Capítulo 5 de la novela de Patricia #2
—Escribiré un rato. Me conforta que estés despierta mientras lo hago —dijo la estudiante al entregarle unas cobijas y unas almohadas que olían a suavizante.
—Patricia, gracias.
—No tienes que agradecerme. Sé lo que es estar sola.
La profesora se acomodó y se acobijó en el sofá. Bebió el chocolate a pequeños sorbos, procurando que no se acabara demasiado pronto, y dejó la taza en el tapete. Minnie, sin pedir permiso, saltó sobre su pecho. Abigail retomó la lectura.
Después de descubrir lo que le sucedía a Camila, ya no necesitaba seguir vigilándolos.
Nuestra relación se volvió cercana. Desayunábamos y almorzábamos juntas. Camila se comportaba como una adulta, pero su infancia no se había perdido: se había escondido. Reaparecería cuando encontrara un lugar seguro.
Íbamos al supermercado y a la peluquería.
Comíamos helado y nos sentábamos a ver el mar durante horas.
Le daba dinero a su mamá para que me permitiera salir con ella.
La mujer fingía estar tranquila porque yo era la psicóloga del colegio, pero poco le importaba lo que hiciera con su hija.
La transacción tenía un nombre: alquiler.
—¿Quieres ser mi mamá? —me preguntó una tarde al caminar por el muelle.
—¿Quieres ser mi hija?
—Creo que eso lo arruinaría todo. Una mamá no puede ser también tu amiga. Hay secretos que jamás podrías contarle.
—¿Cómo cuáles?
—Que la odias, por ejemplo.
—¿Qué otro?
—Que fumaste o que ya no eres virgen.
—Quiero que entiendas algo: nadie puede quitarte la inocencia. La pureza de tu corazón no depende de lo que hayan hecho con tu cuerpo.
—No te entiendo.
—Lo que has vivido puede hacerte creer que no hay esperanza y que tus sueños están rotos. Pero algún día usarás ese dolor para ayudar a otros.
—Tú ya haces eso.
—Y eso que no sabes que soy una superheroína.
—¿Una superheroína?
—Sí. Soy una asesina de zoquetes. Un zoquete es una persona que debe ser eliminada para que el mundo sea un lugar mejor.
—Mi mamá y mi padrastro son zoquetes.
—¿Quieres que los mate?
—¿Lo harías?
—Solo si tú aceptas.
—Podría vivir con mi abuela. Ella me quiere.
—Entonces, aún tienes salvación.
Abigail regó sobre el tapete el poco chocolate que quedaba. Acomodó con cuidado a Minnie, se levantó y fue a la cocina. Arrancó un trozo de un rollo de papel absorbente y limpió hasta no dejar rastro del accidente. Luego aprovechó para revisar el apartamento.
Un portarretrato en una pequeña repisa dejaba ver la fotografía de una niña y una mujer que reía a su lado. Con el pulso firme de un neurocirujano, abrió uno de los cajones de un viejo mueble ubicado frente a un comedor de solo dos puestos.
Se desilusionó al descubrir que estaba vacío. No había mucho donde buscar; el espacio era reducido. Whisky la observaba con curiosidad, mientras Minnie dormía profundamente en el sofá.
Se sentó cerca de la perezosa gata y continuó leyendo.
Camila no fue difícil de convencer; tampoco era mi intención hacerlo.
De ninguna manera buscaba convertirla en cómplice ni hacerla cargar con la decisión.
Era una línea estrecha: debía descubrir qué deseaba sin manipularla ni recurrir a artimañas.
Soy una libertadora; jamás condenaría a mi única amiga a vivir con una culpa perpetua.
La psicología me ha ayudado a entender ciertos aspectos de la psique humana, pero, como en cualquier ciencia, hay vacíos que aún no podemos explicar y no tenemos más remedio que completar la información con suposiciones.
Camila Marrón mejoró sus calificaciones y empezó a participar en clase. Levantaba la mano con seguridad, sonreía y hasta le escribió una carta romántica a uno de sus compañeros.
Existen varias hipótesis acerca de su transformación, pero solo una es acertada. El mundo está construido sobre una base moral y ética que imposibilita el avance en distintas áreas. En este caso, se liberó del peso de la elección; en su mente la que cometería el asesinato sería yo.
¿Cuántas veces hemos deseado que desaparezcan quienes convierten nuestra existencia en una pesadilla? Seríamos incapaces de causarles el menor daño, aunque en nuestro interior agradeceríamos que del cielo les cayera un rayo. Para Camila, ese rayo soy yo.
—¿Qué te dijo Jerónimo después de leer tu carta?
—Me dio un beso en la mejilla. Es un niño.
—¿Y qué se supone que eres tú?
—Ya tuve sexo.
—¿Y eso te vuelve adulta? ¿No me escuchaste lo que te expliqué de la pureza del corazón? Tu madurez no se mide por tu experiencia sexual. Prométeme que te permitirás vivir lo que te arrebataron.
—¿Cómo?
—Valorando la inocencia de los demás y viéndote reflejada en ella. No juzgues ese beso desde lo que te hicieron, sino desde lo que significó para Jerónimo.
—Ahora que lo dices, fue lindo que se sonrojara.
—A lo mejor fue su primer beso.
—¿Cuándo lo harás? Me están pidiendo cosas nuevas —dijo Camila, cambiando de tema de golpe.
No le pregunté qué cosas nuevas; no quería exponerla sin necesidad. Preguntar más habría sido satisfacer mi morbo.
—¿Sabes eliminar la información que guardan en la computadora?
—¿Por qué?
—Si las autoridades descubren lo que te hacían, te llevarán a un centro de atención a víctimas; no irás directamente con tu abuela.
—Puedo aprender.
—Podría hacerlo yo, pero no sé cuánto tiempo tendré después de que los asesine.
Elegí esa última palabra para observar su reacción; quería comprobar que estaba segura de lo que haríamos. No se inmutó.
—¿Cuál es el plan?