Los Últimos Creyentes Capítulo 4 de la novela de Patricia
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Capítulo 4 de la novela de Patricia

Camila Marrón

Al día siguiente volví a usar ropa aburrida, aunque me consuela saber que es mi disfraz: la máscara que oculta mi verdadera identidad. Ahora soy una justiciera; me convertí en mi propia heroína.

Lo que está frente a nuestros ojos es lo que mejor se esconde. No tenía necesidad de salir a buscar zoquetes. En los historiales psicológicos de los estudiantes podía identificar las huellas que dejaban.

Registro de observación escolar

Nombre: Camila Marrón

Edad: 12 años

Grado: 5-A

Camila es una estudiante con rendimiento académico adecuado para su edad. Comprende las instrucciones, completa sus actividades a tiempo y no presenta dificultades significativas en lectura o escritura. Sin embargo, en el aula se observan conductas que sugieren un nivel elevado de ansiedad.

Durante las clases mantiene una actitud cautelosa.

Antes de responder una pregunta, suele mirar al adulto, como esperando confirmar si su respuesta será correcta.

Cuando comete errores menores, pide disculpas con miedo o baja la mirada.

También evita participar de manera espontánea y rara vez levanta la mano para intervenir en clase.

En conversación individual ha manifestado preocupación por «hacer enojar a su mamá» al equivocarse o no cumplir con las expectativas. Al preguntársele por su vida en casa, responde con frases breves y cambia de tema rápidamente.

Se recomienda realizar seguimiento desde el área de orientación psicológica escolar y evaluar posibles factores de estrés en el entorno familiar.

En la niña había suficientes señales para llevarme hasta mi próxima presa. Esa misma mañana me reuní con Camila Marrón.

Llevaba el pelo recogido en dos colas perfectas; se veían tan tensas que parecían dolorosas. Su uniforme era impecable y sus zapatos brillaban.

—¿Hice algo malo? —me preguntó al entrar.

—Espero que no. Quiero hablar contigo. Por lo general, no tengo con quién hacerlo, especialmente de las Cherry Bloom. ¿Las conoces?

—Sí —me contestó sin efusividad, pero su rostro se relajó; bajó la guardia.

—«Best Friends Forever» es mi canción favorita de ellas —dije, reproduciéndola en mi teléfono.

—Running through the summer light, laughing louder than the crowd… —susurró sin poder evitarlo.

Guardé silencio por un rato y la siguiente estrofa la cantamos las dos:

—Every secret, every dream, we say them all out loud.

—Dicen que su próxima gira de conciertos incluirá esta ciudad.

—¡No puede ser! —respondió sin contener el grito de sorpresa.

—Si llega a ser cierto, voy a organizar un grupo de estudiantes para que vayamos juntas. ¿Te gustaría acompañarnos?

La niña bajó la mirada; no contestó.

—¿No te darían permiso?

Camila permaneció sin responder por un momento.

—Si me lo gano.

—Tienes buenas calificaciones.

—No se trata solo de eso.

—¿Entonces de qué?

—¿No íbamos a hablar de las Cherry Bloom?

Gran agilidad mental. Lo que un adulto habría celebrado como inteligencia precoz podía ser, en realidad, una habilidad aprendida para esquivar preguntas peligrosas.

—Ayudarte a conseguir permiso para ir al concierto es hablar de las Cherry Bloom.

Me miró a los ojos y sonrió con ironía.

—No, Patricia, no podrías ayudarme.

«¡La protagonista se llama Patricia!», pensó Abigail con sorpresa y detuvo la lectura.

Tomó el teléfono y volvió a escribirle a su estudiante:

«Bret Easton Ellis se convirtió en el protagonista de Lunar Park. Dante hizo algo parecido en la Divina comedia. Ambos escribieron obras profundamente introspectivas y confesionales. Patricia, ¿tú has matado a alguien?»

Nunca se sabe cuándo estaremos en peligro

Abigail no fue cauta con su pregunta. La exaltación y la emoción que le producía la historia de su alumna superaban su discreción. Se dio cuenta de que había oscurecido y de que estaba sentada en la banca de un parque solitario.

Empezó a caminar hacia su casa. Se preocupó por su indefensión: no tenía con qué ni cómo enfrentar a un zoquete que se le cruzara.

«Un revólver es demasiado. Una navaja es suficiente para sentirme segura», pensó.

Cambió de idea y tomó un taxi para visitar una tienda táctica ubicada en un centro comercial cerca de su apartamento.

—Se parece mucho usted a una mujer que conocí hace más de veinte años —dijo el taxista.

—Espero que sea bonita.

—Era muy bonita. Salía con jefes importantes de la mafia.

—¿Y qué pasó?

—Se volvió adicta. Las drogas y el alcohol fueron consumiendo su belleza y apagando su espíritu. De los capos pasó a sus escoltas; de los escoltas, a bandidos menores y, finalmente, terminó prostituyéndose en las calles.

—¿Usted vio su deterioro?

—Señorita, llevo cuarenta años siendo taxista. He visto el deterioro no solo de ella, sino de toda la sociedad. Soy afortunado: ya he vivido casi todo lo que tenía que vivir.

Antes de que Abigail pudiera responder, el hombre continuó con su reflexión.

—¿Sabe cuál es el veneno que nos ha contaminado?

—Tengo algunos sospechosos, pero quiero saber a quién culpa usted.

