Capítulo 4 de la novela de Patricia #2
Al salir del centro comercial, se dio cuenta de que no había recibido ni un mensaje ni una llamada de Jacobo.
«Poco le importa lo que me pase. ¡Ojalá de verdad le hubiese sido infiel! La única vez que lo intenté fue un desastre. ¿Por qué quiere continuar en una relación que ignora por completo? ¿No soy suficiente? Hoy el taxista me dijo que era linda.
Un cumplido no significa nada si no viene de la persona que amas. ¿Para qué sirve la belleza si no es admirada por quien comparte tu vida?»
«¿Cuántas veces he prometido no llorar por lo mismo? Las he incumplido todas. Aquí voy de nuevo, con las lágrimas mojándome las mejillas. Pero ahora llevo un cuchillo prohibido; no sé si eso vuelve la situación más ridícula o más interesante».
El adiós de Simón
—Llevas varios días extraño —le reclamó Abigail a Simón—. ¿Qué te pasa?
—¿Qué pasaría si no llego a ser digno de tu familia? ¿Te decepcionarías?
La mujer se quedó en silencio.
—No se trata de dinero. Hablo de que nunca se sientan cómodos conmigo ni yo con ellos, aun cuando tenga dinero —dijo el hombre.
—No sé. No es lo que espero.
—Abigail, yo no seré como ellos. No quiero serlo.
—Lo dices como si fueran malos.
—No, lo digo como si fuéramos diferentes. No se trata de buenos o malos. Simplemente somos diferentes, separados desde la raíz.
—Entonces también eres diferente a mí, porque yo hago parte de ellos.
—No, no lo eres. Quieres serlo, pero no lo eres. Quieres complacerlos y sentirte digna de tu familia. El deseo que pediste tú para mí debí haberlo escrito yo para que se te cumpliera a ti.
—¿Lo leíste?
—Sí. El que decía: «Simón es digno de mi familia». ¿Digno?
La mujer volvió a quedarse en silencio.
—¿Soy indigno? ¿Por qué?
—Porque no tienes claro tu futuro, Simón.
—No tenerlo claro no significa no tenerlo.
—No dije que no lo tuvieras.
—No, dijiste que soy indigno.
—Voy a empezar a dar clases en la universidad. ¿Y tú qué?
—Yo no. Yo no terminé una carrera profesional. Pero te juro que no espero vivir de tu sueldo. Y me hace feliz que, sin graduarte, ya te hayan contratado.
—A lo mejor ni siquiera tú esperas vivir de tu sueldo. Te ganas la vida haciendo trabajos universitarios.
Esta vez fue Simón quien no pronunció palabra.
—No quise ofenderte. Solo creo que mi papá tiene razón.
—Hay otras formas menos crueles de terminar una relación.
—Intento que abras los ojos.
—¿Tú crees que no los tengo abiertos? Nunca me he quedado esperando que lluevan billetes del cielo. Yo te amo.
—Simón, eres un soñador romántico y las mujeres queremos certezas.
—La única certeza que debes tener es que jamás bajaré los brazos. Dame tiempo. No sé qué tanto éxito alcanzaré, pero no seguiré siendo lo que soy hoy.
—Simón…
—No me dejes. Cuando amas de verdad como yo te amo, el orgullo desaparece. Por eso te ruego que no me dejes. Yo te voy a cuidar. Juntos somos invencibles.
—Mi papá está afuera esperándome. Hablemos después.
Abigail salió sin decir nada más. En el auto no pudo evitar llorar. Joaquín la observó sin hacer preguntas.
Esa noche, el papá de Abigail buscó a Simón. Esperó frente al edificio donde el joven alquilaba una habitación tan pequeña que la puerta no podía abrirse por completo, pues se estrellaba contra la cama.
—¡Simón! —gritó el hombre, asomando la cabeza por la ventana. No se bajó.
—¿Señor Joaquín?
—¡Sí! ¡Sube! —lo invitó mientras abría la puerta del pasajero desde adentro.
Obedeció sin dudarlo y, antes de entrar, tiró a la basura una porción de pizza que había comprado para cenar. No quería que el auto del papá de Abigail oliera a comida por su culpa.
—Hola, señor Joaquín.
—Simón. ¿Cómo has estado?
—Bien, señor. ¿Usted? —respondió el joven con nerviosismo.
—Preocupado, Simón. Me preocupa la relación de ustedes dos. Usted me agrada. Es fácil darse cuenta de los sueños que guarda en su corazón. Estoy seguro de que va a alcanzarlos todos o, al menos, gran parte de ellos. Yo no soy su enemigo.
—Gracias, señor. Usted es una inspiración para mí. Lo respeto… —intentó responder Simón, convencido de que el hombre venía con una actitud conciliadora.
—Pero, Simón, somos de mundos distintos —lo interrumpió Joaquín, desvaneciendo su esperanza de llegar a un acuerdo—.
No es una cuestión de dinero; eso lo conseguirás.
Es la forma en que vemos el mundo. En este círculo social no te vas a sentir cómodo porque no perteneces a él.
Aquí, en tu barrio, tienes un lugar importante.
Recuerda lo que dijo Marco Aurelio: «Prefiero ser el primero en una aldea que el segundo en Roma».
—No fue Marco Aurelio quien lo dijo. Fue Julio César.
—Fue Marco Aurelio quien lo dijo —aseguró Joaquín.
—«Mallem hic primus esse quam Romae secundus». Lo dijo Julio César al pasar por un pequeño y pobre pueblo en su camino a Roma.
—¡Qué va a saber usted de historia de la antigua Roma!
Simón no respondió y bajó la mirada. Le dolía el desprecio del hombre que realmente admiraba.
—Hazte a un lado. Ve y lucha por tus metas lejos de Abigail. Ella no sabe cómo terminar contigo. Lo confesó hoy. Nos contó sobre la discusión que tuvieron esta mañana.
Simón le creyó. Asumió que las palabras de Joaquín eran ciertas porque estaba enterado de la pelea. Eso fue suficiente. Decidió apartarse.
—Amar es entender que hay personas que están mejor sin nosotros.
—Tiene razón, señor.
—Me alegra que se dé cuenta.
Simón salió del auto devastado por la conversación con el hombre al que, hasta ese momento, había considerado su suegro. No le escribió y ella tampoco insistió demasiado en ponerse en contacto con él.
Desde ese día no volvió a saber de Abigail. Dos años después, fue a la universidad para contarle que publicarían su primer libro, con la esperanza de revivir la relación con la mujer que aún amaba. No guardaba resentimiento hacia nadie, solo hacia la pobreza que lo acompañaba.
Al llegar, preguntó por la profesora. Entró cuando su conferencia estaba por terminar. Llevaba el borrador del libro.
Pero, antes de que pudiera acercarse a ella, la vio besar a un hombre y salir tomada de su mano. Para entonces, Abigail ya había comenzado su noviazgo con Jacobo.
La maestra y su estudiante
Abigail entró al apartamento. Sintió alivio al estar sola. Quería evitar que su esposo la viera triste. Sacó la caja que contenía el cuchillo y sonrió al notar que, dentro de la bolsa, también se encontraba el pequeño llavero táctico junto a una nota que decía:
«Nunca se sabe cuándo estaremos en peligro».
La Trinchera
Tactical Gear & Camping
Abigail escondió el cuchillo y el llavero en su bolso, el mismo que llevaría al campamento. Destapó la última botella de su vino favorito, se sentó en el sofá para continuar leyendo el libro de Patricia y esperó a que llegara la hora del encuentro con la estudiante.