Los Últimos Creyentes
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El adulterio
—¿Te gustó? —le preguntó Jacobo a su esposa.
Ella lo miraba sentada en el extremo opuesto de la mesa. El silencio aparentaba aumentar la distancia entre los dos.
—Contesta. ¿Lo disfrutaste?
—Sí —respondió la mujer sin bajar la cabeza.
Para la familia de Abigail, Jacobo era perfecto: respetuoso, inteligente, con estabilidad económica, atractivo y un cristiano devoto. Esto último pesaba más para ellos que cualquiera de las cualidades anteriores.
No exageraban: él era exactamente como los papás de Abigail lo imaginaban. Pero, por las mismas razones por las que todos lo amaban, ella lo odiaba. Cuando le confesó su infidelidad, mantuvo la frente en alto.
¿Cómo sentir remordimiento por un hombre que planillaba en el calendario los días que podían tener sexo?
Y, peor aún, al consumar el acto, la dinámica era siempre igual, casi mecánica.
Se acostaba encima de ella y la penetraba sin caricias ni besos, sin el más breve de los diálogos o el menor suspiro.
Sabía que terminaba porque remataba con el mismo chiste: «No me lo agradezcas».
Su desinterés iba más allá del sexo: poco le importaban las salidas nocturnas y los movimientos sospechosos de Abigail. Nada parecía perturbarlo y eso alimentaba el desprecio que desde hacía mucho tiempo se acumulaba en ella.
Después de reconocer la satisfacción de su adulterio, la mujer esperó la reacción de su esposo. Nuevamente el silencio se impuso en la sala del apartamento.
Jacobo sacó el teléfono de su bolsillo y texteó con una agitación fingida.
—El ministro Elías nos dirá qué debemos hacer en este momento.
—Jacobo, ¿tú eres gay? —preguntó Abigail sin levantar la voz.
—¿Qué?
—¿Tú eres gay? —repitió la mujer, mirándolo a los ojos.
—¿Quieres justificar tu error con una calumnia? ¿Difamándome?
—Asumo el error de engañarte. No necesito justificar lo que repetiría.
El teléfono de Jacobo sonó y él no dudó en responder.
—Elías, desconozco a la mujer con la que comparto mi cama. Es urgente su acompañamiento pastoral.
Abigail recostó la cabeza contra el vidrio del comedor. No se movió durante la hora en que su esposo habló con el líder de la iglesia Los Últimos Creyentes.
—El fin de semana asistiremos a un taller de asesoría matrimonial en el campamento cristiano con el ministro Elías y su esposa —dijo Jacobo al finalizar la llamada.
—Llevemos vino. A lo mejor terminamos en un divertido intercambio de parejas.
—Feliz noche —se despidió su esposo, abandonando el campo de batalla.
«Ya no me importa si gano o pierdo una discusión. Solo quiero tener un adversario», pensó la mujer.
La clase
Al día siguiente, uno de los auditorios más grandes de la Universidad Moderna se encontraba totalmente lleno. La clase de literatura de la profesora Abigail era quizás la más popular de la prestigiosa institución académica.
—¿Cuál de ustedes ya está escribiendo la historia con la que sueña?
Ninguno de los asistentes levantó la mano.
—Creo que formulé mal la pregunta. ¿Por qué no han empezado a escribir el libro que imaginan?
Esta vez, varios de los estudiantes se animaron a participar.
—Santiago —dijo, señalando a uno de sus alumnos sentado en los últimos puestos del salón.
—No tengo buena ortografía.
—Hemingway reconocía sus faltas de ortografía y eso no le impidió ganar un Nobel de Literatura. Tú, Susana, dime: ¿por qué no lo has hecho?
—Me avergüenza que me lean.
—Eso no es una respuesta. Es una excusa. Alejandro, tu turno.
—Porque temo no ser lo suficientemente bueno.
—¿Alguien más comparte el sentimiento de su compañero?
Una lluvia de brazos que se alzaron sin dudarlo confirmó lo que sospechaba.
—Los mandaría al psicólogo, pero de esa inseguridad nacen los grandes autores. La vulnerabilidad es la materia prima para crear historias. Antes de morir, Kafka le pidió a su amigo Max Brod que quemara toda su obra. Por fortuna, lo traicionó.
—Yo voy por la mitad de mi novela —respondió Patricia sin levantar mucho la voz.
—¿Cuánto tiempo le has dedicado?
—Dos años.
—Ven aquí, Patricia. Háblanos de tu novela.
La joven estudiante se llenó de valor y caminó por el pasillo en medio de sus compañeros sin mirar a los lados.
—Es tu público. ¿Cómo los convencerías de comprar tu libro?
—Se trata de una mujer…
—No —la interrumpió su maestra—. No empieces explicando a la protagonista. Empieza contando sus motivaciones.
La alumna movió la cabeza de arriba abajo como señal de aprobación.
—La primera vez que asesinó, lo hizo por salir de la rutina. La monotonía de sus días era igual que dos manos fuertes apretando su cuello hasta dejarla sin respiración. Un jefe abusivo y cruel fue la excusa perfecta para iniciar su carrera como asesina de zoquetes…
—Detente, Patricia. ¿Quiénes comprarían ya su libro? —preguntó Abigail, casi saltando de la silla por la emoción.