—La inmadurez. A mis setenta y ocho años todavía me duelen los golpes que recibí de mi papá. Somos niños heridos en cuerpos de adultos. ¿Ve noticias?

—Últimamente, no.

—Se aproxima la siguiente guerra mundial. ¿Por qué? Porque los dirigentes de las potencias son niños con poder. En sus discursos bailan, se desafían y se amenazan con sus juguetes de destrucción.

Abigail no quiso interrumpirlo.

—Esa hermosa mujer solo era una niña rota, como todos. Aquí es donde me pidió que la trajera —dijo el taxista al detenerse frente al local.

Abigail salió del taxi y entró en la tienda. Tardó en preguntar por lo que buscaba. Miró a su alrededor, sorprendida por la enorme cantidad de productos de supervivencia.

—Eso es una pulsera de paracord. Trae brújula, silbato, un raspador y una barra de magnesio para encender fuego.

Y, lo más importante, está hecha con una trenza que, al desenrollarla, te da tres metros de cuerda de paracaídas capaz de soportar hasta 550 libras —explicó el vendedor al notar que Abigail se acercaba al accesorio.

—Mmm. No llevo una vida con tanta aventura.

—Nunca se sabe cuándo estaremos en peligro.

—¿Y este llavero? —preguntó la cliente mientras tomaba uno pequeño que colgaba de una estantería.

—Es un llavero táctico dos en uno.

Abigail esperó la explicación del hombre, que le resultaba atractivo. Aunque no era llamativo físicamente, la seducía pensar que podía protegerla.

—Utiliza un percutor con resorte que, al presionarse contra la esquina de una ventana, dispara una punta de acero que pulveriza el cristal. También cuenta con un cortacinturones de seguridad.

—Nunca se sabe cuándo vamos a necesitar escapar de un auto, ¿verdad? —respondió la mujer con algo de ironía—. Busco una navaja, no para cortar frutos ni afilar ramas, sino para apuñalar personas.

Esta vez fue el vendedor quien la miró ocultando una sonrisa.

—Para eso es más conveniente un cuchillo de hoja fija. Las navajas plegables pueden tener buenos bloqueos, pero, en una situación extrema, vas a querer una sola pieza de acero.

—¿Y cabe en mi bolso?

—¿Es tipo morral?

—No, de hombro.

—Depende del tamaño. Permíteme mostrártelos.

El hombre fue al fondo de la tienda y no tardó en regresar con una manta de terciopelo enrollada. La extendió sobre la vitrina y dejó ver tres cuchillos de diferentes formas y estilos.

—El primero es una daga de bota o daga de doble filo. Mide quince centímetros y es el más pequeño de los tres. Es fácil de ocultar en un bolso femenino. Su punta es como una aguja, diseñada para perforar con el mínimo esfuerzo. Es un cuchillo del que no te acuerdas hasta que lo necesitas.

—¿Por qué todos tienen la hoja oscura?

—Porque si brillan, delatan tu posición, y no es una buena idea cuando hay francotiradores cerca.

—Ja, ja, ja. Me encanta que detrás de cada detalle haya una razón estratégica.

—El segundo que ves es el karambit, mejor conocido como «la Garra». Es corto y curvado igual que una garra de tigre. Está recubierto de teflón mate. En la base del mango tiene un anillo de seguridad de acero. Al meter el dedo, es imposible que alguien te lo arrebate en un forcejeo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Abigail con coquetería.

—Matías. Mucho gusto.

—Abigail, un placer.

—Por último, el Jagdkommando. Es muy controvertido: su porte en vía pública está totalmente restringido. Es una hoja de tres filos que convergen en una punta fina. La espiral facilita que se enrosque al penetrar.

—Ja, ja, ja. Apuñalar suena más intimidante.

—Está bien. Al «apuñalar» con él, causas una herida tridimensional en forma de hélice que acelera el desangramiento.

—Pero es grande.

—Lo tengo en versión mini.

—Me lo llevo.

Abigail recibió en ese instante una llamada de Patricia. Matías empacó el cuchillo mientras ella hablaba por teléfono.

—Profesora Abigail, estuve muy atenta a su clase de «autoficción», pero me confunde su pregunta, que suena más a una acusación. La duda no tiene sentido. Es como creer que Nabokov fue realmente un pervertido por escribir Lolita.

—No estoy confundiendo al autor con su personaje. Solo digo que escribes como si conocieras demasiado bien a esa mujer.

—¿Hola? —preguntó Abigail al no obtener respuesta de Patricia.

—La escucho.

—Viajo mañana a un campamento cristiano para intentar salvar mi matrimonio, que está condenado. ¿Podemos reunirnos antes?

—¿Cuándo?

—Esta noche.

—Salgo de trabajar a la una de la mañana.

—Por mí está bien.

—¿Dónde?

—Si quieres, paso por ti al restaurante donde trabajas.

—No. Veámonos en La Facultad, el bar cerca de la salida norte de la universidad. A la una y media estaré allá.

—En un rato nos vemos.

La maestra tomó su bolsa con diseño de camuflaje militar y se despidió del vendedor. Cuando llegó a la puerta, Matías la llamó:

—¡Abigail!

Él se acercó y bajó la voz.

—No busques el pecho: las costillas son un escudo. Apuñala debajo de ellas, apuntando hacia arriba, sin titubear. Entras y sales; por nada del mundo sueltes el cuchillo. Y sorprende siempre a tu rival.

—Ja, ja, ja. Gracias por el consejo.