

No sé por qué, al despedirme de Whisky y Minnie, los besé en la frente. Los sentí cercanos y, al permitirme hacerlo, creo que ellos sintieron lo mismo.

Llegué a mi casa y Jacobo estaba sentado en el sofá. Su actitud era tan extraña como la de anoche.

—¡Lista para salvar nuestra relación! —me dijo con un grito de bienvenida.

—Hola —saludé.

—Perdóname por pedirte que pasaras la noche fuera. Quería orar con tranquilidad.

Recordé una película en la que unos extraterrestres poseían los cuerpos de las personas.

Los poseídos no se volvían violentos ni agresivos; al contrario, se comportaban pacíficamente, pero de una manera inquietante.

Los que descubrían la verdad morían. Aunque no creo en alienígenas, preferí fingir normalidad.

—Está bien. En ocasiones queremos estar solos. Me baño, arreglo mi maleta y salimos. Tengo fe en que las cosas mejorarán.

—Abi, gracias por intentarlo.

Tuve miedo de bañarme. Me sentí vulnerable y, por primera vez, me di cuenta de que le temía a Jacobo.

No tardé mucho y mantuve a mi lado el bolso con mi cuchillo nuevo.

Llevé botas de combate, un pantalón ancho con bolsillos laterales y una blusa negra ajustada en la parte de arriba.

En uno de los pasadores del pantalón colgué el llavero que me regaló Matías.

Me recogí el pelo en una cola de caballo y, por último, me puse unas gafas Ray-Ban Aviator. Parecía disfrazada de Lara Croft.

El viaje en el auto hacia el campamento fue de silencio absoluto. Abigail no pudo evitar dormir casi todo el trayecto y, cuando despertó, continuó con la novela, ignorando las advertencias de Jacobo sobre el riesgo de un desprendimiento de retina al leer en un vehículo en movimiento.