Los Últimos Creyentes Capítulo 5 de la novela de Patricia
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Capítulo 5 de la novela de Patricia

Compartiendo secretos

Era evidente que Camila escondía algo. Muchos de los problemas de un niño son causados por uno o varios integrantes de su núcleo familiar. Eso dificultaba el tratamiento: no había nadie confiable con quien explorar el caso en profundidad.

Por esta razón, no solicité entrevistas con la mamá y mucho menos con el padrastro. Seguí dos pasos que en teoría parecían simples, pero resultaron complicados: el primero fue ganarme la confianza de la niña; el segundo, vigilarlos en mis ratos libres.

Todos los días, después de salir del trabajo, me sentaba cerca del lugar donde vivían. Podía ver con claridad si alguno de ellos se acercaba, por lo que tenía tiempo de huir.

Durante casi un mes, observé atentamente sus movimientos. Lo único medianamente sospechoso que noté fue que no recibían visitas. Los tres salieron cuatro veces a comer, no muy lejos de su casa; en todas las ocasiones, Camila vio la carta y parecía tener la libertad de elegir su plato.

Pero si como detective no obtenía resultados, con la niña sí avanzaba con rapidez.

Entraba sin avisar a mi oficina, que ahora también funcionaba como consultorio.

Le había pedido ese espacio al difunto dueño del colegio, pero siempre me lo negó.

Afortunadamente, su hija me concedió la privacidad que requería mi labor.

—¡Patricia! ¡Confirmado! ¡Las Cherry Bloom incluyeron esta ciudad en su gira!

—Ya lo sabía. ¿Podrías ayudarme a leer esto? Olvidé traer las gafas.

Camila se acercó y recibió las dos hojas que saqué del primer cajón de mi escritorio. Leyó con curiosidad:

—Tickets electrónicos. Evento: Cherry Bloom — Best Friends Forever Tour. Lugar: Arena Aurora. Sección: Preferencial. Fila: 12. Asiento: 18. ¿Compraste una entrada para el concierto?

—No. Compré dos entradas. Una para mí y otra para ti.

Una expresión de felicidad apareció en su rostro, pero casi de inmediato se desvaneció.

—Yo no puedo ir.

—Cuando tenía tu edad, la menor de mis cinco tías era la más cercana a nuestra familia.

A veces pasaba meses con nosotros. Su rebeldía le causaba conflictos con su papá, quien no era mi abuelo biológico, sino el padrastro de mi mamá.

Su refugio era mi casa. Durante mucho tiempo la vi como una hermana mayor; con ella podía hablar de cualquier tema porque nunca me subestimaba…

Me serví un vaso de agua para deshacer el nudo que se me había formado en la garganta.

—¿Tomas agua para no llorar?

—Eres muy observadora, Camila. Una noche la escuché quejarse en su habitación.

Me levanté preocupada; vivía con el miedo de perder a las personas que amaba.

Me acompañaba el temor de que murieran y me quedara sola.

Al asomarme, descubrí que los sollozos que no podía contener se debían a que tenía sexo con mi papá.

—¿Se dieron cuenta de que los viste?

—Mi tía sí; mi papá, no.

—¿Qué hizo?

—No se detuvo. Se llevó el dedo a los labios para ordenarme que guardara silencio. Al otro día me confrontó. Me dijo que más adelante, cuando creciera, lo entendería.

—¿Y sigues sin entenderlo? —preguntó la estudiante con una sonrisa irónica.

—¿Nos estamos burlando de nuestros traumas?

—Ja, ja, ja. No te he contado los míos.

—Eso es injusto.

—Hago contenido sexual con mi padrastro y mi mamá. Ellos lo venden.

—¿Un emprendimiento familiar?

Camila se quedó en silencio y después se unió a mi carcajada. Nos reímos juntas.

—Ahora ya no estoy sola —le dije con sinceridad.

—Yo tampoco.

Jacobo interrumpió la lectura de su esposa. Por primera vez en todo el tiempo que llevaban de relación, no la saludó. Pasó cerca de Abigail, pero la ignoró y continuó su camino. Al entrar a la habitación, cerró la puerta con fuerza.

La mujer se acercó para confirmar que lo que escuchaba era, efectivamente, el llanto de su esposo.

—¿Estás bien? —preguntó Abigail.

—¡Por favor! ¡Déjame solo!

—Si quieres hablar…

—Abi, no tiene nada que ver contigo. ¿Podrías dormir por fuera esta noche y regresar por la mañana para ir al campamento de la iglesia?

Jacobo nunca había actuado de manera tan extraña ni le había pedido que se fuera de la casa.

—¿Abi?

—Está bien. Pero tendría que sacar de la habitación mi pijama, el cepillo de dien…

—Abi, no voy a abrir la puerta. Discúlpame. Créeme: no eres la culpable de mi tristeza.

Durante un instante, ella permaneció en silencio, intentando entender lo que sucedía; después aceptó la inusual petición.

—Te creo —dijo sin insistir.

Abigail tomó su bolso y salió al encuentro de su estudiante. Faltaba una hora, pero podía esperar con tranquilidad en el bar.

En el taxi, apoyó la cabeza contra la ventana y agradeció que el conductor no iniciara ninguna conversación. Le preocupaba más saber quién era en verdad Patricia que lo que pasaba con su esposo.

Al llegar, se sorprendió al ver que su alumna ya se encontraba en el lugar. Sintió ansiedad al acercarse. Ya era una admiradora.

—Hola —saludó con timidez la maestra.

—Profesora Abigail.

—Gracias por aceptar mi invitación.

—Siéntate —le pidió la estudiante mientras movía hacia ella la silla que tenía a su lado.

