Los Últimos Creyentes Capítulo 1 de la novela de Patricia
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Capítulo 1 de la novela de Patricia

Lo que no soy

Si alguien te preguntara «¿Quién eres?», ¿cuál sería tu respuesta?

¿Contestarías rápido o, por el contrario, tardarías?

En mi caso, tengo más claro lo que no soy.

No soy valiente. Nunca lo he sido. No soy extrovertida y jamás lo seré.

No soy decidida. Me cuesta tomar decisiones.

No soy directa. Temo hacer sentir mal a los demás; prefiero amilanarme yo antes que amilanar a otros.

Así que, siguiendo mi propia reflexión, empezaré el capítulo preguntándote: ¿qué no eres?

Abigail levantó la mirada y pensó en lo que no era.

¿Ya respondiste? Ahora piensa en esa lista que, si te pareces a mí, puede ser interminable. ¿Cuál de esas cosas que no eres hoy te pesa más? Mi elección fue: «No soy feliz». ¿Cuál es la tuya?

La lectora sonrió al coincidir con la protagonista.

No importa cuál sea, porque el origen de todo lo que no somos es el mismo: el miedo. El miedo a desafiar lo que hemos aprendido. No te sientas mal. La mitad de la estructura de tu personalidad fue impuesta o, si no tuviste una familia como la mía, enseñada.

En estos primeros párrafos ya delaté mi profesión: soy psicóloga. Una psicóloga que entregó cada parte de su felicidad hasta que no quedó el más pequeño trozo que ofrecer.

Pero este no es un libro motivacional o, al menos, no lo es de forma convencional.

Esta es la historia de cómo me convertí en una asesina.

Créeme: esto es un gran ejemplo de superación personal y también contesta la difícil pregunta del inicio: «¿Quién soy?»

. Soy una asesina y, antes de matar a mi jefe, tuve que matarme a mí misma.

Ricardo era un hombre promedio en todos los sentidos. Se creía un rey y el colegio del que era dueño era su reino. Un reino que dirigía con tiranía, opresión y maltrato, como esos emperadores locos de la antigua Roma.

Su constante ira lo dominaba y casi nunca lo desamparaba.

Yo era su víctima favorita, la única mujer que aún permanecía a su mando.

Decidió contratar solo hombres. Decía que no lloraban con facilidad.

Esa era una de mis cualidades: no lloraba, no me lamentaba, ni siquiera cuando tomó por costumbre gritarme a pocos centímetros de mi rostro.

No para intimidar, sino para que la saliva que salía de su boca cayera sobre mi cara.

¿Por qué no renunciaste? Es muy probable que me estés haciendo esta pregunta.

No sé cuál fue la razón principal para no alejarme.

Lo he pensado muchas veces y he identificado algunos motivos.

Uno de ellos era lo cómoda que me hacía sentir el desprecio.

Un halago me descolocaba. No sabía cómo recibirlo, tampoco procesarlo y menos responderlo.

El agravio, la ofensa y el insulto eran el idioma en el que prefería que me hablaran. Lo entendía y lo aceptaba.

—El perfil psicológico de los alumnos del grado 8B no está completo. Tengo que pagarle a una estúpida a la que debo revisarle su trabajo.

Fueron las palabras con las que me recibió el día que tomé la decisión de matar a la mujer que yo era.

—Señor Ricardo, sí está completo. Recuerde, por favor, que uno de los estudiantes se retiró de la institución la semana pasada.

—¿Entonces por qué no dejó una nota para señalarlo? Estuve como un idiota buscando al alumno que faltaba.

—Perdón, señor Ricardo.

—¡Por el mismo salario que le pago a usted podría contratar a una empleada eficiente que no viviera ofreciendo disculpas!

Ahí estaba otra vez su saliva cayendo sobre mi rostro. Por asqueroso que se lea, no me cubría ni me alejaba. Mantenía mi posición por sumisión, por obediencia, porque dejarme humillar era una excusa para castigarme.

Creo que es injusto catalogarlo como villano si, en realidad, con su crueldad satisfacía mi necesidad de autodestrucción.

El sonido de la puerta interrumpió la lectura en la que se encontraba sumergida Abigail. Por un reflejo aprendido en su niñez, acomodó su postura y bajó los pies de la silla.

—Te dije que no me esperaras despierta —dijo Jacobo, queriendo mostrarse condescendiente.

—¿Resolviste los problemas que tenías en la oficina?

—No todos.

—¿Quieres tener sexo?

—Abi, estoy cansado. Además, no hemos solucionado nuestra crisis.

—Podemos solucionarla con sexo.

—El fin de semana lo resolveremos.

Jacobo se bañó y luego se acostó a dormir sin dirigirle una palabra más a su esposa. Ella acabó la botella de vino y pasó la noche en el sofá de la sala.

Romanos 1:26

Al día siguiente, la exitosa maestra miraba por la ventana de su oficina, perdida en sus reflexiones, que últimamente se volvían más frecuentes y la alejaban de la realidad.

—Profesora Abigail, ¿puedo pasar? —preguntó Patricia, asomando solo la cabeza por la puerta.

—Sí, entra, por favor.

—Permiso —dijo la estudiante con timidez.

—Siéntate. —Abigail señaló la silla al frente de su escritorio.

—Gracias.

—Anoche empecé a leer tu novela.

—¿Un desastre?

—Todo lo contrario. Por eso estás acá.

—¿En serio?

—Totalmente. ¿En quién te inspiraste para crear a Ricardo?