Todos los presentes en el auditorio levantaron la mano.
—¿A quién asesinó? —La maestra giró la cabeza hacia la estudiante.
—A la mujer que era —respondió Patricia.
—¿Y la segunda vez por qué lo hizo? —gritó Santiago.
—Por necesidad. —Sonrió su tímida compañera.
—¿Podrías enviarme tu novela a mi correo?
—Profesora, será un honor que usted la lea.
Al salir, Abigail abrió el primer mensaje en su celular. Era de Joaquín, su papá.
«Jacobo nos contó lo que le hiciste».
Abigail había festejado su cumpleaños número 31 dos meses antes, pero el miedo que sentía hacia su padre nunca envejeció: era el mismo que llevaba dentro desde niña.
«Eres una sinvergüenza. Esa soberbia con la que naciste ha sido mi mayor fracaso. Vas a ir a terapia de pareja con el ministro Elías y confío en que regresarás siendo la esposa que un hombre como Jacobo se merece», escribió Joaquín a su hija.
«Sí, señor. Yo voy a ir», contestó la popular maestra.
Le alivió que su papá no la presionara para acudir a un encuentro con él en el que abundarían los reproches y las acusaciones. Un mensaje de texto resultaba emocionalmente más económico.
«¿Por qué te esfuerzas en destruirte? ¿No sufriste lo suficiente con Simón? Jacobo es lo que pedimos en nuestras oraciones para ti. Agradece que quiera perdonarte».
Esta vez el reclamo fue de Alicia, su mamá. Abigail se sentó en una de las bancas del jardín de la universidad y dejó el teléfono a su lado.
Frente a ella, bajo un árbol, varias ardillas comían algunos frutos rojos que no supo identificar. Estaban concentradas en romper la dura corteza para llegar a su interior.
No quería marcharse de ese lugar. Hacerlo implicaba continuar con una vida que era incapaz de enfrentar.
«Tenías razón, Paulina. Somos muy pretenciosos. La sofisticación de las emociones nos convirtió en seres infelices. El acceso a recursos nos distanció de los animales, de esas ardillas que solo se preocupan por sobrevivir. Nos sobra comodidad», pensó la profesora.
Abigail y Simón
—Estos dulces son para ti —dijo Simón mientras sacaba de los bolsillos bombones, caramelos, chupetas, turrones y trufas de chocolate. Los extendió sobre la mesa de la cafetería donde se encontraba Abigail con sus compañeras de universidad.
—¿Te los robaste? —le preguntó Manuela, la mejor amiga de Abigail y la que más confianza tenía con Simón.
—¿Por qué crees eso? —respondió Simón riendo.
—Es una combinación un poco extraña. No es lo que normalmente se regala —explicó, tomando una de las chupetas y llevándola a su boca.
—Sí, los robé de la fiesta de cumpleaños de mi prima.
—Gracias —contestó tímidamente Abigail.
—¿Y por qué no trajiste torta? —preguntó Mónica, otra de las compañeras.
—Lo intenté, pero las porciones eran contadas.
—¿Cómo te dejaron entrar a la universidad? —preguntó Abigail.
—Soborné a la portera con dulces. ¿Te puedo dar un beso? —Simón acercó su boca a la de Abigail sin esperar el permiso.
—No me voy a quedar viendo cómo ustedes dos me humillan con mi soledad —dijo Manuela, levantándose de la silla.
—Ni yo tampoco —respondió Mónica, agarrando del brazo a su amiga para dejar sola a la pareja.
—No pareces feliz.
—Ay, Simón… Mi papá me preguntó ayer cómo nos mantendríamos si me casaba contigo.
—Tiene razón en preocuparse. No sé. No estoy a tu nivel y lo más probable es que nunca lo esté… A lo mejor algún día mis historias se vuelvan libros, libros que estén en una librería.
—No te entiendo. Eres inseguro. No permites ni siquiera que yo lea lo que escribes, pero sueñas con ver tus libros en una librería. De sueños no vamos a vivir. Estudio literatura y conozco lo difícil que es vender libros. La mayoría de los escritores no supera los 200 ejemplares.
—Lo sé. Ni yo lo entiendo. Es un sentimiento como de presagio. Es muy loco… pero lo veo, Abigail. No sé cómo explicártelo…
—¿Qué ves?
—Veo que podemos lograrlo: cumplir juntos nuestros sueños, apoyándonos. No necesitamos una fortuna para ser felices.
—¿Por qué no envías los borradores de tus libros a alguna editorial? Mi profesora de creación literaria puede ayudarnos.
—No, todavía no. No sé dónde va una tilde en una esdrújula. Son solo sueños. Tu papá tiene razón. Cualquiera que los lea se reiría. No tengo ninguna profesión…
—Eres bueno y, si me dices que vamos a estar bien, yo te creo.
—Lo vamos a estar. Mientras estemos juntos, estaremos bien.