—Sí. Claro. —Abigail se sentó y la acercó a la mesa tanto como pudo.

—¿Quieres tomar algo?

—¿Qué estás tomando tú?

—Ron con Coca-Cola.

—Quiero uno igual.

—Ya lo traigo.

—No, espera a que nos atienda la mesera. No te molestes en ir.

—Profesora, no hay servicio a la mesa. Yo voy.

—Toma, paga los dos.

Patricia no aceptó el dinero y regresó enseguida con la bebida.

—Brindemos —dijo la alumna.

—Ja, ja, ja. ¿Por qué?

—Por la libertad.

Hicieron chocar sus vasos con fuerza y cada una bebió un generoso trago, lo que les ayudó a entrar en confianza.

—Es muy difícil ser libres —se lamentó la maestra.

—Vivir implica estar atados. La muerte es la única que nos libera por completo.

—Pero al menos podemos elegir a qué nos atamos, ¿no? —preguntó Abigail.

—Quizás.

—¿Eres una asesina?

—Solo cuando encuentro zoquetes que merecen mi justicia.

—¿Es en serio?

—Profesora…

—Llámame Abigail.

—Abigail, ¿de verdad crees que el autor debe ser el dueño del pecado para poder describirlo con precisión?

—En muchas ocasiones, no, pero en tu caso estoy segura de que sí. Enséñame a matar.

—Profesora, Nabokov no tenía que ser Humbert Humbert para escribir Lolita; solo debía dejar de juzgarlo. Es irónico tener que explicárselo a mi profesora de literatura.

—No es una explicación; estás intentando convencerme.

—Soy todos mis personajes. Discutir este tema con la persona que me ha enseñado tanto es una buena señal para mi carrera. ¿A quién quieres matar?

—No estoy segura.

—Ja, ja, ja. Si no estuviera acostumbrada a ver al diablo a los ojos, me asustaría.

—¿Has visto al diablo a los ojos?

—Desde niña.

—Mañana voy a un campamento para intentar salvar mi matrimonio. Iré con mi esposo, el ministro de su iglesia y su esposa.

—Suena divertido. ¿Queda muy lejos de aquí?

—A una hora y media, en el Valle del Zorro.

—Conozco el Valle del Zorro.

—¿Por qué?

—Solía ir allá a enterrar los cuerpos de mis víctimas.

Abigail no dijo una sola palabra. Miró a su estudiante sin parpadear.

—Ja, ja, ja. Es humor negro. Pensé que lo reconocerías.

—¿Ya has escrito más de tu novela?

—Estoy trabajando en ella. ¿Qué problema tienes con tu esposo?

Abigail terminó lo que quedaba en su vaso.

—¿Necesitas otro trago antes de contestar?

—Es un fanático religioso. Tenemos sexo programado, casi por reflejo. No me habla de su vida, de sus miedos ni de sus triunfos o fracasos… Hoy llegó, se encerró en la habitación a llorar y me pidió que pasara la noche fuera.

—Tiene amante.

—¿Tú crees? Nunca actúa de manera sospechosa. La amante es su fe.

—Eso hace la situación más peligrosa.

—Me casé con él para escapar de mis papás y terminé atada a cadenas más pesadas. Era el hombre perfecto y, para cualquiera que no viva con él, lo sigue siendo. Todos están en mi contra y me hacen sentir culpable.

—Culpable y loca.

—¡Sí! Loca. Loca por no valorar a un hombre como Jacobo.

—A lo mejor tienen razón. ¿Sabes? Creo que ver la realidad con demasiada claridad nos vuelve locas. Hay quienes pueden vivir en una mentira y quienes no.

—Me cansé de fingir que era feliz.

—Entonces, ¿por qué vas mañana a ese campamento? No creo que sea una buena idea.

—Quiero evitar sentir remordimiento cuando tome la decisión definitiva de divorciarme.

—No estás en deuda con tu esposo. El saldo pendiente es contigo misma. Por eso vas a ir. Descansa bien esta noche. Mañana será un día largo.

—Ni siquiera tengo dónde dormir.

—Abigail, claro que tienes dónde: en mi apartamento… Hay un parque al frente con varias bancas libres de vagos.

La profesora tardó unos segundos en entender la broma y después se echó a reír.

—Quédate en mi casa. No está ordenada, huele a arena de gato y lo único que puedo ofrecerte es el sofá.

—Gracias. Me quedaría en un hotel si no necesitara dormir con compañía.

—Todos necesitamos compañía.

Las dos mujeres no permanecieron mucho más tiempo en el bar. Al llegar al apartamento, Abigail comprobó que Patricia no había exagerado: el lugar estaba desordenado y olía a arena de gato.

—Ellos son los responsables del olor. El gordo se llama Whisky y la de las patas blancas es Minnie. Los adopté hace diez años.

—Nunca he tenido mascotas —dijo Abigail.

Patricia entró en su habitación y regresó con una de sus pijamas.

—Mira, para que duermas cómoda.

—¿Una pijama de dinosaurios?

—También tengo de cerditos.

—Ja, ja, ja. La de dinosaurios está bien.

La maestra se cambió con naturalidad. La anfitriona preparó chocolate y lo sirvió en dos tazas con forma de gato.

—¿Tienes sueño? —preguntó Abigail al recibir la taza caliente.

—Siempre tengo sueño, pero duermo poco. ¿Y tú?

—No. Voy a leer algunos capítulos de tu novela antes de intentar dormir. No le has puesto título.

—Aún no.

—¿Con qué editorial te gustaría publicarla?

—¿Editorial? Cada vez hacen menos falta. La autopublicaré. No soporto a los editores ni a los escritores.

—Ser antisistema te dificultará abrirte camino, pero es la opción más honesta.