—Yo no soy como la mayoría de mis compañeros. Estudio en esta universidad gracias a un programa de mérito académico, pero, aun así, debo trabajar para costear mis gastos personales y los de la carrera. Está inspirado en mi actual jefe. Soy mesera en un restaurante de comida rápida.

—¿Te escupe igual que lo hace el Ricardo de la historia?

—No siempre.

—¿Y ya mataste a la Patricia que lo permite?

—Aún no.

—¿Por qué?

—No es fácil.

—Sé que es difícil. ¿Qué te lo impide?

—El temor de convertirme en lo mismo que mi personaje.

—¿En una asesina?

—No: en una adicta a su libertad.

—¿Hedonista? —preguntó la profesora.

—Sí, porque encontraba placer en sus actos, aun cuando se había convencido de que hacía justicia.

—¿La juzgas?

—No, no lo hago, pero, a medida que escribía el libro, pude entenderla.

—Hablas como si la conocieras y quisieras saber por qué actuó de esa forma —dijo Abigail.

La estudiante tardó un rato en contestar. Parecía estar pensando muy bien su respuesta.

—Imagina que eres la verduga de una criminal que vendió a su hija de 12 años a una red de pedofilia. Es muy posible que encuentres algo de satisfacción en tu trabajo y que, al sentirla, ya no sea justicia, sino venganza.

—¿Entonces cómo evitarías que la justicia se convierta en venganza?

—Que el verdugo no conozca los pecados de su víctima o que deje el resultado a la suerte.

—¿Lanzando una moneda al aire?

—No exactamente. Dándole una posibilidad de sobrevivir. Si sobrevive o muere, será la justicia divina la que decida.

El teléfono de Abigail las interrumpió.

—Hola —contestó la profesora.

—Almorcemos juntos —la invitó Jacobo.

—¿Pasas por mí?

—Estoy cerca. En quince minutos paso por ti.

La mujer colgó. Su alumna la miraba en silencio.

—¿Ya pensaste en el final?

—Tengo varias opciones.

—No lo elijas tú. Deja que la protagonista decida. Escúchala. Viajo el fin de semana. Terminaré de leerlo y me gustaría que nos reuniéramos. No te corregiré todavía. Es tu historia y ahora necesitas sentirla sin intervenciones.

—Está bien. Gracias.

—Voy a matar a Abigail —se despidió la maestra con ironía.

En el auto, Jacobo monopolizó la conversación, pero ninguno de los temas que escogió era relevante.

Renegó del tiempo que tardaban algunos semáforos en cambiar de rojo a verde, de lo corto que era el vestido de una vendedora ambulante que golpeó la ventana para ofrecerles dulces y cigarrillos, y de la falta de creatividad en la arquitectura de la mayoría de los edificios de la ciudad.

Al llegar al restaurante, Abigail vio a una hermosa mujer que lucía feliz tomando champaña con un hombre que no parecía disfrutar del momento tanto como ella.

—Bienvenidos a Roscioli. Mi nombre es Marco —saludó el mesero.

—¿Qué quieres comer? —preguntó Jacobo.

Abigail permaneció en silencio, sin quitarle la vista de encima a la desigual pareja.

—¿Qué vas a pedir? —insistió Jacobo, empujando la carta hasta tocar con ella las manos de su esposa.

—¿Qué? Solo quiero una copa de vino tinto, por favor.

—¿Nada más?

—Con eso basta.

—Una copa de vino para la señora. Para mí, unos raviolis rellenos de ricota y bogavante y una botella de agua mineral, por favor.

—Sí, señor. ¿Qué tipo de vino prefiere la señora? ¿Un tinto joven y frutal o algo con más estructura?

—Elíjalo por mí. Confío en su buen gusto.

—Sí, señora —respondió Marco.

—¿Qué opinas de esa mujer? La de la mesa del fondo que está con ese hombre que se muerde las uñas. Míralos con discreción.

Jacobo los observó más de lo necesario para dar una respuesta.

—¿Por qué lo preguntas?

—No sé. Creo que a él no le agrada la felicidad de ella.

—Abigail, te invité a almorzar para hablar de nuestra relación, no de otras personas que no me importan en absoluto.

—Pensé que nuestro matrimonio lo salvaría el ministro Elías.

—No seas mordaz. No te entiendo. Estoy mostrando la iniciativa que tanto me has pedido.

—Está bien. ¿Quieres hablar de nuestra relación? Adelante. ¿Tienes más dudas acerca de mi infidelidad?

—Lo dices sin sonrojarte. No hay ni el menor gesto de vergüenza en tu rostro cuando hablas de tu adulterio. ¿Te enorgulleces de tu traición?

—No me enorgullezco, pero tampoco me arrepiento. Jacobo, llevo tres años pidiéndote que esto cambie: tres años en los que me has dejado sola, tres años en los que me has hecho el amor dos veces al mes, de la misma manera y en los mismos días de la semana. Tu comportamiento no es normal.

—¿Tu inconformidad se limita al terreno sexual?

—No. ¿Pero te parece poco? No es un detalle menor. El sexo es indispensable en cualquier pareja. Da intimidad y complicidad. Es lo que convierte a dos buenos amigos en amantes.

—¿Entonces me engañaste porque no soy un semental y no cumplo tus sucias fantasías sexuales?

—Antes de conocerte, mi fantasía sexual era hacer un trío; ahora solo quiero algo tan pulcro, elemental y básico como recibir sexo oral. Besarme la vagina es a lo que llamas «sucias fantasías sexuales».