Dos meses después, la falsa aceptación que le habían mostrado los suegros a Simón desapareció cuando llegó a oídos del papá de Abigail el rumor de que su hija había estacionado el carro para besarse con su novio en un parqueadero oscuro.
El teléfono de Simón sonó, interrumpiendo la conversación de la pareja. El hombre contestó, pero permaneció en silencio durante casi toda la llamada. Antes de colgar, solo respondió con un «sí, señor» que preocupó a Abigail.
—¿Era mi papá? —preguntó la mujer para corroborar lo que ya sabía.
—Sí. Me dijo que, si no te respetabas tú, él te hacía respetar. No le entendí muy bien. Su enojo no lo dejaba hablar con claridad. Cree que tuvimos relaciones sexuales.
—¿Qué? ¿Quién le dijo eso?
—No sé.
—¡No es verdad! ¡¿Por qué no le dijiste que es mentira?!
—Abigail, él no me dejó hablar. Te diste cuenta.
—No quiero ir a mi casa. Sé lo que me espera.
—¿Quieres que lo llame? ¿Quieres que te acompañe y hable con él?
—No lo conoces. Es imposible que te escuche.
Se despidieron. Simón no odió a su suegro. Entendía que buscaba protegerla, pero la frustración de no poder explicar lo sucedido le oprimía el pecho.
Abigail estuvo en el carro porque sufrió un fuerte mareo, pero el respeto y el temor de los dos por Joaquín hicieron que Simón esperara afuera con las puertas abiertas.
No era un parqueadero escondido. Se estacionaron al frente de un popular supermercado en el que la gente entraba y salía constantemente.
La mujer lloró todo el camino hasta su casa. Su papá no le concedió un minuto para aclaraciones. Aunque ya no podía recurrir al castigo del sótano para corregirla, le prohibió volver a verse con su novio.
Esa noche, Simón le envió un mensaje: «¿Qué te dijo tu papá?».
«No podemos volver a vernos».
«¿Y vas a obedecerlo? Yo no quiero causarte problemas. Él tiene razón en defenderte».
«¡No lo justifiques! Prefiere creerle a un desconocido que a su hija».
«Si fuera tu papá y tuvieras un novio como yo, tampoco me gustaría. No soy nadie».
«Simón, no es momento para tus inseguridades. Mónica y Manuela me dijeron que podíamos vernos en la casa de ellas».
Por más de un año tuvieron citas clandestinas. Las dificultades de su relación los unieron. Se enamoraron.
—Escribamos en un papel dos metas que queramos que nuestras parejas alcancen en la vida —propuso Manuela, prendiendo una vela blanca sobre un pequeño plato del mismo color, ubicado en el centro de la mesa que compartía con Camilo, Mónica y Felipe, y Abigail y Simón.
—¿Y luego sacrificamos una cabra? —se burló Simón.
—Después rasgamos los bordes sin mostrar lo que escribimos y quemamos los papeles por turnos.
—¿Esto es lo que estás aprendiendo en esos talleres de hechicería a los que vas? —preguntó Abigail.
—Se llama magia simpática. Al quemarlos, esa energía trasciende, sube a un plano espiritual donde se manifiesta.
—¿Por qué no pedimos algo para nosotros mismos? —preguntó Felipe.
—Porque es una ceremonia de gracia. Se elimina el ego. La energía es más pura al nacer de un acto de bondad, no de ambición personal.
—Mónica, por favor, pide que me gane la lotería —dijo Felipe.
—¡Escriban como si ya hubiera sucedido! Engañen al tiempo —advirtió Manuela.
—¿Por qué la gente rica siempre hace rituales extraños? —Se rio Simón.
Todos siguieron los pasos. Cuando Abigail extendió su papel para rasgar los bordes con los dedos, Simón alcanzó a leer uno de los dos deseos de la mujer. Disimuló y bajó la mirada.
El ritual se realizó y los seis amigos salieron al balcón. Para finalizarlo, soplaron las cenizas hacia el cielo.
La solitaria lectora
Abigail continuaba sentada en la banca, sumergida en sus pensamientos, pero el timbre de su teléfono la hizo volver a la realidad.
—Hola —contestó con indiferencia.
—No iré a comer. Tengo problemas en la oficina que debo resolver —dijo Jacobo al otro lado de la línea.
—Está bien.
—Ya quiero que sea fin de semana —respondió el hombre.
—Yo también.
—No me esperes despierta. —Su esposo finalizó la llamada.
«Amar siempre será más difícil que odiar. El amor necesita respuesta; el odio, en cambio, puede existir en soledad. Odio a Jacobo», pensó.
Tomó su bolso, se acercó a las ardillas y, con el tacón de sus zapatos, aplastó los frutos, agilizando el trabajo de las hambrientas roedoras.
En la noche recibió la novela de Patricia con un mensaje de disculpas:
«Profesora Abigail, disculpe que se la envíe incompleta. Esto es lo que he escrito hasta ahora. El miedo no me ha permitido terminarla. Espero atenta sus opiniones y comentarios».
Abigail sirvió una copa de vino. Acostada en su sofá favorito y con la soledad a la que ya se había acostumbrado, comenzó a leer emocionada el libro de su estudiante.