Capítulo 1 de la novela de Patricia #2
Jacobo guardó silencio al ver que se acercaba el mesero. Esperó a que llenara la copa de Abigail y no permitió que destapara la botella de agua; lo hizo él mismo para no tardar en reanudar su discusión.
—«Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza». Romanos 1:26 —citó Jacobo cuando Marco se alejó.
—«Y su fruto fue dulce a mi paladar». Cantares 2:3 —respondió Abigail con seguridad.
—El Cantar de los Cantares no habla de placer físico; se refiere al amor espiritual. No lo entiendes por la distancia que has tomado de la iglesia —reprochó Jacobo.
—Y tú no me entiendes por la distancia que has tomado de mí.
—No me pongas a elegir entre mi fe y tú.
—Jacobo, tú ya elegiste.
—Elegí amar a Dios sobre todas las cosas.
La mujer bebió de su copa de vino. No contestó. Entendió que no había una guerra que ganar ni que perder. Pensó en asistir a la cita del fin de semana sin la esperanza de recuperar al hombre que alguna vez amó.
Jacobo terminó su plato con una frivolidad que a Abigail le resultaba desconsiderada.
—¿Te llevo a la universidad? —preguntó después de tomar un largo trago de agua directamente de la botella.
—No. Me quedaré revisando unas calificaciones.
—Como quieras, Abi.
Jacobo y Abigail
Los cupos para la ponencia de Jacobo se agotaron apenas veinte minutos después de abrirse las inscripciones debido a la alta demanda.
Abigail no alcanzó a registrarse, pero usó su influencia como profesora de la universidad para conseguir un lugar. El famoso estratega político le pareció mucho más atractivo en persona de lo que se veía en los medios.
—El mercadeo político es la cumbre de la mercadotecnia.
De hecho, las estrategias que se construyen en política se exportan a otras ramas del mercadeo por tres razones fundamentales.
Primero, a diferencia de un jabón, un electrodoméstico o un automóvil, lo que se fabrica es la imagen de un ser humano con emociones, pasado e impulsos.
Segundo, existe un plazo límite. Si el jabón, el electrodoméstico o el automóvil no se venden en junio, las ventas pueden recuperarse en julio.
Un candidato no cuenta con esa segunda oportunidad.
Tercero, la política no vende una función, un servicio o una tarea.
Vende esperanza, miedo, odio, tranquilidad y seguridad.
—Entonces, ¿lo que dice es que el buen mercadeo es aquel que nos manipula? ¿Cuánta libertad le concede al elector?
—Por favor, las preguntas al final de la ponencia —intervino el moderador.
—No, está bien —dijo Jacobo entre risas—. Son preguntas inteligentes y válidas. ¿Cómo te llamas?
—Abigail. Estudié literatura y tengo una maestría en escritura creativa.
—Abigail, qué nombre tan hermoso. ¿Quién garantiza que un acusado tenga un juicio imparcial y reciba una sentencia justa?
—Los jueces —respondió la mujer.
—Muy bien. Es en ellos en quienes la sociedad deposita su confianza.
Del mismo modo, en política, el estratega tiene la responsabilidad social de trabajar con el candidato idóneo para el pueblo.
Por esta razón, tengo algunas reglas inquebrantables.
Por ejemplo, solo acompaño a aspirantes que lleven a Dios en su corazón. No soy un mercenario.
—¿Qué opina de los que lo acusan de promover candidatos ultrarradicales y ortodoxos que, al llegar al poder, gobiernan con puño de hierro? —preguntó otro de los asistentes.
—Las preguntas al final de la ponencia, por favor —respondió Jacobo con ironía.
Al terminar, se acercó de inmediato a Abigail.
—En el primer libro de Samuel, Abigail es descrita como una mujer inteligente, bella y prudente. Le haces honor a tu nombre.
—Gracias —contestó ella con timidez.
—¿Quieres casarte conmigo?
—¿No vas a invitarme a tomar un café primero? —preguntó Abigail.
—No solo eso. Prometo prepararte el café cada mañana, cuidarte, amarte y serte fiel por el resto de mi vida.
—¿No se supone que la propuesta viene con un anillo?
—Sí. Pero siempre he creído que el concepto está mal diseñado. Si lo lleva la prometida, debe ser ella la que lo escoja en la joyería.
—¿Sin límite de precio?
—Sin límite de precio.
—¿Puedo pensarlo? —bromeó Abigail.
—Mientras nos tomamos un café.
La relación avanzó con la rapidez que caracterizaba a Jacobo. En poco tiempo ya tenían fecha para la boda. Como el caballero que era, pidió permiso a los padres de su futura esposa.
Agradecidos y felices, aceptaron que Jacobo fuera el sacerdote del hogar y el patriarca de la familia que formaría con su hija.
Buscar el apartamento donde vivirían fue una aventura extraña para Abigail. Su prometido estuvo ausente en la mayoría de las visitas programadas por la inmobiliaria, pero dejó la elección por completo en sus manos.
—Verte feliz es mi mayor bendición —dijo Jacobo cuando concretaron la compra.
Abigail también se encargó de la decoración y él cubría los gastos. Reaccionaba siempre igual: «¡Me encanta! ¡Amo tu buen gusto!».
—Todo está listo. Ahora solo queda esperar a que llegue el día de nuestra boda —suspiró la profesora con la satisfacción del deber cumplido.
—Aún falta algo —contestó Jacobo.
—¿Qué?
—El lugar al que iremos de luna de miel.
—¿Adónde te gustaría ir?
—Escoge tú. No importa lo lejos o costoso que sea.
—Pero quiero que lo planeemos juntos…
—Tú eliges el destino y luego lo planeamos los dos. Abi, solo te pediré una cosa. Espero que me entiendas.
—¿Qué? Me asustas.
—Elías y Salomé irían con nosotros. Son muy importantes en mi vida espiritual. Sería como llevarme la iglesia conmigo.
A Abigail la tomó por sorpresa la petición.
Guardó silencio por un rato. ¿Cómo negarse si él le había concedido cada deseo?
No era una idea descabellada; en redes sociales eran tendencia las llamadas buddymoons, lunas de miel en las que los recién casados viajaban con una o varias parejas de amigos cercanos.
—¿Les gustará Hawái?
—Ja, ja, ja. ¡Van a amar Hawái!
Un mes después, Jacobo le dio a Abigail, con tristeza, la noticia de que Elías y Salomé no los acompañarían por asuntos urgentes de la iglesia.
—¿Aun así quieres ir a Hawái?
—¿Tú quieres ir? —preguntó la mujer al notar el poco entusiasmo de su prometido.
—¡Ya te dije que escojas tú el destino!
—Pero no tienes por qué molestarte. ¿Qué tal Aruba?
—Aruba es una buena opción. Queda cerca y debo regresar pronto. La campaña electoral empieza en menos de dos semanas.
—Está bien.
De vuelta en el restaurante, Abigail llamó al mesero, pidió otra copa del mismo vino y retomó la lectura de la novela de Patricia.