Capítulo 3 de la novela de Patricia
Tres muertos y una asesina
Hay mentiras que crecen hasta cubrirnos los ojos con la venda del engaño. Ejemplos hay muchos, pero la primera de la que quiero hablar, y la que más interesa en esta historia, es la falacia de que necesitamos un fuerte golpe, un estruendo en nuestras vidas que nos haga remodelar lo que somos.
Una mañana cualquiera, mientras me cepillaba los dientes, me di cuenta de que no podía seguir viviendo sin matar a mi jefe.
El día anterior no había sido más cruel de lo habitual; de hecho, si soy sincera, me invitó a desayunar.
No hubo un detonante ni existió una gran herida.
Solo se encendió en mi interior el impulso de acabar con su vida.
Miles de circunstancias externas pueden causar la muerte, pero, al final, el cuerpo humano falla de unas pocas formas: por falta de oxígeno, pérdida excesiva de sangre, paro cardíaco o daño cerebral irreversible.
Espero que esta explicación te haya dado de mí la imagen de una asesina profesional, experta en mandar zoquetes al más allá. Me gusta esa palabra: zoquetes. Este punto nos lleva directamente a otra de las grandes mentiras de la humanidad: no hay crimen perfecto. ¡Claro que lo hay!
Y todo es más fácil cuando conoces a tu víctima desde hace siete años.
Ricardo era tan alérgico a los frutos secos como yo al sexo. Si quedaba alguna duda, desapareció poco después de que mordiera una de las galletas con las que siempre acompañaba su café.
Eran artesanales, húmedas y con la textura chiclosa característica de las chewy cookies.
Tardé tres semanas en preparar una exactamente igual.
La única diferencia era que mi impostora llevaba maní y almendras que trituré hasta convertirlos en polvo, para que el sabor no delatara la trampa en los primeros mordiscos.
Sorprende cuánto se subestiman las alergias. En el botiquín del colegio no había epinefrina, pero sí sobraban las gasas. Al aparecer la urticaria, inicié mi presentación.
—Señor Ricardo, una reacción alérgica grave puede avanzar en cuestión de minutos, inflamarle la garganta y dejarlo sin oxígeno. Este es mi regalo de despedida.
No estoy segura de que la tos le permitiera escucharme. Subí el volumen de mi celular y empecé a bailar «Girls Just Want to Have Fun», de Cyndi Lauper, siguiendo la coreografía que había ensayado obsesivamente durante los últimos trece días. Justo en ese instante maté a la mujer que era.
Me sentí más sensual que nunca. Extendí los brazos hacia mi jefe mientras cantaba la canción. Quisiera omitir el vergonzoso detalle que arruinó el espectáculo: tropecé con un pequeño desnivel en la baldosa y caí sobre mi silla.
—Perdón, señor Ricardo. Afortunadamente, dentro de poco olvidará este humillante incidente.
Retomé de inmediato el baile, me desabotoné la camisa y me bajé la falda. No me importó pisar la ropa con los tacones.
Me acerqué al moribundo y me arrodillé frente a él. Tomé su mano sin que opusiera resistencia; del hombre fuerte y rabioso ya no quedaba nada. La llevé hasta mi escote.
—Tócame. ¿Te parezco bonita? No todos tienen la fortuna de morir con la mano metida entre unas buenas tetas.
Ricardo nunca me causó el más remoto deseo, pero, mientras su alma abandonaba su cuerpo, tuve un orgasmo tan intenso como repentino.
—Creo que eres el único que, agonizando, hace venir a una mujer.
Me vestí, me arreglé el pelo y preparé mi siguiente número.
—¡Ayudaaaa! ¡Alguien que nos ayude, por favor! ¡Llamen a un médico!
—¡Marco! —gritó Abigail, emocionada—. ¡Otra copa de vino!
—Sí, señora —contestó el mesero.
—Mejor tráeme la botella.
—Claro que sí.
Los años de experiencia y su formación académica le habían enseñado a Abigail que la solidez de la voz del personaje solo podía provenir de una buena dosis de narrativa confesional. ¿Quién era realmente Patricia?
«¿Tu jefe es alérgico a los frutos secos?», escribió Abigail a su estudiante.
«Sí», respondió Patricia.
Abigail temió extender la peligrosa conversación por un medio tan poco confiable como el teléfono celular. Marco regresó con la botella y volvió a llenar su copa.
Mi profesión debía servir para algo más que tratar casos de niños que se orinaban en la cama. Después de un homicidio, una gran cantidad de asesinos muestra una reacción fría o indiferente ante la tragedia. Ese indicador conductual es un factor de sospecha inicial.
Cuando era niña, mis primos me provocaban el desmayo mediante dos sencillos pasos: primero hacía una serie de sentadillas rápidas sin respirar y, al terminar, me ponía de pie mientras ellos cortaban el aire apretando mi cuello.
En el baño de la funeraria repetí el proceso yo misma y, aunque no fue tan preciso como en mi infancia, bastó para salir a la sala de velación muy desorientada y caerme delante de los asistentes.
Antes de ir, hice una maratón de películas tristes: The Notebook, La tumba de las luciérnagas, La lista de Schindler, La vida es bella, Jojo Rabbit… Lloré durante diecisiete horas seguidas.
Soy una asesina, no una psicópata.
Una galleta artesanal con frutos secos fue el arma que usé en mi primer asesinato. Así de frágil es la vida; casi nunca pensamos en todo lo que puede matarnos a diario.
Permanecí en mi trabajo; renunciar no era una buena idea por varios motivos: llamaría la atención, parecería que huía y, además, necesitaba el dinero.
Una de sus hijas tomó el control del colegio; conectamos de inmediato.
A diferencia de su papá, era una persona justa y amable; podría describirla como cariñosa y no sería una exageración.
Matar a mi jefe fue el combustible que me encendió; me sentía efervescente, con burbujas en mi interior.
Pero la energía es limitada. Cuando se agota, el movimiento se detiene.
Tres meses más tarde me estaba apagando.
El mundo se volvía a tornar gris; perdía los colores.
Asesinar era embriagador y, en casos como el mío, resultaba adictivo.
No soy una psicópata; una psicópata no tendría la capacidad para escribir este libro con la racionalidad que brilla en cada línea. Soy psicóloga con una maestría en psicología clínica. Por esta razón, no elegí a mi próximo zoquete al azar.
Si quieres saber quién eres, ve a abrir tu guardarropa; te dará el diagnóstico exacto del tipo de mujer en que te has convertido.
Todas mis faldas llegaban a los tobillos; usaba blusas de cuello alto, pantalones rectos y suéteres tejidos…
No hacía falta llevar un cartel que dijera: «Maltrátame»; era un saco de boxeo ambulante.
Compré un vestido negro muy corto y ajustado; la tela satinada reflejaba suavemente la luz. Tenía un escote profundo y la espalda descubierta hasta la mitad. Planché mi pelo, pinté mis labios de rojo y me puse unos tacones altos para salir a mi primera cacería, mi primera cacería de zoquetes.
El sonido del teléfono sacó a Abigail de la historia.
—¿Has hablado con Jacobo? —preguntó Joaquín al otro lado de la línea.
—Sí, papá. Acabamos de almorzar.
—¿Te has mostrado arrepentida y apenada por tu falta?
—Pasado mañana tenemos una asesoría con el ministro Elías y su esposa en el campamento religioso.
—Eso no fue lo que pregunté; no evadas tu responsabilidad ni tu pecado, sinvergüenza —dijo Joaquín antes de finalizar la llamada.
Abigail no terminó la botella de vino. Salió del restaurante y caminó mirando las vitrinas de las tiendas, las personas, la vida de la que sentía que cada vez hacía menos parte.
Encontró una banca, se sentó y volvió a entrar en el mundo ficticio que su brillante estudiante había creado y que tanto placer le ofrecía.
Olvidé mencionar que de mi hombro colgaba un bolso en el que guardaba una navaja y un viejo revólver Colt de cañón corto. Las dos armas me las entregó el único hombre que he amado: mi tío José.
En la discoteca me quedé sola cerca de la barra, con un vaso de ron y hielo al que iba agregando Coca-Cola; creo que un cóctel parecido se llama cuba libre.
Con la trampa puesta, los primeros en caer son los ratones más hambrientos. Un tipo joven pero poco atractivo se me acercó y no entendí lo que me dijo.
—¿Qué?
—Que si esperas a alguien —repitió en voz más alta.
—Al que me invite el próximo trago —respondí.
Era verdad; mi salario no me permitía emborracharme en la discoteca de moda de la ciudad.
—Ja, ja, ja. Yo no te voy a invitar a un trago —me dijo y se alejó.
Antes de que pudiera sentirme ofendida, regresó con una botella de ron dentro de una hielera y dos vasos.
—¡Yo te voy a invitar la botella!
—Ja, ja, ja. ¿Cómo había podido perderme un universo tan divertido?
El ron se acabó rápido, como la esperanza de encontrar un zoquete que mereciera mi justicia. Julián fue encantador y atento. Me llevó a su apartamento al final de la noche. Tuve sexo después de siete años de abstinencia, pero eso no se tradujo en un orgasmo.
Valoré su esfuerzo; se dejó la piel tratando de impresionarme. Por esta razón fingí el éxtasis. Creo que exageré: grité y le arañé la espalda. Lo hice sentir como Espartaco; se movía igual que un gladiador romano hambriento de lujuria.
—¿Nos vemos mañana? —preguntó mientras caía agotado a mi lado.
—Sí —mentí. Él no volvería a verme.
Salí como si le hubiera robado la billetera. Terminé de vestirme en el ascensor y le compartí un número de celular que no era mío.
Esa noche aprendí la primera lección de mi nuevo oficio: los zoquetes no se buscan; aparecen sin necesidad de frotar una lámpara ni invocarlos.
Tomé un taxi. A mitad de camino, el conductor se detuvo, bloqueó mi puerta y un hombre entró sin darme tiempo de reaccionar.
—No vaya a gritar porque la mato. —Su mirada estaba perdida, fija en la ventana.
—Nos va a entregar lo que tenga en su bolso y luego la vamos a acompañar a retirar el dinero de sus cuentas bancarias. Nadie la va a lastimar —me dijo el taxista, mirándome por el retrovisor.
El ladrón puso una mano sobre mi rodilla.
Lo que Julián no logró, un delincuente sucio y peligroso lo consiguió en un segundo.
Abrí las piernas y agarré su brazo con fuerza para empujarlo dentro de mi vestido.
No pude ver su rostro porque pasábamos por una calle oscura.
Sus dedos corrieron mi tanga y, antes de que me penetraran, alcancé el arma sin sacarla y disparé tres veces a través del falso cuero.
Los estallidos ahogaron mis gritos de placer.
Las balas que quedaban en el tambor de mi revólver las gasté en la cabeza del conductor. A diferencia de lo que muestran las películas, el auto frenó bruscamente.
No me bajé, a pesar de que una nube de pólvora inundó todo el interior del taxi. Me masturbé y tuve otro orgasmo. El moribundo a mi lado hizo sonidos de gorgoteo. Intentó decir algo. Puse su mano en mi pierna y me toqué una vez más.
Revisé los bolsillos de los dos y robé los billetes que traían. Era poco, pero cubría el costo de reemplazar el bolso. El olor a azufre me causó náuseas y caminé mareada hasta mi casa, escuchando a Cyndi Lauper.
No se puede negar que el mundo es un lugar mucho más agradable cuando ciertas personas han sido eliminadas de él. Me encantaría que esa frase se me hubiera ocurrido a mí, pero fue Agatha Christie quien la menciona en su libro Matar es fácil.